miércoles, febrero 13, 2013

BISUTERÍA GRÁFICA O LA ADICCIÓN POR PROHIBIR
  Esos carteles que recuerdan la prohibición de fumar, portar armas e inyectarse bótox llevan la marca del absurdo consigo. No sólo anuncian que prohíben, sino que recuerdan que alguien te está viendo y te va a joder si dejas que un cliente fume en tu local, cargue una nueve milímetros entre el pantalón y la barriga o se inyecte unos cecés de biopolímeros en el culo o donde sea. 

   Estos carteles anuncian a un Gran Hermano que no existe o que existe en forma de sapo que les dirá a los funcionarios de algún ministerio que tú, que eres dueño de un establecimiento comercial, permites que la gente peque en tus predios, como si ese fuera el problema y no que tenemos unas autoridades que no piensan bien las medidas que toman y luego, para colmo, no las hacen cumplir o las hacen cumplir a la bruta.

   El clásico «se reserva el derecho de admisión» fue sustituido por un letrero donde se lee que las prácticas racistas y discriminatorias están prohibidas. Está bien que estén prohibidas, pero si, por casualidad, no te dejan entrar a una discoteca por X, Y o Z, ¿ante quién vas a reclamar? ¿Ante el que puso el cartelito? 

   Porque aquí la cosa funciona así:

   En lugar de regular la venta de biopolímeros (como se regulan algunos fármacos potentes), haz que la dueña de la peluquería o del centro de depilación ponga su cartelito. 

   En lugar de controlar el tráfico de armas y de enfrentar con todas sus consecuencias a los malandros, haz que el dueño del restaurante ponga su cartel y, además, oblígalo a que les pase la raqueta electrónica a sus clientes y los haga circular por debajo de un detector de metales que cuesta un riñón y un hígado sanos. Haz que el dueño del bar o de la discoteca haga el trabajo por ti y déjalo en el brete de tener que lidiar con un matón que no quiere quedarse fuera del local con su pistola al cinto, total: ese mismo empresario fue quien, a motu proprio, colgó un letrero en la puerta de su establecimiento que dice que las damas no pueden entrar con faldas demasiado cortas ni escotes demasiado pronunciados. También colgó uno que te advierte que debes tener cuidado con tus pertenencias y otro que dice que no puedes entrar al local con gorras, pasamontañas ni lentes oscuros, como reza en las puertas de cualquier banco venezolano.
   A los fumadores ponles su cartel; haz que fumen en la calle, como fuman en España y en otras ciudades del orbe mundo. No te molestes en explicarles nada. Sólo prohíbeles que fumen en tu negocio. Destierra el humo. Hazles saber a tus clientes que aplicarle el ostracismo al humo es más importante que ayudar a otros a cultivar la risa y la amistad.

    Estos afiches forman parte del ruido visual que, por toneladas, produce el gobierno para sustituir con propaganda la eficiencia que no tiene ni le interesa alcanzar. Pero lo más significativo no estriba en que sean la expresión del típico voluntarismo militarista, sino que hablen con tanta fuerza de lo que hace y quiere esta sociedad. Viendo esos carteles podemos inferir que una enorme cantidad de venezolanos quiere juventud a juro, pasar por encima del otro, aunque tenga que matarlo, usar lentes oscuros a toda hora, mostrar las tetas y mantener en el poder a unos políticos que creen que gobernar es sinónimo de prohibir. 
  Viendo esos afiches sabemos que a una enorme cantidad de personas no les importa mandarse a hacer en una peluquería lo que deberían mandarse a hacer en un centro de salud bajo estricta supervisión médica. También sabemos que hay una enorme cantidad de gente armada y dispuesta a someter al prójimo, asesinarlo o dejarlo tullido para siempre. El caso de los carteles dedicados al humo de tabaco es ligeramente distinto, aunque no menos grave. Es cierto que el cigarrillo deteriora la salud y blá, blá, blá, pero aquí, en medio de esta barbarie, la lectura que tienen estas prohibiciones gráficas es la de la imposición, la de obligar a otros a hacer o no hacer algo porque se tienen el poder y la fuerza, y no porque se sienta la obligación de convencer.

   ¿Cuántos carteles con prohibiciones raras veremos en el futuro? ¿Cuánta bisutería gráfica de este tipo nos falta por ver? ¿Qué prohibirán en los próximos meses o años: dormir, besar, fornicar, leer, ver televisión por cable…? Beber no. Con la bebida han llegado a un absurdo invisible, imponiendo una danzarina ley seca durante Carnaval y Semana Santa, pero ese es alcohol de otra botella o de otro cartel… Tal vez mañana prohíban robar y así subiremos un peldaño más en esta escalera del absurdo. 

   «Prohibido robar en este sitio». Suena a que ya existe. 

    No nos extrañemos. 

    No nos extrañemos de nada.