miércoles, noviembre 14, 2012

CONTRA LA PARED: LA EDICIÓN EN VENEZUELA HOY 
Mariana Marczuk Dyurich
Nunca he trabajado en las áreas para las que me formaron con esmero en la escuela de Letras de mi Universidad Católica Andrés Bello.

Soy Licenciada en Letras, pero nunca he sido investigadora ni me atraen la lingüística ni la filología ni la crítica literaria. Leo los libros que me gustan, los cuentos que me atrapan y los poemas que me agradan. Eso sí: sin intensidades ni deseos desmesurados de ningún tipo. Soy una lectora que defiende su derecho a leer por placer, por el mero disfrute de estar frente a los personajes y a las historias que me atrapan y me dicen algo en la intimidad que se produce entre la página y yo, una intimidad que, como tantas, no le compete a más nadie que a mí.

Como dije, me gradué en Letras y desde entonces he dirigido mi carrera hacia dos áreas de las que nunca oí hablar en el ámbito universitario: la editorial y la comercial.

No es que no me interese lo mucho que a la formación individual y al fortalecimiento del espíritu, aporta el hecho literario, pero cómo se hacen y cómo se venden los libros son dos temas que me apasionan de una manera especial.

Me apasionan justamente porque son otras vías para promover una actividad que yo considero esencial para todo ciudadano: la lectura.

A quienes, a priori, asumen una postura crítica sobre esto que estoy proponiendo, les digo que de todo tiene que haber en este mundo, que los libros no se hacen ni se venden solos, que alguien tiene que producirlos, distribuirlos, mercadearlos y velar porque siempre estén a disposición de los lectores. Que otros se encarguen de escribir los libros, de comentarlos, compararlos y criticarlos. Yo quiero encargarme de producirlos y de ver cómo hacemos para que los libros de calidad les lleguen a cada vez más lectores.

De eso quiero hablarles en los próximos minutos: de mi experiencia editando y vendiendo libros en este país raro y maravilloso que es Venezuela.


Algo sobre el mercado venezolano

Quisiera comenzar diciéndoles que más allá de consideraciones de orden político o social, tenemos un mercado que funciona de una manera muy particular. Buena parte de ese mercado cultiva una serie de mitos con respecto al libro sobre la que vale la pena detenerse.

¿Cuántas veces hemos oído hablar del libro como de un objeto benéfico al que tenemos que acercarnos porque sí, porque contiene enseñanzas para la vida, valores morales y sabiduría? ¿Cuántas veces hemos presenciado (todavía a estas alturas) discusiones sobre si la literatura debe o no representar la compleja realidad que nos rodea? ¿Cuántas veces hemos sido testigos de intrincadas diatribas sobre si los autores venezolanos escriben bien o mal, o sobre si somos pocos o muchos lectores en Venezuela, o sobre si puede haber una equivalencia exacta entre compradores de libros y lectores?

Francamente no tengo respuestas para todas estas preguntas. Tampoco quisiera detenerme en ellas más de lo debido. Sólo me gustaría usarlas como pistas que muestran tendencias sobre lo que piensan y sienten muchos de los apasionados que se mueven en este mundo del libro.

Dos de las tendencias que pueden verse con cierta claridad a través de la lista que acabo de referirles, tiene que ver con que tenemos un mercado exigente a la vez que diverso.

No sé qué tamaño tiene en verdad nuestro mercado del libro porque, como ustedes saben, Venezuela no se caracteriza por tener estadísticas confiables en ningún área de nuestras vidas. Sin embargo, unos dicen que, en sus buenos tiempos, ese mercado era de aproximadamente unas 3.000.000 de unidades. Ahora podríamos estar hablando de cerca de 2.000.000 solo en el mercado de interés general. Si incluyéramos el mercado escolar o el de enciclopedias, el número sería obviamente mucho mayor.

Ese mercado cuyo tamaño es impreciso, se caracteriza por su deseo de variedad, por las ganas de que en las librerías haya todo tipo de libros y todo tipo de géneros literarios. Al menos en el mundo del libro, todavía estamos muy lejos de esa conseja política que reza que a nuestro país le encanta un pensamiento único, una singularidad poderosa que se encargue de coparlo y controlarlo todo.

Mal que bien, y pese a todas las dificultades, a los lectores venezolanos (los especialistas, los aficionados, los estudiantes…) nos gusta tener de dónde elegir, nos gusta poder decir «este libro sí, este libro no». En ese sentido, el mercado editorial venezolano se mueve, se mantiene abierto a las novedades y espera con ansias poder expandirse mucho más, lo que no lo diferencia demasiado del resto de los lectores del mundo, la verdad.

En contraste con la tendencia anterior, el mercado venezolano tiene un nivel de exigencia muy extraño y muy fuerte. Antes de continuar, hagamos una mención a Nadie acabará con los libros, ese estupendo volumen editado por Lumen en 2010 que contiene varias conversaciones entre Jean-Claude Carrière y Umberto Eco.

En los capítulos iniciales de ese compendio de diálogos, Eco y Carriére hablan de lo importante que es para una sociedad filtrar la información que circula entre sus ciudadanos. Para esos dos pensadores, la cultura es el resultado de esa criba, de ese proceso de filtrado que se da de manera silenciosa y anónima todos los días. Pues bien, si contrastamos esa idea con el rigor y la exigencia que ponen muchos lectores venezolanos a los libros y a la información que circula a través de ellos, nos daremos cuenta de que nuestro mercado con mucha frecuencia filtra la información con una dureza y una crueldad inusitadas; borra del mapa los contenidos que viajan en los libros muchas veces sin siquiera darles una oportunidad. Entre nosotros, el boca a boca habitual que recomienda o no recomienda libros está marcado por los fantasmas de la polarización política y de la farándula, además de un aferrarse a los gustos, a los conocimientos y a los amigos como una manera de luchar contra el clima de incertidumbre que nos rodea todos los días.

Variedad y exigencia, dos variables omnipresentes y no declaradas que modulan el mercado venezolano y que hacen que los que tenemos que ver con el mundo del libro, tengamos toda suerte de roces y de diferencias.

Mi consejo a este respecto es relájense.


Libreros y gerentes C.A.

Observen cómo funcionan la variedad y la exigencia en las librerías venezolanas. Dense un paseo por ellas. Observen con detenimiento sus estantes. Vean que no están vacíos. ¿Que faltan novedades internacionales? Sí, pero el negocio no está muerto ni en caída libre. Simplemente se mueve a su ritmo, a la velocidad que le impone una economía inflacionaria con un férreo control de cambio y con una política arancelaria poco flexible.

Esas perlas de la economía nacional, más la exacerbación de las variables del mercado ya mencionadas, producen una neblina que casi siempre nos impide ver el panorama con claridad.

Tomen como ejemplo las molestias que nos han producido tanto el cierre de algunas librerías como las medidas que han tomado algunas editoriales para capear el temporal económico de nuestro país. Recordemos cuántas dudas incómodas sobre nuestro futuro como lectores despertaron esas noticias. Evoquemos cuántas barbaridades pensamos y dijimos sobre el gobierno, los autores, los editores, las trasnacionales, la barbarie, el caos, Cadivi, el apocalipsis… Pensamos y dijimos cualquier cosa, salvo que no todos los libreros ni todos los que manejan editoriales, conducen sus respectivos negocios como eso, como negocios, con cabeza fría, ábacos digitales en mano, creatividad, agallas, capacidad de trabajo, de renovación y adaptación a los cambios y a los tiempos que no son precisamente prósperos.

Muchos de esos gerentes condujeron sus empresas pensando en que trabajan con un objeto santificado que, a su vez, santifica y exime al que comercia con él de usar Excel y de manejarse como un comerciante que debe crear estrategias para no naufragar. En esos casos, la variable del librero-lector encerrado en el mundo prestigioso y exigente del libro impidió a unos cuantos gerentes reinventarse y mantenerse vigentes en este apasionante oficio.

También se ha dado el caso de gerentes que manejan el negocio del libro con un criterio meramente comercial, sin pensar en lo más mínimo que estamos hablando de una profesión que tiene muchas caras que hay que atender al mismo tiempo. En el entorno caótico en que vivimos, esa manera de trabajar ha hecho desaparecer empresas que se suponían sólidas y llamadas a liderar el mercado del libro en nuestro país.

Por cierto: en este oficio hay que saber de negocios, de literatura, de imprentas, de ilustración, de fotografía, de diseño, de ortografía, de canales de distribución, de librerías, de mercadeo (que no es como el de cualquier otro producto)… Hay que saber tratar a los autores, lidiar con sus abogados, sus esposas, sus fans, sus amigos…

Así como afirmamos que el mundo del libro tiene una cara que se mueve al ritmo de los departamentos de crédito y cobranza, hay que declarar que no todas las quejas son infundadas. En esto tenemos que ser muy serios. No es lo mismo quejarse porque en tal o cual librería nos atiende un personal que muchas veces carece de la más elemental formación literaria, que quejarse, por ejemplo, de la ausencia de muchos títulos en las librerías del interior del país o que en esas mismas librerías haya estantes repletos de libros piratas.

Sí, amigos. Hay un gentío en Venezuela que consume libros piratas. Gente que no tiene esa  pasión por los libros que tenemos muchos de nosotros, ni le presta demasiada atención a la armonía entre continente y contenido que tanto interesa a los bibliófilos.

Por supuesto: con respecto al tema de la piratería, las cifras son más oscuras que sobre cualquier otro asunto. Y la «vista gorda» de las autoridades responsables es, muchas veces, desesperante para los editores.

Y ya que hablamos de temas álgidos, conversemos sobre algo de lo que nos interesa quejarnos con fruición.


Las cifras versus el mito de que en Venezuela no se lee

Para desmontar ese mito podemos ofrecer algunos datos que dejan boquiabierto a más de uno fuera de nuestras fronteras.

A pesar de que hace rato dije que no sabemos a ciencia cierta si quien compra un libro, es también un lector, no tenemos más remedio que confiar en las cifras, si queremos entender algo de cómo funciona nuestro mercado.

Comencemos con autores mundialmente conocidos, o «globales» como nos gusta decir ahora. Remontémonos a los últimos diez años, haciendo un ejercicio de memoria.

En 2003, por ejemplo, Vivir para contarla, la autobiografía de Gabriel García Márquez, vendió 30.000 unidades en una Venezuela sumida en los avatares políticos del paro petrolero.

En 2007, la edición conmemorativa de Cien años de soledad de la Real Academia Española, vendió en Venezuela 40.000 unidades.

En nuestro país, una novedad literaria de Vargas Llosa no vende menos de 8.000 ejemplares.

La saga de Stephanie Meyer en su primer año vendió más de 300.000 unidades. Venezuela quedó, junto con México y Argentina, entre los cinco países latinoamericanos donde más se vendieron estos libros, a una buena distancia de Colombia.

Algo parecido ocurrió con las novelas policiales de Stieg Larsson. Las ventas en nuestro país fueron asombrosas… Y mucho antes de que llegara a nuestras salas de cine la versión cinematográfica de La chica del dragón tatuado.

En cuanto a nuestros autores, hubo tiempos en los que el debate político alcanzó cotas de las que hoy nos avergonzamos y, en muchos casos, arrepentimos. En esos días Chávez sin uniforme, de Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka, se convirtió en un boom editorial que vendió más de 20.000 ejemplares y traspasó las fronteras de nuestro país, abriéndole paso al llamado boom editorial que se extendió entre los años 2005 y 2007.

En esa época, la no-ficción periodística reinaba en las mesas de novedades y le abría paso a ciertos libros de ficción que expresaban el deseo del lector por entenderse o entender al país. Me refiero al fenómeno de Falke, de Federico Vegas, que en 2005 vendió más de 10.000 ejemplares y comenzó a abrirle camino a la literatura local que, hasta ese entonces, no había logrado trascender el límite de los 2000 ejemplares.

Estoy hablando en términos generales, como es obvio, y seguramente hay excepciones.

Libros como La otra isla, de Francisco Suniaga, con más de 15.000 ejemplares, acompañaron a Vegas en el fenómeno y lo convirtieron en uno de los autores más buscados por las grandes casas editoriales luego de que las ventas de su libro, publicado por una pequeña editorial local, asombrara a todos.

De esos tiempos podríamos citar muchos casos. Fueron años en los que la revisión de país y las ansias por conocernos generaron un despertar en el lector venezolano hacia nuestros autores. La no-ficción literaria y periodística, así como los grandes de la literatura venezolana contemporánea, se convirtieron en los «más vendidos» de las librerías del país. La mayoría de ellos vendió más de 10.000 ejemplares, un número nada despreciable para ningún editor.

Piensen nada más en los 50.000 ejemplares de Sangre en el diván, de Ibéyise Pacheco, y en las copiosísimas ventas de Los Imposibles, de Leonardo Padrón.

¿Entonces: lee o no el venezolano? Yo creo que sí. No podemos hablar de tantos fetichistas que compran libros solo para llenar sus bibliotecas.

Dejemos las cifras hasta aquí y preparémonos para el final de esta reflexión.


¿Hacia dónde vamos?

Como referí en líneas anteriores, el mercado del libro no se encuentra en terapia intensiva ni se ha rendido a las dificultades que atravesamos como sociedad.

Por supuesto: en otras circunstancias sociales y políticas, tendríamos un panorama distinto, quién sabe si más halagüeño o si, al contrario, la bonanza nos convertiría en cómodos extremos.

Desde el punto de vista de la escritura, y dada mi experiencia como lectora, como editora y como persona comprometida con este ámbito, puedo decirles que los escritores venezolanos no han cejado en su empeño de producir obras de calidad.

Los lectores tampoco han cedido un ápice en sus niveles de exigencia y en sus ganas de seguir buscando libros y de seguir leyendo.

Lo mismo puedo decir de otros editores, de otros colegas y amigos, que están trabajando e inventando maneras de mantener sus empresas adelante, compitiendo y produciendo libros para todos los gustos.

Los libreros de verdad (esos que, según Gabriel Zaid, son una mezcla de comerciantes, maestros y adivinos) siguen poniendo los libros en los anaqueles de sus librerías y siguen sorprendiéndonos con esa recomendación especial que parece producto de la lectura de nuestras mentes.

Todo esto que les digo no es para que se vayan a sus casas pensando que se sentaron a oír a una loca optimista, sino para que tomen conciencia de la enorme responsabilidad que tenemos todos por delante porque, al fin y al cabo, este oficio no trata sólo sobre hacer libros por hacer libros o, si ustedes lo prefieren, sobre hacer dinero por hacer dinero; trata sobre las personas, sobre la necesidad que tenemos todos de encontrarle sentido a nuestras vidas, de (más o menos) entender dónde estamos parados, de proveernos una compensación, así sea a través de la palabra y del conocimiento, por tanta angustia y tanto absurdo que vivimos en este país raro y maravilloso.

Todos los que trabajamos en esta industria tenemos la responsabilidad de hacer llegar los libros a quienes no saben que, dentro de esas tapas, en esas páginas y entre esas líneas, hay otros universos, otros mundos que quizás nos hagan recordar que existen lo bueno y la belleza, que lo profundo no queda tan lejos, que todos los seres humanos nos parecemos, que nuestras cuitas y nuestras alegrías son universales.

Me gustaría transmitirles la importancia de lo que hacemos, el orgullo que nos debe dar como miembros de esta comunidad que gira alrededor del libro, porque, al final, de lo que se trata es de mostrarles a las personas el poder de las palabras que vienen condensadas en los libros. O como dice Gianni Rodari, en el prólogo de la Gramática de la fantasía:

«Todos los usos de la palabra para todos, no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo».

Muchas gracias.

Conferencia leída en el marco del evento Atlántida, el arte de escribir y de editar; Caracas, Venezuela, Centro Cultural Chacao, 25 de octubre de 2012