miércoles, noviembre 21, 2012

ACERCA DE LOS OBJETOS EXTRAÑOS
Los diálogos entre Pierre Cabanne y Marcel Duchamp son un prodigio de sabiduría. 
  ¿Qué motiva a ciertas personas a trastocar la relación entre los objetos y las funciones para las que fueron diseñados? ¿Es que acaso perturbar la monotonía entre formas y funciones produce cambios insondables en nuestras vidas? ¿Radica en semejante menudencia el secreto de las verdaderas revoluciones? 

  ¿Podemos pensar en cambiar nuestras maneras de ver el mundo sin cambiar nuestra manera de relacionarnos con los objetos que usamos todos los días? ¿Cambian las personas solas y desnudas o cambian porque cambian los objetos que usan?

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 En estos días, instigado por Enrique Enríquez, investigo sobre la extraña operación que ocurre cuando algunos objetos caen en manos de ciertos artistas y el resultado termina conmoviéndonos y cambiando, tal cual, nuestra relación no sólo con los objetos, sino con nuestras propias vidas.
Joseph Beuys: Earth Telephone (para hablar con Armando Reverón y Salvador Dalí); 1968
   Para mi sorpresa he encontrado que en ese trastrocamiento opera una fuerza inaudita que subyace invisible y silenciosa debajo de los propios objetos, una fuerza que remite al deseo más oscuro de todos los deseos que es el de alterar el orden del mundo, el orden material, espiritual, político, social, artístico, físico, sexual y, por supuesto, material, en que vivimos.

   «Como no puedo cambiar el mundo entero, modifico los objetos que tengo a mano y se los ofrezco a los demás». Curiosamente, esa ingenuidad que muchas veces se manifiesta en gestos pequeños y sin importancia aparente, ha prodigado maravillas a las historias del diseño y del arte.
Armando Reverón: Teléfono (para hablar con Joseph Beuys y Salvador Dalí); S.F.
      Hay insatisfacciones que la ficción y el arte (al menos la ficción y el arte tradicionales) no logran mitigar. Por eso es tan relevante aquello que se despliega para hacer, deshacer y rehacer una y otra vez los campos de significación de los objetos.


    Así que he estado escribiendo sobre grandes artistas que, antes que artistas en el sentido manual o artesanal de la palabra, fueron dos cosas: grandes humoristas y grandes chamanes.

     Los readymades de Duchamp, por ejemplo, no se pueden entender sin aceptar que son el resultado de un gran deseo de fastidiar, de joder, al prójimo que ve en el arte una puerta a la redención de los males del mundo. Tampoco se pueden entender desconociendo y obviando su relación con la 'patafísica de Jarry, con los libros de Raymond Roussel y con el ajedrez.

Salvador Dalí: Teléfono Langosta (para hablar con Joseph Beuys y Armando Reverón); 1936
   Cuando hablamos de intervenir las relaciones entre las formas y las funciones de los objetos, hablamos de sacarlos de sus contextos, de transformarlos, de romper los límites simbólicos de esos mismos artefactos, logrando que, al menos en nuestra imaginación, cada objeto alcance un nivel de fluidez y de permeabilidad que los llene de nuevos significados, de nuevas connotaciones más allá de la lógica utilitaria con que se nos presentan todos los días. En ese sentido, hay algo chamánico en hacer que un sombrero tenga la forma de un zapato (como los que diseñaba Elsa Schiaparelli) o que un artista porte un traje hecho de trozos de carne (como hizo Zhang Huan).

   Esa es la investigación en la que invierto mi tiempo en estos días aciagos.