miércoles, octubre 03, 2012

EL PRÓXIMO DOMINGO
Como en las tragedias griegas, la vida nos pone, una vez más, ante un dilema que parece simple: la continuidad del desorden que en lugar de gobierno hemos tenido durante catorce años o la renovación democrática a secas.

Yo votaré por la renovación democrática sin ninguna duda. Cuando lo haga, eso sí, pensaré en los ciclos perdidos, en la angustia acumulada durante años, en la erosión de mi vida laboral, en la sensación de tristeza que me da ver el estado en que se encuentra mi país, en la oscuridad y las caries de las calles, en los amigos presos a quienes se les ha negado una y otra vez el derecho a un juicio justo, en el amor enfermizo que tanta gente le tiene a un inescrupuloso manipulador emocional que siembra odios cada vez que habla...

Evocaré con nostalgia las amistades, los hermanos, familiares y conocidos que se fueron a otro país o al más allá porque no aguantaron esta deriva llena de balas.

Pensaré en tanta gente que nos quedó mal y que ha retrasado lo más que ha podido la salida de este disparate histórico en el que muchas veces nos hemos perdido a nosotros mismos.

Pensaré en esa materia oscura —mezcla de resentimiento, sorna y violencia— que tantas y tantas veces nos han mostrado el mandarín y los funcionarios que lo acompañan.

Pensaré en aquello que me mantiene vivo y que ha impedido que me convierta en un zombi en una tierra de zombis.

Pensaré en mi familia, en la posibilidad de ganarlo o perderlo todo.

Yo no sé si ganaremos el próximo domingo. No puedo decirlo porque no soy adivino y porque los años me han vuelto discípulo de la desconfianza. Sólo sé que el 7 de octubre durará mil años y que deberemos sacar fuerzas de donde creemos que no las tenemos para librar una lucha estática en el silencio y en la espera.

Yo no me sumo al entusiasmo ciego ni al coro ansioso que grita en el asfalto.

Yo sólo haré lo que tengo que hacer, que no es otra cosa que ir a votar.