jueves, septiembre 13, 2012

VOTAR NO ES PARA FLOJOS
Hay gente que no vota porque no le da la gana, porque lo ve como una pérdida de tiempo, porque le parece que se trata de una acción que legitima y le da poder a unos políticos que no están preparados ni quieren ni saben cómo mejorar las vidas de las personas, y, al final, por si fuera poco, terminan despilfarrando, cuando no robando o malversando, los dineros públicos.

Hay gente que no vota porque detesta pasarse horas en una cola, porque siente que no vale la pena el esfuerzo, porque prefiere concentrarse en sus propios asuntos, porque el día está muy bonito y no hay tráfico ni tumultos y sería bueno pasarlo en la playa o en casa de algún pana que haga una parrilla y la pasemos del carajo.

Hay gente que no vota porque dice que ningún candidato llena sus expectativas ni lo representa ni le gusta ni lo conoce ni sabe si está preparado para hacerlo bien o no.

Hay gente que no vota porque teme represalias si vota por quien en verdad quiere votar. Por eso se queda en su casa, echado en el sofá o en la cama, viendo series de acción o comedias donde la vida es sencilla.

Hay gente que no vota porque cree que entre el voto y la solución de las cuitas de un país no existe ninguna relación; que las elecciones son un trámite, una ceremonia absurda para entronizar políticos locos y bla, bla, bla, bla, bla…

Hay gente que no vota porque le incomoda tener que dejar constancia de sus convicciones políticas y ciudadanas.

(Todo hay que decirlo: hay gente a la que no le gusta desarrollar opiniones propias sobre política ni sobre ningún otro asunto).

Hay gente que no vota porque cree que se puede hacer política desde la abstención; en otras palabras: que la nada es buena para enfrentar las políticas de los gobernantes que no le gustan.

Votar les parece un ejercicio inútil a más personas de las que nos imaginamos. Son los indiferentes, los que no sienten el compromiso, los que creen que la democracia es un regalo o, peor, una exquisitez intangible que nada tiene que ver con sus vidas.

«¿Para qué voy a votar, si siempre es lo mismo?» es el lema de ésos que se hacen los locos y dejan pasar la oportunidad de participar en algo más importante que ellos mismos.

Estamos de acuerdo: votar no es la fiesta feliz de la que hablan los canales de televisión durante las jornadas electorales. Votar es un ejercicio de templanza que se concreta luego de sortear un sinfín de obstáculos y de absurdos que convierten en difícil todo lo que debería ser fácil.

Votar en nuestro país es una demostración de carácter.

Elegir a nuestros funcionarios públicos es un acto que exige responsabilidad, capacidad de abstracción y meditación, seriedad, rigor, un sentido de pertenencia, de civismo, de deber.

Y ya sabemos que no todo el mundo cultiva semejantes virtudes.

Votar no trata sobre sumarse al coro de fanáticos de un líder político ni sobre decidir qué candidato tiene la sonrisa más arrolladora.

Votar es un eslabón más en la construcción del equilibrio que permite que los distintos sectores de una sociedad interactúen, dialoguen y lleguen a acuerdos que les permitan elegir a sus gobernantes y crear condiciones para vivir en la decencia y prosperar en paz. 

Por eso quien se sustrae a la discusión de los asuntos públicos, quien no participa de ninguna manera en los debates que se multiplican a su alrededor, erosiona su propia condición de ciudadano y le deja el camino abierto a cualquier tirano para que le robe su voz y comience a dictarle sus creencias, sus gustos, sus sueños, su vida y hasta su muerte.

Y lo peor es que lo hace feliz de la vida, convencido de su genialidad.