viernes, septiembre 28, 2012

UN PEQUEÑO MILAGRO

 El martes, como todos los días, fui a buscar a Rodrigo al colegio.

 Lo recogí en su salón y caminamos, mientras conversábamos y nos reíamos de cualquier trivialidad.

 Abordamos el carro.

 Lo encendí. Quité el freno de mano, puse primera y comenzamos a avanzar...

 De pronto Rodrigo grita:
—¡YA VA! ¿QUÉ PÁJARO ES ÉSE?
—¿Cuál pájaro, Rodrigo?
—ÉSE, PAPÁ. DEVUÉLVETE PARA QUE LO VEAS.

 Freno. Retrocedo... Vuelvo al lugar de donde partimos.
—MIRA. ¡EN EL MURO!

 Ahí, en el filo de una pared, se encontraba estático y majestuoso un gavilán blanco y marrón.

 En el suelo, a la sombra del muro, se encontraba un ratón muerto.

 Se ve que pillamos al gavilán comiendo; que cuando nos acercamos, dejó su almuerzo a medio comer y voló hasta el muro para otearnos.

 Rodrigo se puso feliz porque vimos un gavilán. 

 Yo también me puse feliz, pero porque Rodrigo vio primero al gavilán.

 ¿Cómo es posible que un niño que crece en un apartamento y en una ciudad tan déspota como Caracas, sea capaz de reconocer que ese pájaro no era normal en el contexto en que lo vimos, y además que su sola presencia era un privilegio, una aparición, un milagro, una luminosa maravilla?

 Mi hijo vio algo por lo que vale la pena sorprenderse y alegrarse, mandar a su padre a detener el carro y gritar de emoción.

 Algo debemos estar haciendo bien en esta casa.