lunes, agosto 13, 2012

LA TAREA DEL TESTIGO o La dificultad de convertir a Ramos Sucre en personaje
Al tratar de evocar la biografía de José Antonio Ramos Sucre es fácil darse cuenta de que no sabemos quién fue en verdad el escritor cumanés ni qué quiso ni qué le gustaba de la vida. Toda su existencia estuvo rodeada por una extraña neblina en la que se mezclaron los rigores de la dictadura de Juan Vicente Gómez y las circunstancias personales sobre las que el propio escritor no ofreció mayores detalles, salvo los que aparecen transmutados por el arte en su correspondencia y en sus tres libros: La torre de Timón, El cielo de esmalte y Las formas del fuego.
Ese detalle es importante para el comentario que nos proponemos. El propio Ramos Sucre usó su obra para cubrir los vanos y contar lo que no podía (o no quería) contar de manera directa, a través de símbolos y de referencias literarias de todo tipo. Los lectores de sus libros hacemos algo parecido: rellenamos lo que no sabemos de su vida con imágenes extraídas más o menos al caletre de su obra o con aquello que se nos ocurre a partir de la lectura de sus páginas.

Eso es lo que hace Rubi Guerra en La tarea del testigo, la novela breve con la que le rinde tributo a José Antonio Ramos Sucre: toma algunos de los momentos registrados en la biografía del escritor cumanés y fabula sobre ellos en un estilo tan preciso como lacónico.

La relación entre biografía y ficción, entre hechos reales y hechos fabulados, es una de las más fecundas de la literatura. De El Cantar de Mio Cid a La guerra del fin del mundo, de La Ilíada a Relato de un náufrago, sobran las obras en las que el diálogo entre lo real y lo ficticio iluminan aristas de uno y otro lado que, de no ser por ese contrapunto, se perderían para siempre.

Con su estilo azogado, el narrador de La tarea del testigo nos muestra no menos de cuatro secuencias que atienden a retazos que pueden encontrarse en cualquier biografía de Ramos Sucre: su niñez en casa del tío presbítero, su amistad con el poeta Cruz Salmerón Acosta, su aislamiento, su insomnio y su estancia en el sanatorio de Lugano. Obsérvese las distancias físicas y temporales entre los distintos episodios. Nótese que a la exactitud y a la elegancia estilística que utiliza Rubi para contar su historia, se añade un uso vertiginoso de las elipsis, logrando que aquello que no se nos cuenta pese tanto o más que lo que sí se nos refiere. Esos vanos narrativos dan el pie para que la ficción se haga presente y cumpla su trabajo.

Los episodios ficticios de La tarea del testigo representan la parte más ambiciosa del libro y, a nuestro parecer, la que alcanza los logros más irregulares de todo el conjunto. Esos episodios podrían dividirse en tres grupos: el de los sueños, el de los desplazamientos físicos y los tres relatos que, a modo de coda, se encuentran al final del libro.

Los desplazamientos que realiza el Cónsul (su viaje a bordo del barco que lo lleva a Europa, su caminata por las agitadas calles de Hamburgo, su incursión nocturna en la ciudad que colinda con el sanatorio) parecen concebidos a partir de la idea de introducir al personaje Ramos Sucre en situaciones extraordinarias, en acontecimientos que desborden la pesada monotonía que signó su vida real. En dos de las tres situaciones que  nombramos, se sitúa al protagonista frente a sucesos que pertenecen (a falta de un nombre mejor) a la memoria de la humanidad, como si fuese indispensable colocar al personaje frente a hechos conocidos universalmente para entender sus motivaciones. En uno de los pasajes de la novela, Ramos Sucre camina por las calles de Hamburgo y se topa con una turba de nazis; en otro, persigue a los protagonistas de El gabinete del doctor Caligari entre los muros torcidos de una ciudad expresionista. Ese recurso lo han explotado hasta los tuétanos los creadores de comics y los cineastas. Por poner un par de ejemplos, piensen en las ediciones tanto impresas como cinematográficas de Desde el infierno, de Alan Moore y Eddie Campbell, o en 300, de Frank Miller.
Si lo observamos con detenimiento, nos percataremos de que no es una mala idea relacionar el malestar que exudan los textos de Ramos Sucre con el ascenso al poder de un horror universal como lo fue el nazismo. No obstante, y a diferencia de lo que ocurre en las mencionadas historietas, me temo que el recurso fue usado con timidez, con excesivo recato, con temor a alejar al Ramos Sucre de la novela del Ramos Sucre real. Hubo miedo de darle una dimensión demasiado pop a un tótem sagrado de nuestra literatura oficial. En La tarea del testigo, la irregularidad a la que nos referíamos no radica en haber colocado a Ramos Sucre en situaciones que no vivió; radica en no haberlas explotado hasta el límite de la abstracción.

Al contrario de lo que ocurre con los desplazamientos físicos del protagonista, la concepción de su mundo interior no sólo está muy bien resuelta, sino que es capaz de inquietar a los lectores porque en ella se encuentran las bases de los estados de indeterminación y ambigüedad que les dan singladura a los relatos fantásticos. En este libro se nos dice que entre el sueño y la vigilia hay un abismo, que a veces una es el reverso del otro, su versión horrible o su versión perfecta. Que Cesare sea sonámbulo y cometa asesinatos de los que no está consciente porque vive otra vida en sus sueños, es el correlato de lo que le ocurre al cónsul Ramos Sucre cuando dialoga con los recuerdos trocados en fantasmas o con las imágenes espectrales que le traen sus pesadillas. Esa concepción del mundo de los sueños, como un mundo paralelo al de la vigilia, adquiere un morbo especial cuando entendemos que las de Ramos Sucre son las fantasmagorías de un insomne, y que todo lo que sale de esa vigilia tortuosa, incluido el narrador de la historia, forma parte de un delirio prolongado, de una tortura inenarrable, silenciosa, pesada y personal, que tuvo el único desenlace que cabía esperar.

La tarea del testigo es una novela cuya extensión quizás no nos permita entender la dificultad que sus temas y sus personajes entrañan. Por eso creo que hay que leerla con atención y meditar una y otra vez no sólo sobre sus aciertos y sus flaquezas, sino sobre la figura incómoda de José Antonio Ramos Sucre, nuestro eterno extraño, nuestro eterno genio.