martes, julio 31, 2012

TENEMOS HAMBRE DE HISTORIAS
Georg Baselitz y su escultura
Escribir ficción es un acto de fe. Todo lo que rodea a la ficción se relaciona con que crean lo que contamos y con que creamos lo que nos cuentan.

Una mujer manipula su IPhone al tiempo que conduce una Cherokee. Al doblar una esquina demasiado cerrada, no gira el volante todo lo que debe y choca contra un camión estacionado. A pesar del golpe, la mujer sigue escribiendo en el teclado de su aparato telefónico.

¿Qué hace que nos conectemos con una historia? Quizás sea el secreto deseo de protagonizarla o tal vez todo lo contrario: el deleite de poder observar desde fuera aquello que nos cuentan. En la posibilidad siempre abierta de ser protagonista o espectador de una historia se encuentra una de las razones por las cuales nos interesa la ficción.

Un sujeto le dice a otro:
—Ése lo que tiene en la barriga es un huacal de músculo.

En la apertura entre protagonizar y ser espectador caben todos los grados posibles de la curiosidad, de la empatía, de la duda o del desdén que los personajes de cualquier historia producen en nosotros.

Vivo en Ciudad Chorcito. La moda ha hecho que hombres y mujeres anden en pantalones cortos y franelas apretadas de las que brotan músculos y tatuajes que hablan de lo que sus dueños tienen en el alma.

La ficción no le pertenece exclusivamente a la literatura ni al cine ni al teatro ni a las telenovelas ni a los videojuegos ni a la poesía épica ni a la televisión ni a la mitología ni a internet ni a nadie.

Los asnos reunidos en el ágora rebuznan las enseñanzas de Platón, hasta que uno de los burros filósofos se fastidia y se va a su casa diciéndose que tanta inteligencia acabará con los jumentos.

La ficción trasciende todos los medios de expresión y se alza como un reino autónomo en el que las ideas adquieren corporeidad cuando son capaces de poblar ese mundo y de mantenerlo vivo para el espectador el tiempo que sea necesario.

Sergio vio a un albino barriendo la entrada de un estacionamiento.

Un lector abstraído es una persona que logró salirse de sí misma. El tiempo de los relojes no cuenta para él; cuenta, si acaso, el ritmo de la obra, el pulso de la historia, el cronómetro interno que tiene todo relato.

Hay personas que no saben que, entre pecho y espalda, cargan un imán de locos.

El reloj del narrador cuenta con una aguja que marca las elipsis.

El hombre rema al lado de la escultura anaranjada. A lo lejos la fragata se hunde envuelta en llamas.

De un tiempo a esta parte, la ficción maneja una extraña economía que cifra sus leyes en mostrar (escribir o hablar) sólo de aquello que le sirve a la historia para avanzar, abandonando toda referencia, siquiera peregrina, a detalles anodinos que pueden o no poblar los recodos de una escena. En eso la ficción contemporánea muestra su naturaleza fraudulenta, su relación con el timo y el engaño.

El enfermo que sabía que le quedaba poco tiempo, le dijo a su esposa que, por favor, le pusieran calzoncillos y medias debajo de su mejor traje. No quería presentarse rueda libre ni mal vestido ante el Señor.

En la vida real, la nuestra, la que necesita del bálsamo redentor y momentáneo de la ficción, los detalles inútiles constituyen la sal y la lumbre. El árbol cuyas ramas silban en contacto con el viento, una piedra a la que naturaleza irguió como un dolmen, el placer de sentarse en un sofá de cuero, un trozo de cebolla que flota en la sopa, la espuma de la cerveza…