jueves, julio 26, 2012

CONTRA EL DIOS DE LOS BOLÍGRAFOS
Pintura de Carlos Zerpa 
La clasificación de las personas y de los objetos por su lugar de origen es una idea tan reaccionaria como chocante, tan inútil como engañosa. Adjudicarles o negarles importancia a las personas y a sus obras por su nacionalidad, son actitudes que denotan pereza de espíritu, comodidad intelectual y tendencias discriminatorias que pueden transformarse en auténticos horrores, si no se les pone coto a tiempo.

Clasificar por el origen topográfico quizás esté bien para sintetizar información y usarla con fines mercadotécnicos o para comenzar a estudiar los rudimentos básicos de una disciplina, pero de ahí a fundar y promover teorías, hay una distancia que debería medirse en años luz.

En ese sentido, hablar con desenfado de «literatura venezolana» supone pasarle una aplanadora mental a algo que es tan complejo como diverso, y entrar en un juego de generalizaciones que tiene su máxima expresión en la creencia de que existe una lista de tópicos que debe tratar porque sí todo escritor cuyo pasaporte lo acredite como venezolano, so pena de no tomársele en serio o, peor, de no leérsele ni considerársele como tal.

A esa lista de temas se le llama tradición, se le considera inexorable y se le adjudica un lazo más que íntimo con la realidad política y social de Venezuela, con su historia, su presunta filosofía de la vida, sus tendencias, sus cambios, sus obsesiones, sus infinitos problemas… Todo lo que se aleje de este ámbito santificado por la noción de lo literario que ha concebido el colectivo nacional a lo largo de los años, se le minimiza, se le aparta, se le tiene por raro y se le muestra la amable condescendencia que se les tiene a los amigos locos.

La noticia para algunos entusiastas desmedidos es que más allá de la lista de tópicos venezolanos existe una verdadera y gran tradición, que es la de la literatura con L mayúscula, la universal, la que se viene inventando desde lo más oscuro de la humanidad y que sigue su curso silencioso hacia el futuro. Sepan que no estamos condenados a «escribir venezolano». No tenemos por qué ser fieles a lo que los sacerdotes de la patria literaria llaman «tradición». No tenemos por qué limitarnos a historias hiperrealistas llenas de emigrantes pusilánimes, a descreídos flojos que juegan con pistolas, a novelas llenas de presidentes de la república, dictadores, guerrilleros, conjurados, nihilistas de cafetín, acólitos impulsores del todoesunamierdismo nacional que tanto daño nos hace.

Estamos intoxicados de gente que hace mal uso de su talento y pretende convertir sus gustos en nuevos jalones de la bendita lista de tópicos literarios venezolanos. Como ejemplo recordemos que en los últimos años germinaron algunos «redescubridores» de la tradición literaria universal que se dedicaron a hacer literatura a partir de la literatura, a escribir relatos a partir de relatos hasta que abusaron del procedimiento y lo convirtieron en una caricatura, no sin antes ofrecerlo como la mayor genialidad del universo mundo y usarlo de rasero para medir el trabajo de otras personas. Así pasó en su momento con las novelas documentalistas y recreadoras de la vida en las distintas regiones de Venezuela o con las novelas históricas llenas de próceres famosos o con las obras que hablan sobre lo ruda y absurda que resulta la vida en las grandes ciudades.

(Si prestan atención a lo que se dice y se escribe, pronto los hitos de la lista estarán ligados a un regreso a lo rural y al redescubrimiento —¡oh!— del mar. Esperen los libros que vienen en camino).

Entre nosotros el prestigio que otorga opinar sobre la realidad tiene más peso que la imaginación. Algunos dirán que escribir implica, en mayor o menor medida, un ejercicio imaginativo y que no hay que hacer afirmaciones tan lapidarias. Está bien. Convengamos en que, entre la mayoría de los lectores venezolanos, pesa más la imaginación aplicada que la imaginación pura. Las pruebas están a la vista: abundan los cuentos y las novelas y los ensayos y los reportajes y las crónicas que ahondan en el devenir nacional, como si la literatura tuviera el poder de organizar la realidad, de redimir a los menesterosos, de explicar por qué somos como somos y por qué nuestra vida pública es un garabato insoportable. Quizás ese sea uno de los grandes rompecabezas a resolver en el futuro: el de dejar de cargar a la literatura con el peso de la resolución (o al menos de la explicación) de los problemas nacionales de los traumas, de los complejos, de los pequeños o grandes dislates que no encontramos cómo resolver en la vida cotidiana y que cada vez se hacen más grandes y peores.

A estas alturas del siglo XXI no hemos entendido que la literatura no interviene la realidad ni tiene por qué tener una incidencia directa en nuestras vidas ni se limita a lo que un colectivo estrambótico quiera de ella. Tampoco hemos entendido que cada quien puede lidiar con las historias que quiera, que no hay ideas ni temas ni géneros mejores que otros; que todo en la literatura, como en tantas cosas en la vida, es cuestión de gustos y de intereses y de afinidades y de libertad, y nadie, aunque se sienta ungido por el dios de los bolígrafos, debería meterse en eso.

Escribimos para algo mucho más complejo que «formar» lectores u ofrecerles consejos sobre cómo llevar sus vidas. Escribimos para imaginarnos mundos, para destruirnos y reconstruirnos a nosotros mismos a través de cada oración, de cada párrafo, de cada página. Escribimos para desaparecernos de nuestras existencias y ayudar a otros a desaparecer de las suyas durante un rato. Por eso no tiene ningún sentido dárselas de pastor de rebaños, cuando en verdad todo lo que tiene que ver con los libros se relaciona con la individualidad.

En ese caso, a lo más que podemos aspirar es a hacer algunos amigos (y unos cuantos enemigos, que también hacen falta).

En el futuro esperamos más libros y menos farándula literaria; más comentarios, más recomendaciones, más ambición, generosidad, grandeza… Los que nos dedicamos a la literatura no tenemos conciencia de que formamos parte de una comunidad pequeña, obstinada y, las más de las veces, ciega de arrogancia disfrazada de sabiduría.

Es hora de abrirse, de leer más, de inventar más, de conocer mundos que vayan más allá de los libros y abandonar la basura que, en forma de prejuicios, nos posee y nos hace concebir pequeñeces todos los días.