viernes, junio 15, 2012

VIERNES COMO CHEVY CHASE
El fin de semana pasado teníamos un compromiso en Barquisimeto. Una piñata sería el pretexto para reunirnos con la familia y comer y beber e intercambiar historias.

Tres semanas antes estuvimos en Barquisimeto. Fuimos en nuestro carro y, de regreso, quedamos atrapados en una cola descomunal producida por el choque entre una gandola y un autobús.

Ya llevábamos media hora detenidos en algún lugar de la carretera cuando comenzamos a oír sirenas y a ver por el retrovisor a los conductores que hacían esfuerzos por apartar sus vehículos de la vía.

En aquellos momentos creímos que venía una ambulancia a auxiliar a los accidentados, pero no. Las sirenas y la emergencia provenía de un convoy transportando a unos reos en varios camiones sellados y escoltados con toda clase de escopetas, ametralladoras y pistolas que portaban unos sujetos a los que suponemos oficiales de la policía, aunque no llevaran uniformes ni identificación alguna. Ellos simplemente pasaban con sus escopetones y tú te apartabas o te apartabas, aunque no hubiera espacio para mover tu vehículo.

Por supuesto, en medio de esa situación de absurdo extremo, Natalia se cagó... Así que a las ametralladoras, al choque, a la cola endemoniada, al miedo y a la incertidumbre, se sumó el olor a la mierda atómica de mi pequeña hija.

Después de ese episodio, Mariana y yo acordamos que, dada la cercanía en el tiempo, nuestro siguiente viaje a Barquisimeto sería en avión.

El viernes pasado busqué a Rodrigo en su colegio, nos vinimos a casa, almorzamos y, de inmediato, bajamos al estacionamiento para abordar la camioneta-taxi que nos llevaría al aeropuerto. El vuelo saldría a las cuatro.

Nada más al entrar en la autopista, nos sumamos a una cola gigantesca en la que estuvimos inmersos durante la siguiente hora y media.

Nosotros sabíamos que habría tráfico porque, al parecer, en la madrugada anterior se reventó una tubería en la autopista Caracas-La Guaira y las autoridades ya se encontraban dedicadas a su reparación. Sin embargo, el desastre en que nos metimos superó cualquier expectativa.

A las tres y  media de la tarde nos encontramos en la entrada del Túnel La Planicie rodeados de todos los automóviles habidos y por haber.

Y, cuando al paso tortuoso de la cola recorrimos la mitad del túnel, la camioneta-taxi se accidentó.

Sí. Se accidentó.

Permítanme recordarles algunos detalles: en el vehículo viajábamos Mariana, el taxista, mis dos hijos y yo. Quedamos encallados en medio del túnel, del humo, del ruido, del calor...

Así estuvimos unos minutos, dándole un brevísimo lapso de confianza al taxista para ver si lograba hacer funcionar su camioneta, pero al ver al pobre hombre haciendo lo que terminan por hacer los taxistas del mundo entero, que es hablar con ellos mismos, con las rayas de la vía, con el asfalto y con los postes del alumbrado público, le dije a mi mujer que era hora de bajarnos de ahí y buscar la luz.

En esos instantes en los que mi esposa y yo comenzábamos a discutir, mi suegra llamó unas tres veces para preguntarnos si ya estábamos sentados en el avión y cuando le dijimos que no, que estábamos en una manifestación más del sobrenatural tráfico caraqueño, nos dijo con su habitual sutileza que perderíamos el avión por haber salido tarde... Le colgué el teléfono y pensé en la suegra de Condorito.

Mariana insistía en que esperáramos ayuda.

Yo le dije que nada de esperar; que saliéramos de ahí en ese mismo instante o terminaríamos ahogados.

También le dije al taxista que se quedara con la maleta y que nos la llevara a la casa cuando pudiera.

Mariana seguía paralizada.

Hasta que me bajé de la puta camioneta, abrí la puerta trasera, agarré a mi hijo mayor que lloraba nervioso y, juro que por primera vez mi esposa me habría visto dando un espectáculo digno de un energúmeno mayor, si no se hubiera bajado con nuestra hija en brazos.

Ya íbamos a caminar hasta la salida del túnel cuando un pequeño autobús cargado de señores en camisas rojas se detuvo a nuestro lado y el conductor nos ofreció su ayuda.

Sobra decir que nos montamos, que fueron muy amables con nosotros, que fueron nuestros salvadores.

A Rodrigo le dieron un caramelo.

A Mariana le ofrecieron agua y conversación sobre el caos caraqueño.

A Natalia y a mí nos regalaron aire y tranquilidad.

Y con esos músicos (porque eran músicos que trabajan en el Ministerio de Educación) que tocarían en Maiquetía, si es que llegaban algún día, salimos del miserable túnel.

Ya a esa hora no teníamos nada que buscar en el aeropuerto y el tráfico seguía igual. Así que avanzamos en el autobús hasta la parada que queda frente al Parque del Oeste. Nos despedimos de nuestros benefactores, les dimos las gracias, les deseamos buen viaje y caminamos hasta la avenida Sucre y la estación del metro de Gato Negro.

Media hora después estábamos en nuestra casa sucios de túnel, tristes y contentos a la vez, además de cansados de Caracas.