lunes, junio 25, 2012

ALGUNAS NOTAS AL MARGEN DE LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO

Estamos ante un ensayo extraño. Su autor habla mal del show en que se ha convertido el mundo, pero él mismo es actor principal en ese gigantesco montaje en que se ha transformado la vida contemporánea. Doquiera que va, recogen sus opiniones, lo entrevistan, le toman fotografías, le dan doctorados, lo nombran orador de orden... Hasta quienes no han leído una línea de sus novelas, acuden a los auditorios donde da conferencias y comparte su sabiduría con generosidad.

¿Entonces?

Entonces dejemos hasta ahí esa parte de la reflexión y hablemos sobre el libro que, dicho sea de paso, a estas alturas del año, sólo se consigue en la librería Entre Libros de Los Palos Grandes, aquí en Caracas, y porque, seguramente, algún amigo del librero lo trajo escondido en alguna maleta.

Para don Mario, como para cualquiera que tenga dos dedos de frente, el mundo va mal. Va mal porque los seres humanos nos hemos entregado con regocijo a una mezcla de estupidez y falta de moral que hace que todas nuestras creaciones se caractericen por una laxitud extrema.

Atención: quien habla de estupidez y falta de moral soy yo. Vargas Llosa no. Vargas Llosa es un maestro en el arte del eufemismo porque lo que él llama «la civilización del espectáculo» no es más que esa macilenta mezcla que cargamos en lugar de alma y que produce eso mismo: productos macilentos en la política, en las artes, en las relaciones interpersonales y en todos los ámbitos de nuestras vidas.

En ese sentido, este ensayo es un llamado de atención, una advertencia sobre los peligros que corre la humanidad al abandonarse al placer, al ocio, a la diversión y convertirlos en objetivos primordiales de la vida. 

Más de un cínico prendado de sí mismo se reirá de que alguien, a estas alturas, haga las veces de Jor-El y profetice el fin del mundo, pero si algo caracteriza a este libro es pasar por encima de esos prejuicios y tocar la campana de rebato en un mundo al que le hacen falta más tañidos de emergencia, más verdades incómodas que socaven la comodidad e incineren las legañas que nublan nuestra vista.

Repito: La civilización del espectáculo es un libro extraño. Hay páginas en las que coinciden ideas que te hacen pensar que estás leyendo un gran libro e ideas que te dan ganas de salir corriendo desnudo de tu casa.

Como ejemplo de las primeras están los argumentos reunidos en el capítulo dedicado a criticar con dureza a Derrida, Foucault, Vatimo y demás por justificar que la humanidad se vaya por el barranco de la estulticia y empujarla, con sofismas y prosas enredadas, a que siga por ese camino.

Como ejemplos de las ideas que hacen que quieras abandonar el libro están la de la desaparición del intelectual como faro de sabiduría y la de la ausencia, en nuestro tiempo, de raseros que nos ayuden a medir la belleza o no belleza de las obras de arte. 

¡Dios!

Una de los postulados más controversiales de este ensayo tiene que ver con la decadencia del modelo de cultura vigente hasta hace muy poco tiempo. Según ese modelo, la cultura era una suerte de conciencia que regulaba el comportamiento de las personas, su modo de vivir, de crear, de producir, de interactuar, y ese modelo se agotó o dejó de usarse o quedó tapiado debajo de otros modelos menos circunspectos.

La cultura que se agotó se alimentaba, según Vargas Llosa, de un sentido de trascendencia que le venía de su enlace con las religiosidad de las personas o, al menos con la noción de que somos algo más que carne y mugre. Asimismo, se alimentaba de grandes obras (artísticas, literarias, musicales, filosóficas...) del pasado que, a su vez, fueron proyectadas a partir de un deseo de trascender a través de las formas y dejar un mensaje a veces explícito, a veces encriptado, a las generaciones futuras.

Por una consideración como ésa y por manifestar su terror ante la sustitución de la cultura trascendente por una cultura de lo pasajero, a Vargas Llosa lo han tildado de reaccionario, de viejo nostálgico y de meterse en el terreno de otros pensadores.

Sobre esos epítetos no tengo nada que decir. Cada quien que se defienda como pueda, si es que es cuestión de defenderse. Sobre lo que sí me gustaría acotar algo es sobre lo raro que resulta leer estas páginas y ver cómo se nos despiertan cientos de monstruos, de quejas, de ideas que tenemos guardadas en lo más oscuro del seso. He aquí unos cuantos:

La cultura que añora Vargas Llosa nunca fue del dominio masivo. Ni antes ni ahora las masas corrieron a leer a Flaubert ni a Dostoievsky. Tampoco se mataron por leer a García Márquez ni al propio Vargas Llosa. Así que eso de que antes había una cultura brillante que se respiraba en el aire de cualquier país del orbe mundo, no es tan cierto como dice el autor de La civilización del espectáculo. Leer, escribir, oír música, estudiar, meditar, siempre fueron (y siguen siendo) actividades marginales en todas partes. Las actividades realmente masivas siempre fueron otras, ligadas a la supervivencia, al lucro y a la satisfacción de otro tipo de necesidades.

La tesis de Vargas Llosa no está bien planteada. El que la cultura-cultural («alta cultura» me suena ridículo) siga su curso silencioso y, en apariencia, siempre a punto de desaparecer, no tiene nada de raro. Así ha sido siempre. En lo que quizás debió enfocarse el autor es en el auge que ha tenido «la cultura» de los que nunca se han preocupado por la cultura. ¿Qué ha sucedido, qué volteretas dio el mundo, para que los gustos de la gente común (los carniceros, los oficinistas, las secretarias, los carteros, los vigilantes, los ferreteros, los gerentes de bancos, los burócratas) se convirtieran en los gustos imperantes de la sociedad?

En el pasado los terrenos comunes de comunicación entre las personas dependían de muy pocas instituciones o de muy pocos medios que mantenían monopolizado el intercambio de mensajes entre las personas. La iglesia, los grandes periódicos, algunas cadenas de radio y televisión, algunas casas editoriales de libros y de discos, creaban el piso de opinión sobre el que se movían los mensajes entre los seres humanos. Hoy en día eso ha cambiado. Internet multiplicó los territorios en los que pueden moverse, coincidir, disentir, antagonizar, crecer y desaparecer los gustos y los pareceres de las personas que viven en cualquier lugar del planeta. A eso habría que sumar la diversificación de la tecnología, el diseño de ordenadores, tabletas, teléfonos y demás artefactos que nos permiten la comunicación con nuestros semejantes doquiera que nos encontremos.

¿Y qué intercambiamos por esas vías tan cómodas y tan al alcance de cualquiera? ¿Mensajes en los que hablamos sobre Archibald MacLeish, Lee Konitz o Virginia Woolf? No. Intercambiamos lo que intercambiamos a diario en cualquier conversación: tonterías, chismes, chistes, rumores, consejas, opiniones de todos los calados... Les añadimos además fotografías, videos, enlaces a páginas de distinta naturaleza, canciones y basurillas gráficas que terminan por darle colorido a la experiencia. El advenimiento y desarrollo de internet ha instaurado una «cultura» a imagen y semejanza del hombre común, del hombre y de la mujer que salen de sus trabajos en los que han estado ocho horas haciendo cuanto no les interesa ni les gusta hacer de verdad, pero que lo deben hacer porque no tienen otro modo de ganarse el pan de cada día.

Esa, a grandes rasgos, es la razón de ser del entretenimiento en nuestros días. El hombre común tiene a su disposición todos los aparatos posibles para extender hacia el universo-mundo sus grandezas y sus miserias, sus frustraciones, sus logros, sus apetitos, sus vicios y creaciones. Quienes producen y controlan la información que circula por el mundo ya no son escritores ni artistas ni genios facultados o ungidos para hacerlo; somos las personas normales y corrientes, los que vivimos tratando de mantenernos en contacto con nuestros seres queridos o afines a pesar de las distancias y de los husos horarios. 

Por eso, porque sólo buscamos reproducir a través de los productos tecnológicos la cercanía de los actos de comunicación que logramos cuando estamos en presencia de los demás, los mensajes que manejamos tienen ese carácter efímero y banal. 

Y también porque el hombre común no quiere preocuparse por abstracciones. Le basta con las dificultades que tiene que vivir a diario en su lugar de trabajo, además, claro está, de las debacles que ve todos los días a su alrededor en un mundo signado por una crisis económica espantosa que exacerba, además, la crisis moral que hace que todo, incluso la vida humana, sea algo banal.

Quién sabe si todas estas impresiones dialogan o no con el ensayo de Vargas Llosa.

Sin embargo, creo que ahí está el meollo de todo este complicado asunto.