miércoles, abril 25, 2012

TRANQUILIDAD DE LECTOR
Me gusta escribir sobre libros; contar mis experiencias de lector; hacerme preguntas; compartirlas con los demás; conversar; discutir. Eso es lo que nos hace civilizados: hablar sobre asuntos que, por un lado, nos distancian de las contingencias cotidianas y, por otro, nos acercan de distintas maneras a la propia vida.

Siempre me ha parecido que hablar sobre las cuitas de Raskolnikov o sobre las andanzas de Tom Ripley no resulta muy distinto a platicar sobre las peripecias vitales de cualquiera de mis amigos. Quizás lo único que diferencie estas dos posibilidades (aparte de que una pertenece al reino de la literatura y la otra al del chisme) es que en el caso de los personajes literarios, su definición existencial se encuentra unida a las tramas narrativas a las que pertenece cada uno, mientras que la de nuestros amigos y conocidos se encuentra diluida en los accidentes y en las pequeñeces de sus propias vidas.

Igual no importa. Observamos a los demás buscando una guía para trazar el sentido de nuestra propia existencia, para ordenar el relato de nuestra vida, para aprender cómo se llama o cómo funciona eso que fluye dentro de cada uno de nosotros y que nos anega todos los días.

Para mí la literatura es eso, además de una forma de hacer nuevos amigos y de fortalecer viejas amistades. Cualquier otro uso, cualquier otra definición, se las dejo a ustedes, que seguramente son más profundos y letrados que yo.