viernes, marzo 09, 2012

VIAJEROS

1
Los amigos que se fueron se preguntan si algún día regresarán a la ciudad que dejaron. Yo no les digo nada. Creo que hay cosas que solo se pueden discutir con la almohada o con el fondo de un vaso de whisky.

Provoca aclararles que la ciudad que dejaron, estará siempre ahí, no sé si esperándolos, pero seguirá ahí, mutando, complicándose, extendiéndose. Tal vez cuando mis amigos vengan algún día, la vean cambiada y se den cuenta de que, cuando se fueron, se llevaron consigo a la ciudad que era en ese momento de sus vidas.

Las ciudades cambian y no esperan por nadie, aunque hay olores y sabores y pequeños costumbrismos que persisten, que sobreviven a los taladros y a las pistolas y al mal gusto. Esa es la ciudad que siempre recibirá a mis amigos y que les hará sentir que éste, a pesar de los pesares de la vida, también es su lugar, y que es permanente, aunque todo cambie y se vuelva distinto (y feo).


2
Los emigrantes son sensibles a que les pregunten por qué se fueron; no les gusta que los vean como fugitivos que huyeron de unos problemas que ellos no crearon y de los que, tal vez, hayan sido víctimas; también tienen razón de molestarse con quienes les recriminan porque desde donde estén, opinan sobre el desorbitado acontecer del país que dejaron, como si las opiniones tuvieran pasaporte o se disolviesen al trasponer fronteras. Aunque, en honor a la verdad, hay personajes en todas partes, y entre los emigrantes no faltan quienes establecen comparaciones indignas o deslizan burlitas funestas sobre el garabato de país en el que se ha convertido ese del que se fueron con todo derecho, olvidándose del dolor de los amigos que decidieron quedarse o no pudieron irse. En uno y otro caso, la ausencia de delicadeza y de respeto ametralla la posibilidad de un intercambio provechoso de pareceres.


3
La vida es dura en todas partes, pero hay lugares en el mundo en los que no te matan ni te vejan ni te incomodan con la facilidad con que te matan, te vejan y te incomodan en el supuesto paraíso en el que aún habito. La indiferencia ante el horror es una de las fuerzas que convierte a las personas en emigrantes. También las limitaciones del supuesto paraíso que hacen que los que tienen sueños y proyectos no puedan concretarlos como ellos quisieran.

Aunque, claro, todo puede ser peor y cada quien tiene por drama lo que considere pertinente. Hay lugares de los que las personas emigran porque no hay ni una gota de agua o porque sus vecinos pertenecen a una etnia distinta y lista para matarlas a machetazos.


4
A pesar de que sé que el hogar queda donde puedas ganarte la vida haciendo aquello que te interesa y no otra cosa, yo no quiero irme del lugar donde nací.

Una oscura terquedad me empuja todos los días contra el supuesto paraíso. No se trata de querer doblegar sus condiciones (¡tarea vana!), sino de mantenerme terco en lo que soy y quiero hacer a pesar de los accidentes.

Un día entendí que doquiera que esté, un hombre debe dar esa pelea por su individualidad, y no importa si la patria donde se encuentra es la suya o la de otros.

Porque tarde o temprano el país de origen y el país de llegada harán todo lo que esté a su alcance para que un hombre no sea lo que quiere ser.

Ahí sabremos que la única patria que importa, queda dentro de nosotros mismos.