viernes, febrero 10, 2012

TRÍPTICO MORAL

¿Qué se hace con la maldad que se ha visto, que se ha padecido en carne propia, que se ha propinado a otros, que se ha intuido o que nos han contado? La respuesta es sencilla: se le mantiene colgada de la memoria, se le olvida o se le transforma en algo útil a través del arte.

El mal existe y, aunque buena parte de nuestro mundo luche todos los días por disolver lo que queda de la moral, cualquier persona sensata estará de acuerdo en afirmar que el mal, en su definición más sencilla, consiste en infligirle, a propósito y de manera artera, daño, dolor, pena, desgracia y horror al prójimo. Gente que haga eso sin mayores miramientos hay de sobra en este planeta. Así que el mal existe. No se hagan los desentendidos ni se crean superiores porque se han leído tres o cuatro libros.

La existencia de la maldad y de sus infinitas y posibles encarnaciones, podría ser la idea medular de estos monólogos agrupados en el volumen Lo escuché llorar en mi boca. Tríptico de Caracas. Quien se acerque a estas obras tendrá la oportunidad de conocer (si es que no las conoce ya) tres concreciones del mal a la venezolana. En la primera, la que le da el nombre al libro, el lector se encontrará con la confesión de una mujer presa. En la segunda («Bang»), un sicario otoñal cuenta detalles de su oficio. En la tercera («Venezuelan standoff»), asistimos al monólogo de la mujer que cree estar participando en un juego de seducción.

Si con la presentación somera de estas historias no les basta para creer en la idea que las motivó, obsérvese la dedicatoria que se encuentra en el pórtico del libro. Que las páginas siguientes estén dedicadas a San Ignacio de Loyola, soldado de la fe católica, fundador de la Compañía de Jesús y héroe de la contrarreforma, parece ser una confirmación de que esas páginas fueron escritas para que conozcamos algunas concreciones del mal, meditemos y aprendamos a defendernos a partir de ese conocimiento. En ese sentido este libro podría concebirse como una serie de ejercicios espirituales en los que se nos muestra una ristra de males (el maltrato a la mujer, la «ética» del asesino y el engaño como piedra angular de las relaciones interpersonales) para que sepamos de su existencia y comprendamos que no somos inmunes a su influjo. Cada monólogo contiene una traca de situaciones extremas que pueden molestar al lector demasiado sensible o a ese que cree que la vida es un sinfín de nubes felices porque nunca supo o se le olvidó que el horror está a la vuelta de la esquina.

Más allá de las anécdotas particulares de cada una de las historias de este Tríptico de Caracas, hay algo que sorprende y que llama a la admiración. Se trata de la naturalidad con la que se expresan sus personajes, de la normalidad con la que cuentan sus vidas y sus pareceres, las bajezas, las abominaciones en las que han estado o están inmersos. Evidentemente, esa manera de confesarse, tan profunda, tan reveladora de la manera de ser más íntima de cada personaje, pertenece al talento inobjetable y sorprendente de Joaquín Ortega, el autor de estos monólogos audaces.

Si alguien se viera en el aprieto de definir la fuente de ese talento, de esa capacidad para crear personajes tan reales y a la vez tan emblemáticos de un tiempo y de una realidad particular, debería empezar por decir que en Joaquín bulle una inquietud que encuentra su cauce en la multiplicidad de actividades que realiza (Joaquín estudia un doctorado en ciencias políticas, conduce un programa de radio, escribe artículos para periódicos y revistas, es un consultor político y creativo…). Esa inquietud tiene que ver con una habilidad natural para observar y analizar su entorno, y dejar constancia minuciosa de sus detalles tanto auspiciosos como terribles, tanto particulares como universales. En Joaquín se combinan con pasmosa armonía el sentido del humor y el sentido trágico de la vida, la habilidad para producir la caricatura verbal más grotesca y la altura para expresarse con una elegancia absoluta, la capacidad de usar un lenguaje lleno de referencias eruditas y de hablar con la sabiduría que otorga la calle. Esa combinatoria de elementos disímiles es el secreto de estos monólogos; lo que les da profundidad; lo que los hace tan poderosos y desconcertantes.

Cuando todos los que conocemos a Joaquín, tuvimos noticia de este libro, esperábamos algo que llamara a la risa y a la alegría de vivir, pero en cambio recibimos la vastísima sorpresa de un pequeño y concentrado volumen lleno de dramas morales capaces de golpearnos donde más nos duele y de ponernos a pensar en esas cosas que no nos gusta pensar todos los días.

Este Tríptico de Caracas representa no sólo un gran momento en la escritura de Joaquín Ortega, sino un llamado de atención contra la ligereza que se ha esparcido por el mundo con la volatilidad de un gas venenoso.

Aunque duela, hay que leerlo.