miércoles, febrero 08, 2012

HISTORIAS DEL HORROR LABORAL CONTEMPORÁNEO
Sandro Chia; Cabeza
Primera
El jefe del jefe lo llama para decirle que debe despedir a media nómina porque en el último semestre se vendió un cuarenta por ciento menos que el año pasado y eso hace insostenible la situación de la empresa tal como está.

El jefe le pregunta a su jefe si, a pesar del régimen de inamovilidad laboral que decretó el gobierno, la empresa puede darse el lujo de salir de tanta gente.

El jefe del jefe le contesta que sí, que en el banco hay dinero suficiente para ofrecerle a cada empleado una jugosa compensación a cambio de que renuncie.

El jefe mira a su jefe y se queda en silencio.

El jefe del jefe le pregunta que qué le pasa.

El jefe le dice a su jefe que nada, que se quedó pensando en que si hay tanta plata disponible para pagar esas liquidaciones, entonces la situación no está tan mala y quizás se pueda hacer algo para no tener que salir de tanta gente.

El jefe del jefe le dice que no lo joda y que vaya a hablar con el jefe de recursos humanos para iniciar los trámites de la operación despedida.

El jefe sale de la oficina de su jefe cabizbajo; no entiende por qué la empresa no invierte en otra cosa el dinero que pagará en liquidaciones. Pero pronto se dice a sí mismo que esa empresa no es suya y que mejor hace lo que tiene que hacer y ya.


Segunda
La secretaria del jefe oyó lo que se dijo en el directorio; sabe que la compañía saldrá de buena parte del personal.

Esa mañana no se siente bien. Le duele algo que no sabe qué es, pero ella dice que es la cabeza.

Ella mira a sus compañeras de administración, a los muchachos de ventas, al gordito de sistemas, a la señora que limpia, al asistente del abogado, quien, de paso, es buen bailarín, a la gente del almacén…

Y lo que le duele, le duele más, pero no dice nada. Se queda en su puesto y empieza a hacer su trabajo.


Tercera
El jefe la invita a sentarse, le habla de lo dura que está la cosa y que por eso mismo, porque la cosa está dura, la empresa decidió prescindir de sus servicios, pero que, como ella y todo mundo sabe, hay un decreto de inamovilidad laboral por lo que no la despedirán, sino que, a cambio de una buena compensación económica, ella deberá firmar su propia renuncia.

Durante todo este discurso la mujer ha permanecido en silencio y con el rictus de quien piensa en hijos, deudas y en todo lo que cruza la mente al tiempo que un inútil en corbata te dice que la empresa debe prescindir de tus servicios.

Ella no lo mira. Mira el cuadro que está detrás de su silla sin decir palabra ni mover un músculo de su cara. Él habla y habla sobre lo dura que está la situación económica, sobre lo difícil que es mantener el barco a flote. De pronto, cuando las metáforas marineras se agotan y la oficina queda sumida en el silencio de esos casos, ella lo mira a los ojos y le pregunta:
—¿Cuánto me van a dar?
—Ciento cincuenta mil bolívares.

Ella sigue en silencio. Mira otra vez los colores horribles del cuadro abstracto que parecen traducir a manchas lo que le dice el jefe.
—Es una buena compensación… Por seis años de trabajo es una buena compensación… La economía va mal… La empresa tiene que adaptarse… Pero no es una mala compensación… ¿Qué te parece?

La mujer se queda en silencio. Cierra los ojos, toma aire y mira fijamente al inútil de su jefe.
—Es muy poca plata.
—¿Poca?
—Hay inamovilidad laboral…
—¿Ciento cincuenta mil? ¿Poca plata?
—Yo vivo en un refugio desde el año pasado. Las lluvias se llevaron mi casa. Ustedes me compran otra casa y yo, con todo gusto, les firmo lo que ustedes quieran.
—¿Una casa? Eso es una locura…
—Una casa por mi firma. Ustedes verán.
—Pero eso no se puede.
—Bueno —en ese momento ella se levanta—, entonces nos vemos mañana, jefe. Y tranquilo, que yo no le digo nada a nadie.

Y salió tranquila, pensando en que si al día siguiente el jefe la vuelve a llamar, le repetirá que quiere una casa y, además, le dirá que tiene casi tres meses de embarazo.


Cuarta
Willy no está contento.

En los tres últimos meses vio cómo botaron a casi todos sus compañeros de trabajo.

Vio también cómo, a pesar de que los cesantearon, se fueron relativamente contentos porque los indemnizaron muy bien.

Luego de conversarlo con su insomnio de tres noches, había decidido proponerle a su jefe que lo botaran a él también.

El jefe le dijo que no; que si quería irse, que renunciara, pero que a él no lo botarían ni le darían ninguna compensación económica; que si se iba por su propia voluntad, le saldría su liquidación simple, como lo estipulaba la ley.

Willy no está contento.


Quinta y última
Estar desempleado es horrible. Las horas corren lentas y se siente envidia de los que van de un lado a otro, yendo al trabajo, viniendo del trabajo, tratando de llegar temprano a todas partes.

Eso lo entiende ahora el ex cobrador de la empresa que ahora tiene seiscientos cincuenta mil bolívares en su cuenta de ahorros, pero no haya qué hacer con sus días.

Tal vez pague algunas de sus deudas y se asocie con su cuñado para abrir un kiosco de periódicos en alguna esquina.

Quién sabe.