lunes, enero 09, 2012

MANIFESTACIONES DE LO MONSTRUOSO: LA MÁQUINA CLÁSICA DE ROBERTO ECHETO
Martha Durán
¿Qué es lo monstruoso? En contraste con el contexto de proposiciones y reconocimientos del existir, que discurre entre certezas, mesuras, homogeneidades, lo monstruoso se presenta como la violenta manifestación de lo heterogéneo y lo incongruente, como lo indefinido que se expresa en fragmento y desgarramiento, en desfiguración y exceso, en desproporción y abyección. Es lo que acecha sin tregua, desde el afuera, al orden delimitado de la existencia.

Víctor Bravo

El caos, el desbarajuste, la ruptura del orden, tensa sus posibles significaciones y axiomas, cuando nos damos cuenta de que —paradójicamente— hasta el caos más agudo y aberrante, guarda clandestina o silenciosamente un orden que, al hacerse manifiesto, puede sorprendernos como cómplices, víctimas o —incluso— creadores de muchas de las formas en que se revela ese caos. Lo monstruoso, como una de las formas en que se manifiesta ese rompimiento del orden que es el caos, se configura entonces como la presencia que irrumpe sin ser invitada, como algo que acecha para transgredir la cotidianidad del que cree que vive bajo la aparente tranquilidad de la rutina, de una rutina que —aunque por definición se encuentre reglada, ordenada tácitamente por el que la cumple— nos muestra también surcos atiborrados de extravíos, desarreglos e incongruencias propias del caos en el que vivimos.

Leyendo el conjunto de relatos que conforman La máquina clásica de Roberto Echeto, algo —desde el comienzo— me quedó bastante claro: en la gran mayoría de estas historias, lo monstruoso irrumpe siempre, resuelve diversas maneras de manifestarse, aunque no siempre adquiera una forma o una materialidad como tal. En esa extraña variación de historias que van desde las situaciones más cotidianas y en apariencia sencillas, hasta las cargadas de grandes batallas con tigres extraterrestres, las que cuentan de robots, terroristas y guerrilleros, o las que describen discusiones entre triángulos, círculos y otras figuras en una discoteca suprematista, hay —en todas ellas, como ya dijimos— una vaga silueta que transita, que merodea, la narrativa de La máquina clásica: la figura del monstruo, las diversas maneras en que este monstruo de múltiples rostros opera en cada uno de estos relatos. Lo “monstruoso —dice Víctor Bravo— es lo que acecha sin tregua, desde el afuera, al orden delimitado de la existencia”. De allí que no se trata de simplemente darle cualidad de monstruosidad solamente a aquello que asalta lo conocido, lo reglado, como una presencia extraña y aberrante, para trasgredir la cotidianidad; sino que también, como sucede en estos relatos, la misma cotidianidad —la nuestra, vale la pena resaltar— ha venido adoptando inflexiones de monstruosidad al hacer de la anomalía, de la fisura del orden, un rostro más de ese otro monstruo que es la costumbre como norma, el “así es aquí”, el “qué más vamos a hacer”. En ambos casos, la ironía, el absurdo y el humor, van a ser los mecanismos de los que se vale el autor para dar cuenta de que muchas veces eso que llamamos “lo cotidiano”, puede recordarnos que el orden alcanza también a establecerse desde la heterogeneidad, lo incongruente y el caos, una vez que lo hayamos reconocido como norma.

La desviación, el delito, la violación de la “norma”, puede entonces nombrarse como la introducción de un alguien en los babosos hocicos de un monstruo de mil cabezas (“El capitán gangrena”). Un barco detenido sobre las aguas, se hace semejante a un monstruo de seiscientas toneladas, un gigante dormido y en cautiverio (“Satisfacción”). El cañón de un barco termina siendo ante los ojos de quien lo intenta manejar, una máquina demoníaca. Y —como algo recurrente en la mayoría de estos relatos— un carro, puede sentirse como un Monstruo negro, una bestia que será conducida por alguien (“El dragón”), o un carro maldito que se planta frente a una casa de una urbanización para buscar —entre gritos y rugidos de su bocina— al dueño de la casa sin explicación alguna y sin destino conocido, como sucede en el cuento que le da nombre a este libro. Relato donde la injusticia no reside en el hecho de ignorar el por qué se debe acatar al llamado de un carro desconocido, ni tampoco en no saber para dónde se va, sino simplemente en que éste va a buscar al personaje sin estar listo. Ya decía Nietzsche que dondequiera que mirara no veía sino gente obedeciendo, y quizá lo monstruoso surja justamente en ese momento en que la violencia se encuentra soterrada, reducida a un absurdo manifiesto de la obediencia despojada de explicaciones o argumentos. Violencia es también obedecer por obedecer, resignación y sometimiento como única respuesta frente al miedo; violencia es, asimismo, estar a merced del otro, anular el derecho a la elección, someterse sin derecho a réplica ante los caprichos del poder.

Hablamos entonces de esa violencia, quizá más cruda y punzante, que se encuentra contenida, reprimida, escondida en aquel que no puede hacer otra cosa que obedecer, en el que termina cediendo ante el absurdo, asumiendo —paradójicamente— ese absurdo con naturalidad, despojándolo así de su carácter ilógico o irracional. Ésa que se muestra en el relato “Nocturno telefónico”, donde se desarrolla una conversación telefónica entre un ladrón que ha robado un carro y la víctima de ese robo, conversación que deviene en humor en el mismo momento en que la víctima “acata”, “obedece”, con naturalidad la transacción. Como si no fuera suficiente, el absurdo se tensa hasta el límite, cuando este ladrón le comenta a su víctima, en una llamada posterior, que le ha robado un carro a una señora y que ésta no cree que se lo vaya a devolver una vez hecho el depósito. El diálogo lleva ahora el absurdo al extremo, transformado en humor, en una hilarante descarga de cinismo ante las palabras del ladrón: le acabo de dar tu número a la vieja esa. Atiéndela, hermano, y dile que yo te robé el carro, que te cobré los diez palos y que te lo devolví sin problemas, y luego, llevado aún más al límite, le pide: Dile la verdad. Dile que el carro tuyo volvió intacto y que no le faltó ni un botoncito…Por cierto, bróder, mándale a revisar el cloche a ese vehículo. A mí me crujió varias veces. El diálogo sigue: Sí. Tengo que llevarlo al taller, pero tú sabes cómo es…, dice la víctima. ¿Me lo vas a decir a mí? ¡En esta vaina todo está carísimo!, responde el ladrón. La respuesta de su interlocutor termina de desencajar la noción del absurdo, al asumir y reconocer como cotidiano lo que en el fondo sería anomalía o desconcierto. Ya muchos teóricos han vinculado de manera directa el fenómeno del humor con la percepción de lo incongruente, pero ¿qué pasa cuando lo incongruente sigue estando allí y lo que cambia en nosotros es justamente la “percepción” de eso que llamamos incongruente?

Subrayemos en este punto la noción de “percepción”, pues en estos relatos, lo que se conjuga de manera excepcional, es ese trastocamiento de la percepción frente a situaciones o reacciones, dejando lo incongruente en un entrecomillado áspero, dudoso o escalofriante. Es la percepción de estos personajes lo que a su vez cambia de lugar al lector, lo que hace aparecer el absurdo desde otra mirada, donde el asombro se encuentra en lo que de real tiene ese absurdo, en el sin sentido que logramos reconocer como parte de nuestra cotidianidad, movilizando así los presupuestos de lo real, de lo posible, de lo inesperado.

Pero, al mismo tiempo, están también aquellos relatos donde la violencia se revela de una manera más directa y descarnada, con, por ejemplo, Tigres extraterrestres que rugían y escupían bilis en “Esta es la bestia”, seres que matan y destruyen todo cuanto ven en la tierra con una ferocidad implacable, pero detenidos y vulnerables frente a la presencia de un niño. Dejemos para el lector la posible interpretación de esta vulnerabilidad presente en la bestia. Violencia manifiesta, explícita, con la crudeza de “Políptico de pólvora y mugre”, donde a partir una pistola extraviada por un oficial, las llamadas —de manera cínica— “balas perdidas” encuentran cuerpos que dan fin a su incierta trayectoria, recordándonos trágicamente que siempre habrá alguien que las encuentre.

Pero más allá de estas variaciones de la bestia, de estas manifestaciones de lo monstruoso, está también el anuncio del reconocimiento de esa otredad que vive dentro del ser mismo, de ese otro que deviene en monstruo frente a la supervivencia en un medio violento, o simplemente, de aquellos “que matan porque sí”. “El monstruo —dice Paz—  es la proyección del otro que me habita”. El que usa un arma, el que golpea salvajemente, el que grita atropellos e insulta, el que roba, el que se comporta como si no lo estuvieran robando, el que obedece sin exigir explicaciones o argumentos, todos “esos” son también acentos del monstruo que nos habita.

Volvemos entonces a las palabras de Paz para resaltar que en estos relatos aquello que acecha no viene sólo de afuera, sino que también, por encima de las Miles de ratas mutantes, las bestias de dos cabezas que atacan y devoran humanos, está no el monstruo con el que pelea un Ultraman decepcionado de los humanos, sino ese otro —menos manifiesto, pero no por ello menos terrible— por el que Ultraman piensa jubilarse, ese que le hace aterrarse frente al disfrute de los humanos ante el espectáculo sangriento de la batalla. Hablamos de esos otros que nos habitan cuando nos damos cuenta, como lo hace el oficial Sánchez Méndez, ese que perdió su pistola al pasar por un hueco con su moto, que piensa que ningún oficial entrega su pistola a menos que sea en un caso extremo, y los casos extremos siempre salen en televisión con todo aquello que le despierta a la gente el monstruo podrido que lleva por dentro. Hablamos de ese otro monstruo, el de “Medea en los cayos”, ese que se revela en la fragmentación del propio ser: Al ver las líneas de luz alumbrando el barco, Anita Cortés sintió que el fantasma de dos cabezas escamosas que le soplaba la barriga se esfumó. La memoria siempre está ahí, como una boca presta a devorarte que se abre en el escondrijo menos pensado. Hablamos, para culminar, de ese otro que nos habita y que descubrimos semejante a aquél que no oculta su maldad, ese Otro que también somos, el que se halla clandestino en el pensamiento, como un Eduardo Pérez Córdoba con el cual nos encontramos sorpresivamente identificados, cuando dice en voz alta, terminando de leer la escena en que Raskólnikov asesina a la vieja usurera: Provoca hacerle lo mismo a más de uno, dejando ocultas en su mente las imágenes donde ya se veía con un hacha dedicado al extraño y sucio arte de picar gente.

Maracaibo, noviembre de 2011