viernes, enero 20, 2012

LA SIMULTANEIDAD PERDIDA
Hace años, cuando era joven y buenmozo, iba al cine a ver películas culturales. Fellini, Pasolini, Rosellini, Visconti, De Sica, Cavani, Kurosawa, Bergman, Chaplin, Keaton, Wiene, Murnau, Lang, Ozu, Ray, Kubrick, Tarkovski, Deren... La verdad es que era feliz viendo cine cultural en salas culturales de arte y ensayo donde todo era cultural. Hoy, por decisión propia, no voy al cine a ver películas culturales. En realidad, casi nunca voy al cine. Hoy, cuando puedo decidir qué película ver en televisión (tengo una esposa y dos hijos), por lo general escojo una llena de tiroteos, explosiones y chistes malos. A veces, cuando paso por City Stars, y están dando alguna película vieja con Gregory Peck o con Antony Quinn, me quedo viéndola contento, pensando además en que eso es lo más cerca que puedo estar del cine cultural.

Digo que es lo más cerca porque en City Stars no pasan cine europeo. Aunque el año pasado vi (o volví a ver) en ese canal Il Gattopardo… Y debo decir que fui feliz. Fui feliz porque la riqueza de ese cine (del italiano en particular y del que yo llamo «cultural» en general) ya no existe.

Yo me siento orgulloso de las escenas que de esas películas culturales guardo en mi memoria, pero, llegados a este punto, debo decirles que no es exactamente de mi relación con esa filmografía que deseaba hablarles.

Comencé diciéndoles que cuando era joven y buenmozo iba a ver películas culturales en cines de arte y ensayo, pero no les dije que las veía en tres o cuatro salas de las que hoy no queda ni una sola funcionando. Ir a aquellos cines era una experiencia múltiple. No sólo ibas a ver obras maestras de la cinematografía mundial, ibas a agarrarle la mano, a besar y a abrazar a tu novia, a ver exposiciones o a ver libros en cualquiera de los museos y de las librerías cercanas; ibas a conversar con amigos a quienes te encontrabas por casualidad en la entrada o en la salida de la función; ibas a pasar de manera productiva las horas muertas de la tarde, a conocer gente, a intercambiar opiniones, a ver lo que pensaron otros seres humanos sobre la vida y la muerte en otras latitudes y hablar sobre eso con tu jeva y con tus panas frente a unas cervezas que podías tomarte o no, después de la ida al cine.

Yo me pregunto: ¿dónde hace todo eso que yo hacía en una sola salida la gente que hoy en día es joven y buenamoza? ¿Dónde vive esas experiencias? ¿Dónde experimenta aquella multiplicidad de estímulos que ocurría en una sola tarde? Frente a un televisor de pantalla plana viendo una película quemada no será, en un Multiplex o en una reunión del PSUV tampoco. Tal vez yo sea un viejo ingenuo y cada generación encuentre sus espacios para abandonarse a la belleza, pero en Venezuela (aunque creo que lo mismo pasa en todo el mundo) hay cada vez menos lugares donde llevar a cabo esa indispensable operación por la que, sin darnos cuenta, maduramos y levantamos (película a película, libro a libro, conversación a conversación, cerveza a cerveza, exposición a exposición) el muro de nuestra propia identidad. Quizás la ausencia de esos espacios contribuya a la abundancia en las calles de tantas y tantas personas descarriladas, insensibles, aniñadas, huecas de información e inmunes a la belleza y a la civilidad.

Ya dije lo que quería decir. Así que termino aclarando algo que no dije en el primer párrafo.

En mi lista de cineastas no incluí a Buñuel. El cine de Luis Buñuel es tan grande (y tan venenoso) que ninguna etiqueta le cuadra bien. Así que dejémoslo por fuera y disfrutemos sus películas en formato Blu-Ray y prendámosle velas como lo que es: un gran maestro.