sábado, enero 14, 2012

LA OLA

Quieres escribir algo que no suene a queja ni a lección ni a modelo. Tratas con todas tus fuerzas, pero no te sale. Al menos de manera natural, no te sale. Algo que no sabes qué es, no te deja. Todo lo que se te ocurre tiene un toque profesoral, un aire echón, un no sé qué demasiado reflexivo que se apodera de cuanto escribes. Quisieras huir de ti mismo; correr, abrazar la primera frivolidad que se te cruce en el camino, pero no puedes.

Lo intentas. Otra vez lo intentas. Miras por la ventana. Ves la multitud. Te escandaliza la uniformidad de los gustos. Entre la gente reconoces el uso repetido de cuatro o cinco prendas, de cuatro o cinco accesorios, cuya combinatoria marca la concreción del mal gusto… Quién sabe si del «mal gusto» o de un gusto para vestirse que no te agrada y que se te antoja salido de mazmorras.

En eso tienes razón. Aquí el atuendo para cada día parece extraído de celdas en perpetuo eclipse, de prisiones que disuelven todo sentido de la proporción y de la armonía.

Tal vez por eso vivas como un viejo amargado, despotricando contra todo aquello que no te satisface y que curiosamente es todo o casi todo lo que ves en la calle. Porque (seamos sinceros) a tu mundo se lo ha tragado una ola de fealdad en la que impera un tumulto físico y conceptual, un desorden del que sólo salen engendros. Tu calle, por ejemplo, está llena de umbrales a los que sólo se accede si traspones rejas antecedidas de otras rejas. Los barrotes, la homogeneidad del vestuario, los ojos desiertos de la gente, hacen que te sientas en una cárcel del tamaño de una ciudad, en un sitio donde impera una estética penitenciaria cultivada por gordos mal afeitados y por mujeres con escotes de los que brotan tatuajes de hadas madrinas.

¿Cómo no vivir enfurecido ni nostálgico en medio de un rebaño que camina de espaldas a la belleza? Porque eso es lo que te sucede: sientes nostalgia de lo que no ves a tu alrededor. Sientes nostalgia de algo que consideras perdido y que buscas con desesperación en tus discos y en tus libros.

Ahora miras el techo. Nadie puede decir con exactitud cómo estás ni qué planes tienes. Ya no dibujas ni escribes ni te ríes con la misma facilidad de antes. La cárcel con escala de ciudad te ha oxidado. La cercanía del rebaño te ha vuelto más hosco, aunque, en honor a la verdad, siempre fuiste así, traspapelado, raro, abstruso… Y mira que no hay antro mental ni cepo psíquico que pueda encerrarte porque, aunque hoy lo dudes, eres más que cualquier muro.

Tú haz lo que quieras, pero no pierdas la fe en ti mismo ante la incertidumbre y la fealdad que producen los miembros de este rebaño. Sigue haciendo lo que sabes hacer y que te saca de la hostilidad de los siglos. No permitas que la ola rompa tus vidrios ni transforme eso que eres en gelatina.

Sigue reinventando el mundo a tu manera.

Aunque no lo creas, alguien, en alguna parte, te dio ese don.

Aprovéchalo.

Y sé feliz.