lunes, noviembre 28, 2011

LA T DE ACERO EN EL BOSQUE DE BARRO
 A Sergio y a Joaquín por la invocación de genios en las mesas a las que nos hemos sentado durante años.

La T House, diseñada por Simon Ungers y Thomas Kinslow en 1992, se yergue en un terreno rodeado de árboles en Winton, Nueva York, a tres horas de la ciudad.

Se trata de la casa-estudio de Lawrence Marcelle, un lector ansioso (y millonario), que mandó a construirse un hogar que orbitara en torno a su biblioteca y a sus ganas de convertise en escritor. El resultado es este edificio cuya planta y alzado tienen la forma de una T.
Si un arquitecto nos dijera que está diseñando un edificio con la forma de una letra cualquiera, lo más probable es que nuestro guía interior desconfíe. Habitar un caracter gigante puede ser atractivo desde el punto de vista del arte pop o de la cultura kitsch tan extendida en estos días, pero para alguien con otro sentido de las formas quizás sea un desatino. Sin embargo, el diseño de la T de Ungers y Kinslow no llama al chiste ni al anecdotario fácil. Al contrario. Se trata de un proyecto de líneas secas y tajantes de fuerte inspiración escultórica con forma de T tanto en la fachada como en la planta. No podía ser de otra manera. Aparte de arquitecto, Simon Ungers fue un escultor de notables obras minimalistas cuyos conceptos y formas dialogan con la arquitectura en más de un sentido. Ese es el secreto de la T House: es una casa y a la vez una enorme escultura de corten steel. Por eso es tan impresionante.
Al recorrer el exterior de la casa, lo más notable es la articulación de las dos plantas. Dado el diseño, la planta superior se encuentra dispuesta de manera perpendicular sobre la inferior, formando la famosa T de las fachadas norte y sur. Allí arriba, en un espacio desde donde se ve el horizonte tupido de árboles, se encuentra la biblioteca de 13,41 metros de largo por 3,65 metros de ancho y 4,87 metros de alto, repleta de libros. Un complejo sistema de dobles pasarelas, paneles suspendidos y estantes abatibles permite la reunión de diez mil volúmenes aparte del mobiliario habitual que se necesita para trabajar ante los ventanales y el paisaje.
Para acceder al recinto de los libros y a la casa en general, el visitante debe caminar por el techo de la planta inferior, cruzar el lucernario que le da aire y luz a la habitación principal que está bajo tierra, pasar el monolito de la chimenea que parece extraído de la pared vertical de la T, y llegar hasta la puerta principal. En ese punto el visitante puede quedarse en el exterior, entrar y subir hacia el estudio, seguir hacia el mirador o bajar hacia el vestíbulo y recorrer la planta inferior de la casa donde encontrará en una línea recta lo que se encuentra en cualquier casa: un vestíbulo, una cocina, un cuarto de baño y un dormitorio. La concepción del edificio es sencilla porque responde a la austeridad del encargo de su dueño: una vivienda con los servicios básicos más la torre para otear el mundo, para guardar el tesoro de los libros y para sentarse a escribir. En otras palabras: minimalismo formal para satisfacer las necesidades de alguien que supo resumir esas necesidades a su mínima expresión.
La aparente sencillez del proyecto contrasta con su impresionante realización. Quien observa atentamente las maquetas de la T House, percibe la fuerza, la rareza, la austera racionalidad del edificio, pero jamás se imagina el impacto que produce la casa erguida detrás de los cientos de árboles que pueblan ese terreno inclinado de diecisiete hectáreas en medio de las colinas de Saratoga Springs. La oxidación, las constantes y pequeñas modificaciones que producen los elementos en el acero, le han dado a los muros exteriores un color marrón que la integran con toda naturalidad a la piedra sobre la que se yergue. Esa oscura comunión entre la casa y el suelo crea en los observadores el aplastante y fugaz pensamiento de que la vivienda de las formas más ortogonales, de las líneas mínimas más obsesivas, surge no sólo del bosque sino de las entrañas mismas de la tierra. Ése es el efecto, el implacable milagro que crea sobre esta pieza de singular arquitectura una voluntad de diseño que amplió sus posibilidades en la escultura y en el arte.
La T House es un reto a nuestra imaginación, a la idea que tenemos de lo sencillo; un hito férrico al que debemos acudir clamando auxilio cada vez que sintamos que los discursos y que los enigmas interesantes que nos estimulan, se han esfumado de este mundo.  

lunes, noviembre 21, 2011

LAS MISMAS PREGUNTAS DE SIEMPRE
¿Para qué queremos que un escritor de nuestro país sea famoso más allá de nuestras fronteras? ¿En qué nos beneficia esa fama? ¿Por qué el éxito o el fracaso de alguien debe ser una preocupación nuestra? ¿Hasta cuándo esperaremos al ángel con lentes que legitimará nuestro trabajo?

No sabemos nada de más del 99% de los autores vivos que trabajan en el mundo entero. No sabemos quiénes son ni nos interesa. No sabemos qué han escrito y tampoco movemos un dedo por saberlo. Si eso es así, ¿por qué nos preocupa que tan poca gente conozca a nuestros autores en otras fronteras? ¿Qué nos daría el que uno de esos autores venezolanos escriba algo que interese a millones de lectores en todo el orbe?

No se trata de trivializar una preocupación sincera y, además, legítima. Se trata de dejar a un lado toda ingenuidad y preguntarse si podemos volver productiva esta cuita que tantos complejos engendra entre nosotros.

Preguntémonos por ejemplo: ¿es importante que a un país lo conozcan por las obras de sus artistas, por las hazañas de sus deportistas, por los trabajos de sus científicos? Claro que sí. Es importante para que mucha gente en el mundo sepa que existe tu país y que se trata, además, de un lugar donde se piensa, se hace, se trabaja, se produce… Evidentemente eso redunda a favor nuestro (y de manera imperceptible) en nuestra economía, en nuestras relaciones internacionales, en nuestro posicionamiento como lugar favorable para vivir y prosperar, aunque la existencia sea tan difícil como en el resto de nuestro planeta.

Un país del que sólo se conocen malas noticias (desastres naturales, revolcones socio-políticos, por mencionar un par de infortunios) no es igual a un país del que se conocen productos culturales. Los países de los que se conocen productos culturales interesan; los otros no. Suena duro decirlo, pero es así.

Todas estas disquisiciones tienen algo de inútil. Por eso hay que hacerlas y tomarlas con cuidado. No hay que olvidar que el deber de los artistas consiste en desarrollar sus ideas, convertirlas en proyectos y concretarlas en obras. Hacerse famosos o no es una fracción muy pequeña del camino y, tal vez, lo único que pueda identificarse con el éxito en su trabajo sea aquello que les permita seguir concentrados en sus asuntos.

Así que no tiene mucho sentido lamentarse porque a los escritores venezolanos no se les conozca más allá de nuestras fronteras. Lamentémonos, más bien, porque dentro de nuestras fronteras se les conoce muy poco y porque las condiciones invisibles que flotan sobre nuestro país hacen que escritores, artistas, deportistas, científicos y demás creadores no puedan «vivir de» ni «concentrados en» sus respectivos oficios.

Pero dejemos el tono lacrimoso. El mundo evoluciona a una velocidad que no perciben los enfermos de impaciencia. Entre nosotros han sucedido cosas buenas e interesantes que, de seguro, se multiplicarán en el futuro. Sólo hay que seguir adelante a pesar de los horrores de todos los días, y preguntarnos lo que debamos preguntarnos sin aspavientos.

miércoles, noviembre 09, 2011

RATOS DE LECTURA Y CONVERSACIÓN
Ante el inminente estreno de la película, Rodrigo y yo disfrutamos leyendo las hazañas de Tintín. Un niño de cinco años no aguanta la lectura completa de un libro medianamente largo en una sola sentada. De manera que leímos El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo durante un rato cada noche, varias noches seguidas.

No tengo palabras para describir la emoción y la belleza de esos momentos de lectura junto al joven Rodrigo.

Yo leo en voz alta. A veces él me interrumpe, se ríe o me pregunta por el significado de una palabra o por el detalle de algún dibujo... Yo me detengo, le explico, me quedo atónito cuando es él quien me explica algo o me muestra una minucia contenida en la esquina de alguno de los cuadros... De pronto me detengo y comienzo a hablarle de los tres barcos en miniatura que aparecen al comienzo de la historia. Él me dice que no siga hablándole sobre barcos porque estamos ahí para leer a Tintín y no para saber cómo se llama cada palo. Yo no le contesto. Me río y continuamos leyendo esa maravilla de cómic, cuyo primer número publicó Hergé en 1930.

No sé cómo será la película. Debe ser buena, aunque con las consabidas exageraciones del cine contemporáneo. Rodrigo está muy emocionado; quiere verla. El otro día nos topamos con uno de esos enormes anuncios de cartón que ponen en la entrada de las salas de cine y estuvimos detallándolo un buen rato. Vimos el Unicornio, el barco en el que el caballero de Hadocque lucha contra el pirata Rackham. Vimos también el aeroplano amarillo desde el que los malos intentan ametrallar a Tintín, a Milú y al capitán Haddock... Sólo faltó el submarino con forma de tiburón que abordan el intrépido periodista y su perro para buscar el tesoro perdido… (digo, si esta película contempla la historia completa contenida en los dos libros. No lo olviden: Hollywood es experto en hacer sagas que luego nos venden en cajas doradas).

Pero dejemos a Spielberg y a Jackson y volvamos a nuestro asunto.

Hay algo en la acción de leerles a nuestros chamos que trasciende la importancia de los propios libros; algo que se hunde en el amor y en la amistad, en la cercanía física y espiritual de un padre con su hijo. En mi caso y en el de Rodrigo, cada meandro de la historia, cada peripecia de los personajes, cada agonía, cada chiste, nos hizo acercarnos y conversar sobre la experiencia humana. Porque, entre muchas otras cosas, para eso leemos y para eso les leemos a nuestros hijos: para recordar nosotros y para enseñarles a ellos que las aventuras de los personajes se parecen a nuestras aventuras, que los seres humanos somos tan iguales como extraños y diferentes (sí, así de raro es esto), que Hernández, Fernández, el profesor Tornasol y los demás personajes de nuestro libro no son muy diferentes a Rodrigo, a Ruth (nuestra vecina) o a mí.

Los libros son puertas y llaves a la vez. Por eso es tan importante compartirlos con los más jóvenes, aunque luego haya que ir al cine, empacharse de cotufas y ver las versiones en 3D.

domingo, noviembre 06, 2011

EN MEMORIA DE ISAAC CHOCRÓN
A diferencia de varios de mis amigos, nunca fui alumno de Isaac Chocrón ni trabajé con él. Sólo conversamos en una oportunidad. Hablamos tonterías, trivialidades varias que me hicieron verlo en persona como lo veía a través de mis lecturas de sus obras de teatro y de sus novelas: como un genio, como un hombre agudo y de extraordinario sentido del humor.

Lamento mucho su muerte. Creo que hemos perdido a un extraordinario dramaturgo, a un estupendo escritor, a un gigante de las letras.

Hace pocos años escribí algo a propósito de La revolución. Lo dejo aquí como homenaje al maestro.
LA REVOLUCIÓN DE VERDAD

La revolución, de Isaac Chocrón, produce un vacío que se va abriendo como un abanico en el que se despliegan muchos de nuestros miedos. Más que dos maricas showceras y peleonas, Eloy y Gabriel asumen, mientras avanza la obra, la encarnación de esos terrores. Ahí están el miedo a la muerte, a la vejez, a la soledad, a los cambios, a la decadencia, al aburrimiento, a que eso que hemos sido se pierda en la nada.

Si quisiéramos ponernos más agudos, deberíamos observar con mayor detenimiento a Eloy y a Gabriel, ver a cada uno como individuo y luego medir su interacción.

Eloy es un personaje gris, cuya medianía parece provenir de su carácter tímido y siempre temeroso del qué dirán. Su cercanía al mundo del espectáculo es la única osadía que se permite. Para su anciana madre, él es el diligente trabajador de un banco... La pobre señora ni siquiera sabe que su hijo se gana la vida como mesonero.

Gabriel, por su parte, es un ser deslenguado, exhibicionista, lleno de una vitalidad que arrolla y destruye convenciones. Si Eloy es gris, Gabriel es todo colores, todo fiesta, todo show a pesar de que los años, la ruina y la soledad comienzan a pesarle.

La interacción de ambos personajes produce chispas. De tan diferentes que son, ambos se complementan. Sus dichos y sus acciones responden a dos visiones de la vida, una estática y conformista, y la otra siempre en movimiento.

Quizás allí radique el elemento central de esta obra que no en vano se llama La revolución. Las ideas que sus dos personajes tienen no sólo son diferentes y complementarias; son también un reflejo de la dinámica que mueve al mundo. Mientras uno asume su decadencia individual como el resultado de haber vivido múltiples cambios, el otro se rebela y pretende distraer su propio proceso de decadencia física a través del juego, del disfraz, del ruido de su propia voz y de la práctica de una vida disipada. Para Eloy, querer cambiar y moverse no tienen ningún sentido porque, al final, todos los cambios terminan por lanzar a los seres humanos a lo mismo: a la muerte y a la enfermedad. Para Gabriel, mutar en Miss Susy o en Madame Chan, forma parte de una rebelión individual contra la debacle física que espera a cada ser humano.

Resulta fascinante darse cuenta de cómo las dos maneras de ver la vida encarnadas en estos personajes realizan un viaje de lo individual a lo colectivo y viceversa. Eloy se rindió a la melancolía, como se rinden los que asumen que su destino era ese estado de inamovilidad que se alcanza a cierta edad. Para él «no pasa nada» ni en su vida ni en su país ni en ninguna parte; cada día es igual a otro y no hay nada que hacer. Gabriel, en cambio, se rebela contra la melancolía, sin importar que su sino sea la soledad. A él no le interesa que no pase nada porque sabe que «pasan» él y Eloy y los que compartan, así sea por un rato, sus juegos. Para Gabriel ese artificio que disuelve la soledad funciona gracias a la existencia de una fuerza que nos impulsa a todos al cambio, lo aceptemos o no.

En ese universo que conforman las palabras que se cruzan Gabriel y Eloy, sea de manera directa o elusiva, está retratado nuestro país. Somos, aunque nos parezca raro, un colectivo que se mueve entre la asunción mansa de la melancolía y la rebelión contra la conformidad. A ratos somos Eloy y nos quedamos pasivos ante las iniquidades más abyectas. A ratos, somos Gabriel y nos aturdimos de música y jolgorio. Asumimos esas dos maneras de ser con la misma intensidad, con el mismo convencimiento y con la misma energía. Somos un país de espíritu escindido que no se acepta a sí mismo como es y que siente un morbo especial cuando uno de sus «lados» vive la ilusión de sepultar al otro.

Quizás lo más perturbador de La revolución (y más en esta época)  sea su final. Al igual que las dos visiones que mueven a este país no se pueden separar, Eloy y Gabriel se dan cuenta de que no pueden vivir el uno sin el otro. Por eso, cuando Gabriel saca la escopeta, amenaza a Eloy y termina disparándose, algo se quiebra en nosotros. Una parte del país (la que supuestamente no se rendía, la que todo se lo tomaba a risa) decide abandonar el juego y retirarse a la nada.

Es una metáfora muy dura que, por azares del destino, nos tocó vivir en carne propia.

miércoles, noviembre 02, 2011

LA MÁQUINA DEL TIEMPO
Hay gente que no sabe que el futuro no queda atrás, sino adelante. Por eso se la pasa mirando y admirando cosas viejas.

Hay gente inspirada que cree que mira hacia el futuro, pero en realidad mira hacia donde nunca había visto antes. Todo lo que se ignora parece provenir del futuro.

Hay gente infeliz porque vive en el futuro y nadie la entiende en el presente.

Hay gente infeliz encerrada en el presente (los políticos, los periodistas y los expertos en mercadeo son, en muchos casos, los carceleros de esas personas).

Hay gente que no sabe ver ningún futuro porque su pasado se lo impide.

Hay gente encerrada voluntariamente en el pasado.

Hay gente que vive con un pie en el futuro y con otro que pisa al mismo tiempo el pasado y el presente.

Hay gente tocada por la Providencia a la que el tiempo no le preocupa (advertencia: no nos referimos aquí a la gente que vive fuera del tiempo porque ésos son los muertos).

Hay gente que construye el futuro desde el presente y, por lo general, vive cansada, esperando que la feliciten por su esfuerzo.

Hay gente experta en borrar el pasado y reescribirlo a su manera.

Esa misma gente es experta en construir un presente pequeño para sus contemporáneos.

Esa misma gente es experta en cagarse en el futuro de los demás.

Hay gente que cree que la repetición del pasado es una forma de hacer el presente.

Hay gente que construye el futuro con los escombros del pasado roto.