domingo, octubre 30, 2011

VANOS PERFECTOS

En «La colección de silencios del Doctor Mürke», Henrich Böhl cuenta la historia de un personaje que tenía una pequeña caja llena de trozos de cintas magnetofónicas. Mürke trabajaba en una dependencia del gobierno encargada de las comunicaciones y su deber consistía en grabar y editar los discursos con los que Adolf Hitler envenenaba a los alemanes.

Una vez grabadas, el doctor Mürke debía oír las alocuciones y eliminarles con una tijera las largas y dramáticas pausas que el führer hacía entre sus delirios siniestros. Luego debía hacer los empates correspondientes en la cinta de grabación y dejar los discursos listos para ser transmitidos por radio sin intermedios retóricos ni interrupciones de ninguna clase.

A estas alturas, cualquiera se puede imaginar que lo que con tanto celo guardaba el doctor Mürke en su caja era el registro de los instantes en que el dictador se quedaba callado.

Quién sabe qué intuía de esos vacíos…

Sirva la mención un tanto borrosa de esta sátira para hablar de un coleccionista de silencios real.

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Casi todos los discos del sello alemán ECM (Editions of Contemporary Music) abren con cinco segundos de silencio. Si te fijas en el cronómetro que mide el tiempo del primer track, verás desfilando cinco segundos rotundos, limpios, certeros, hasta que, por fin, resplandece el milagro de la música.

Ante el sonido podemos decir o hacer lo que queramos, desde bailar y cantar hasta mostrarnos indiferentes, pero ante el silencio y, en especial, ante esos cinco segundos blancos que están al inicio de los ECMs, hay que bajar la cabeza y meditar la razón de que estén ahí, desconcertándonos e increpándonos a la vez.

¿A quién se le ocurre capturar la inconmensurable tensión que se produce en el momento exacto en que un grupo de individuos está a punto de producir música, y mostrarla y convertirla en insignia de un sello musical cuyos logros son rasero con el que se miden otras empresas similares? A un genio maniático y perfeccionista. ¿A quién más?

Sólo a un genio maniático y perfeccionista se le ocurre superar la marca de genialidad que acabamos de exponer, empacando el misterioso silencio que preludia toda ejecución musical y distribuyéndolo por el mundo para dárselo a quienes (como nosotros) no lo tienen en la cabeza ni en el corazón ni en su casa. ¿Ustedes entienden la magnitud de este gesto? Ofrecer silencio es ofrecer espacio para pensar, para recordar que somos seres humanos, para observar el mundo y tomar distancia de los hechos que nos abruman. El silencio es un bien tan escaso como necesario en este planeta en el que se desbordan a cada instante los estímulos más abyectos.
Manfred Eicher es su nombre; nació en Lindau, Alemania, en 1943; estudió música; se dedicó al contrabajo, pero lo abandonó porque se dio cuenta de que su talento no se parecía al de sus héroes musicales. Como algunos pocos iluminados, este hombre se sinceró con sus limitaciones y construyó un mundo vasto a la medida de sus dones; un día descubrió que detrás de la música también se podía hacer música, que la creación musical es cuestión de compositores y de intérpretes como lo es de oyentes y melómanos. Así, en 1969, se asoció con Karl Egger y fundó ECM. Desde entonces ha registrado el trabajo de los más grandes tanto del jazz y de la libre improvisación como de la música contemporánea. Keith Jarrett, Charles Lloyd, Joachim Kuhn, Craig Taborn, Gidon Kremer, Arvo Pärt, son solo algunos de los nombres que brillan en su catálogo.
Más de un curioso se ha preguntado en público y en privado por la naturaleza técnica de los logros de ECM; ha querido saber asuntos de audiometría, de decibeles y de acústica avanzada, pero cada vez que Eicher habla sobre su trabajo, lo hace de una manera parca, sibilina, sin regodeos en la sofisticación de las máquinas que usan sus ingenieros ni en la complejidad de grabar en tal o cual estudio. Más bien habla como un artista cuya intuición lo lleva a investigar tanto en la música, como en los intérpretes y los lugares, porque lo más importante es dar con el concepto sonoro que le vaya bien a cada sesión de grabación, a cada músico y a cada disco.
Quienes esperan que Manfred Eicher hable sobre consolas, micrófonos, ordenadores y demás parafernalia tecnológica, terminan frustrados. En las entrevistas que concede, no suele hablar sobre esos detalles; en el libro Tocando el horizonte. La música de ECM, de Steve Lake y Paul Griffiths, y en el documental Sounds and silence, Travels with Manfred Eicher, de Peter Guyer y Norbert Wiedmer, tampoco. Así que queda de parte de ese público exigente (y ocioso) la tarea vana de tratar de develar el misterio técnico de los ECMs.
Quienes, en cambio, encuentran provechosas las disquisiciones de un hombre que se expresa como un poeta y que, encima, aplica ese conocimiento y esa intuición a su trabajo, entienden que hay arte y genio en pedirle al técnico de grabación que coloque los micrófonos en tales o cuales lugares, en escoger que un disco en particular se grabe en una iglesia determinada, en pedirle al músico que haga un énfasis en tal o cual momento de la partitura... Al final de lo que se trata es de hacer todo lo que se tenga que hacer para que el registro sea lo más fiel que sea posible al sonido que producen los instrumentos y a la música que generan en conjunto.

Ése quizás sea el punto central: registrar el sonido de la música o la estela que deja el paso de la interacción de los músicos con sus instrumentos.

En este contexto la idea del silencio cobra una nueva y poderosa significación.

Para Eicher el silencio no solo es el fondo ni el soporte ni el lugar donde ocurre la música; es algo más; algo integrado al propio sonido; algo que, en el caso de la música, forma parte de ella, como el ritmo o como los distintos timbres de los distintos instrumentos. El silencio es la voz del tiempo en que vivimos y en que ocurre la música, y esa voz también canta, también toca, también hace a la música.
Los alemanes tienen cien años (o más) modelando una filosofía del diseño basada en la supremacía de lo mínimo, en la reducción de los elementos básicos a seis o siete: punto, línea, plano, color, textura, figura y fondo, espacio positivo Vs. Espacio negativo… Aunque no lo parezca, ahí, entre esos fundamentos esenciales del diseño, se encuentra el núcleo del conocimiento que Manfred Eicher ha puesto al servicio de la música y del arte de la grabación. Por eso su obra ha trascendido la normalidad. Por eso los discos en cuya producción se ha visto involucrado son obras totales en los que desde las fotografías de las portadas hasta los cinco segundos iniciales en los que podemos asomarnos a un vacío necesario y reconfortante, forman un universo coherente y en constante expansión.

martes, octubre 25, 2011

SABIDURÍA ESTOICA
Adquirí esta novela el 27 de octubre de 1998 (al menos eso anoté en su primera página), pero no fue sino hasta hace unos días cuando pude leerla por primera vez. Con la literatura se da con una precisión rara y especial aquello de que cada cosa tiene su momento. Así que no hay que apurarse ni creer que siempre se está listo para enfrentar cualquier libro. 

Ahora que leí Betty la negra me encontré con una estupenda novela que condensa en sus páginas una rara mezcla de sabidurías. Easy Rawlins, su personaje principal, se maneja en un rango moral en el que caben por igual la rapidez, la picardía, la dureza y el instinto de supervivencia que sólo dan las calles, y la solidaridad, la ternura, la compasión y la resignación que sólo tiene quien ha sufrido y visto sufrir.

Quizás si no hubiera vivido lo que he vivido de 1998 a esta parte, no entendería la densidad que hay detrás de cada golpiza, de cada disparo y de cada crimen que ocurre en esta extraordinaria novela negra.

Para muestra lean este pequeño fragmento al que decidí añadirle como título esa breve frase que aparece subrayada a continuación.

ELOGIO DEL WHISKY
«...Hay pocas cosas tan bellas como una botella de cristal llena de whisky de intenso color ámbar. Cuando le da la luz, el alcohol brilla y recuerda a cosas preciosas como las joyas y el oro. Pero es mejor que ningún brazalete o diadema sin vida. El whisky es una cosa viva, capaz de responder a cualquier emoción que lleves dentro. Es el amor y la risa alegre y esa fraternidad que une a los países.

»El whisky es tu amigo cuando nadie viene a verte. Y es un consuelo que te abraza más fuerte que casi cualquier amante.

»Pensé en todo eso mientras miraba mi botella precintada. Y supe sin lugar a dudas que todo aquello era cierto.

»Igual de cierto que las conversaciones íntimas con una amante. Igual de cierto que los sueños que abriga una madre para su niño que duerme.

»Pero una cabeza con whisky no podía resolver el tipo de problemas que tenía. Así que cogí al señor Seagram, lo metí en su caja y lo devolví al estante al que pertenecía».


Walter Mosley: Betty la negra, Pág. 178

lunes, octubre 17, 2011

EL SECRETO DE SHEMP
A la gente le agrada más Curly que Shemp. A mí me gustan los dos. Los estilos de cada uno son distintos. El de Curly es más aniñado; el de Shemp más grotesco. Mientras uno tiende al absurdo, el otro trabaja desde el esperpento. Creo que para desarrollar uno y otro estilo hay que tener talento con T de Talento, y estos dos hermanos (porque fueron hermanos) lo tuvieron a cascadas.

Recuerdo un par de secuencias extraordinarias. En la primera, Curly se disfrazaba de gorila. Él y sus compañeros obtuvieron un trabajo como actores de reparto en una película que transcurría en la selva. Como es normal en el mundo de Los Tres Chiflados, no faltaron las confusiones entre un primate «real» y otro primate que era Curly disfrazado. ¿Qué me llamó la atención en particular? Que el gordito se puso su traje completo de gorila y de inmediato encendió un enorme habano, convirtiéndose en una chimenea de hule y pelos que paseaba por el set, repartiendo palos y huyendo del otro gorila.

En la segunda secuencia, Shemp vive en un vagón de tren abandonado y, cada vez que bebe un trago de una pimpina anónima, se le aparece una mujer pájaro llamada Carey. Por supuesto, el episodio está lleno de los equívocos y de la violencia tres chiflados, pero lo que lo hace trasponer el umbral del arte es el patetismo que le imprime Shemp a su personaje alcohólico. Cada vez que suenan las campanitas y las explosiones que vienen con los tragos de aguarrás, Shemp termina bailando con su alado delirio una versión de El lago de los cisnes cortada a silbidos.

Pregunto: ¿cuándo se ha visto algo así otra vez? Nunca.

Comparar los estilos de Curly y Shemp es ocioso. Son dos personas, dos actores distintos. Cada uno ilumina algo de nosotros con su actuación. Curly grita, hace muecas, murmura, salta, da y recibe golpes siendo siempre él mismo, como si sus circunstancias no modificaran la fachada del hombre que es (o fue). En cambio, la apariencia de Shemp se va desarmando en la medida en que avanza la rutina. Cada golpe es una arruga en su rostro y en su traje. Cada caída despeina las aletas de pelo que un pringoso ungüento de la época apenas mantenía en orden. Cada coz, cada bofetón, cada palazo creaban un nuevo Shemp frente a nuestros propios ojos.

Unos salimos mellados de la moledora de la vida y otros como si nada hubiera ocurrido. Eso es lo que resplandece luego de la inútil comparación de estos dos maestros.

A Curly y a Shemp la máquina los molió a velocidades distintas. En el caso del primero, la gracia de la actuación nos dejaba ver a un muchacho grande que formaba el primer eslabón de una interminable y extraordinaria cadena de torpezas. El segundo convertía en caos todo lo que tocaba, pero además le mostraba a la cámara la conciencia gozosa de su propia fealdad.

Exponerse de ese modo, hacerlo con dignidad y hacer reír al prójimo es como caminar desnudo sobre el cable más delgado del circo.

Por eso Shemp Howard es un clásico.

Un monstruo.

Un genio.

Y uno de mis héroes.

martes, octubre 11, 2011

ESCRIBIR
Sandro Chia: Bacchus; óleo sobre cartón; 2002.
Escribir horada la capa terrosa que todos llevamos por dentro y cuyo nombre ignoro.

(Los últimos días han sido de cemento, sin creación de planetas que valgan la pena).

Escribir altera el reloj de nuestras vidas. Encerrarnos en otras horas, en otros minutos, nos pone fuera de este mundo. Cuando regresamos, venimos con los bolsillos cargados de piedras.

Escribir es un oficio degradado en estos tiempos; degradado a pasatiempo, a deporte, a divertimento social, a genialidad de vagos, a ocurrencia de freaks...

Escribir rompe, rasga, muele algo que no sabemos qué es, pero romperlo, rasgarlo y molerlo nos produce un placer indescriptible (aunque quedemos vacíos y tristes).

Escribir nos hace vernos grandes por el solo hecho de encerrarnos demasiadas horas en nosotros mismos. (Onán y sus amigos).

miércoles, octubre 05, 2011

LOS EDIFICIOS NEGROS 

1      
La belleza de las ciudades refleja la riqueza espiritual de sus habitantes.

La fealdad de las ciudades refleja la pobreza espiritual de sus habitantes.

No tengo la menor intención de argumentar estos asertos. La vida diaria en una ciudad como Caracas ofrece todas las respuestas y todas las preguntas posibles. Sólo diré que vivo en una metrópolis llena de edificios negros, oscurecidos en la noche de las contradicciones, rodeado de pájaros fugaces como gritos amarillos y de montañas tan perfectas que parecen inmunes al hollín del mundo.

Y ya.

2
La arquitectura troca en algo concreto (y, casi siempre, de concreto) un conjunto de abstracciones difíciles de enumerar. Entre ellas se encuentran las obsesiones espaciales, ornamentales y materiales de los arquitectos, los cálculos de los ingenieros y la capacidad de los albañiles para enhebrar cabillas y levantar paredes, mientras piensan en cómo (o en qué bar) invertirán sus jornales. A esas abstracciones habría que agregar otras aún más etéreas, como las que tienen que ver con la tradición y con la cultura del lugar donde se alzará el edificio. Que las abstracciones que forman un conjunto, sean contradictorias no tiene nada de raro. Lo extraño es que en el equipo de diseño y construcción no haya una voz cantante, un cerebro o una autoridad que le dé coherencia a aquello que de manera natural se contradice.

Caracas es pródiga en contradicciones y cada edificio las contiene y las condensa como si se tratara de un muestrario de telas. Como nada (ni siquiera un burócrata de ayuntamiento) jerarquiza lo que por naturaleza se contradice, las fuerzas opuestas se muestran los colmillos y se muerden las unas a las otras a la vista de todos.

3
Caracas está llena de:

Construcciones nuevas que quedan en ruinas para siempre. Como nunca se inauguran ni se usan, envejecen nuevas.

Torres de mármol y cristal en un país en el que la maleza comienza a recuperar el terreno que otras generaciones de humanos le robaron.

Centros comerciales extensos, y semejantes a montañas de granito, erguidos para satisfacer las demandas de una prosperidad que no existe. 

Edificios con ínfulas de rascacielos con los elevadores dañados.

Construcciones con pináculos de ciencia ficción, pero un grupo de porteros mal avenidos ralentizan el acceso, apuntando mal, y en un desteñido cuaderno, los nombres de las visitas.

Torres sin ventanas en un país con problemas de distribución eléctrica.

Calles tristes con postes sin luz y vallas muertas. No olviden que aquí la energía es más barata que el agua.

Plazas al aire libre vacías y sin árboles. Centros comerciales cerrados y llenos de gente.

Viviendas de cartón en las que sobresalen antenas de televisión satelital.

Centros comerciales de escalas ciclópeas con una sola puerta y con un espacio mínimo para la recolección de desechos.

Ventanas y puertas enrejadas. Muros coronados de alambre y espinas. Garitas con celadores que vigilan a quienes los contratan y no a quienes deben vigilar.

Construcciones que parecen naves interestelares para ser recorridas por seres alérgicos a los libros y al conocimiento.

Podríamos continuar enumerando contradicciones, pero sería un ejercicio inútil de autoflagelación.

4
Los edificios negros están en las calles pero, a diferencia de lo que parece y de lo que creemos, los edificios negros viven en nosotros.

Porque somos la ciudad.