En «La colección de silencios del Doctor Mürke», Henrich Böhl cuenta la historia de un personaje que tenía una pequeña caja llena de trozos de cintas magnetofónicas. Mürke trabajaba en una dependencia del gobierno encargada de las comunicaciones y su deber consistía en grabar y editar los discursos con los que Adolf Hitler envenenaba a los alemanes.
Una vez grabadas, el doctor Mürke debía oír las alocuciones y eliminarles con una tijera las largas y dramáticas pausas que el führer hacía entre sus delirios siniestros. Luego debía hacer los empates correspondientes en la cinta de grabación y dejar los discursos listos para ser transmitidos por radio sin intermedios retóricos ni interrupciones de ninguna clase.
A estas alturas, cualquiera se puede imaginar que lo que con tanto celo guardaba el doctor Mürke en su caja era el registro de los instantes en que el dictador se quedaba callado.
Quién sabe qué intuía de esos vacíos…
Sirva la mención un tanto borrosa de esta sátira para hablar de un coleccionista de silencios real.
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Casi todos los discos del sello alemán ECM (Editions of Contemporary Music) abren con cinco segundos de silencio. Si te fijas en el cronómetro que mide el tiempo del primer track, verás desfilando cinco segundos rotundos, limpios, certeros, hasta que, por fin, resplandece el milagro de la música.
Ante el sonido podemos decir o hacer lo que queramos, desde bailar y cantar hasta mostrarnos indiferentes, pero ante el silencio y, en especial, ante esos cinco segundos blancos que están al inicio de los ECMs, hay que bajar la cabeza y meditar la razón de que estén ahí, desconcertándonos e increpándonos a la vez.
¿A quién se le ocurre capturar la inconmensurable tensión que se produce en el momento exacto en que un grupo de individuos está a punto de producir música, y mostrarla y convertirla en insignia de un sello musical cuyos logros son rasero con el que se miden otras empresas similares? A un genio maniático y perfeccionista. ¿A quién más?
Sólo a un genio maniático y perfeccionista se le ocurre superar la marca de genialidad que acabamos de exponer, empacando el misterioso silencio que preludia toda ejecución musical y distribuyéndolo por el mundo para dárselo a quienes (como nosotros) no lo tienen en la cabeza ni en el corazón ni en su casa. ¿Ustedes entienden la magnitud de este gesto? Ofrecer silencio es ofrecer espacio para pensar, para recordar que somos seres humanos, para observar el mundo y tomar distancia de los hechos que nos abruman. El silencio es un bien tan escaso como necesario en este planeta en el que se desbordan a cada instante los estímulos más abyectos.
Manfred Eicher es su nombre; nació en Lindau, Alemania, en 1943; estudió música; se dedicó al contrabajo, pero lo abandonó porque se dio cuenta de que su talento no se parecía al de sus héroes musicales. Como algunos pocos iluminados, este hombre se sinceró con sus limitaciones y construyó un mundo vasto a la medida de sus dones; un día descubrió que detrás de la música también se podía hacer música, que la creación musical es cuestión de compositores y de intérpretes como lo es de oyentes y melómanos. Así, en 1969, se asoció con Karl Egger y fundó ECM. Desde entonces ha registrado el trabajo de los más grandes tanto del jazz y de la libre improvisación como de la música contemporánea. Keith Jarrett, Charles Lloyd, Joachim Kuhn, Craig Taborn, Gidon Kremer, Arvo Pärt, son solo algunos de los nombres que brillan en su catálogo.
Más de un curioso se ha preguntado en público y en privado por la naturaleza técnica de los logros de ECM; ha querido saber asuntos de audiometría, de decibeles y de acústica avanzada, pero cada vez que Eicher habla sobre su trabajo, lo hace de una manera parca, sibilina, sin regodeos en la sofisticación de las máquinas que usan sus ingenieros ni en la complejidad de grabar en tal o cual estudio. Más bien habla como un artista cuya intuición lo lleva a investigar tanto en la música, como en los intérpretes y los lugares, porque lo más importante es dar con el concepto sonoro que le vaya bien a cada sesión de grabación, a cada músico y a cada disco.
Quienes esperan que Manfred Eicher hable sobre consolas, micrófonos, ordenadores y demás parafernalia tecnológica, terminan frustrados. En las entrevistas que concede, no suele hablar sobre esos detalles; en el libro Tocando el horizonte. La música de ECM, de Steve Lake y Paul Griffiths, y en el documental Sounds and silence, Travels with Manfred Eicher, de Peter Guyer y Norbert Wiedmer, tampoco. Así que queda de parte de ese público exigente (y ocioso) la tarea vana de tratar de develar el misterio técnico de los ECMs.
Quienes, en cambio, encuentran provechosas las disquisiciones de un hombre que se expresa como un poeta y que, encima, aplica ese conocimiento y esa intuición a su trabajo, entienden que hay arte y genio en pedirle al técnico de grabación que coloque los micrófonos en tales o cuales lugares, en escoger que un disco en particular se grabe en una iglesia determinada, en pedirle al músico que haga un énfasis en tal o cual momento de la partitura... Al final de lo que se trata es de hacer todo lo que se tenga que hacer para que el registro sea lo más fiel que sea posible al sonido que producen los instrumentos y a la música que generan en conjunto.
Ése quizás sea el punto central: registrar el sonido de la música o la estela que deja el paso de la interacción de los músicos con sus instrumentos.
En este contexto la idea del silencio cobra una nueva y poderosa significación.
Para Eicher el silencio no solo es el fondo ni el soporte ni el lugar donde ocurre la música; es algo más; algo integrado al propio sonido; algo que, en el caso de la música, forma parte de ella, como el ritmo o como los distintos timbres de los distintos instrumentos. El silencio es la voz del tiempo en que vivimos y en que ocurre la música, y esa voz también canta, también toca, también hace a la música.
Los alemanes tienen cien años (o más) modelando una filosofía del diseño basada en la supremacía de lo mínimo, en la reducción de los elementos básicos a seis o siete: punto, línea, plano, color, textura, figura y fondo, espacio positivo Vs. Espacio negativo… Aunque no lo parezca, ahí, entre esos fundamentos esenciales del diseño, se encuentra el núcleo del conocimiento que Manfred Eicher ha puesto al servicio de la música y del arte de la grabación. Por eso su obra ha trascendido la normalidad. Por eso los discos en cuya producción se ha visto involucrado son obras totales en los que desde las fotografías de las portadas hasta los cinco segundos iniciales en los que podemos asomarnos a un vacío necesario y reconfortante, forman un universo coherente y en constante expansión.













