lunes, mayo 30, 2011

GRANDES MOMENTOS PARA ACABAR CON UNA JARRA DE PAPELÓN CON LIMÓN
1) Cuando llegas a tu casa después de sacarte la cédula, el pasaporte, la licencia de conducir, la visa americana o cualquier otro documento importante.

2) Después que te ganen siete a cero en un partido de béisbol, de fútbol o de lo que sea. El papelón con limón se lleva bien con las derrotas.

3) Cuando disolviste al mono que vivía en tu tarjeta de crédito.

4) Cuando vendes el Caprice Classic que heredaste de tu papá.

5) Cuando estás poseído por la melancolía de un sábado por la tarde y no tienes ganas de beber cerveza ni whisky ni ron.

6) Cuando terminas de cambiar la canilla del excusado principal de tu casa.

7) Al oír el disco más reciente de Accept (Blood of the nations) y darte cuenta de que Mark Tornillo, el cantante actual, nos hace olvidar a Udo Dirkschneider.

8) Cuando llegas a tu cuarto luego de recorrer Maturín, Maracaibo o Cabimas a pie o en un taxi sin aire acondicionado.

9) Después de firmar tu divorcio.

10) Mientras ves Zorba el griego otra vez.

11) Mientras estudias para el examen de reparación de Cálculo junto a tus compañeros raspados.

12) Cuando llegas de poner la denuncia porque te clonaron la Master Card.

13) Cuando ves las noticias y comparas tu vida con las vidas de los demás.

14) Cuando regresas a tu casa luego de pasar un sábado viendo electrodomésticos con tu mujer.

15) Después de viajar en autobús desde El Tigre, estado Anzoátegui, hasta tu casa, doquiera que esté.

16) Al llegar a tu casa con la pierna enyesada por andar practicando karate en una escalera.

17) Cuando tu mujer te dice que serás papá (en ese momento entenderás la razón de ser del papelón con limón).

18) Mientras oyes Tirtha, de Vijay Iyer, Nitin Mita y Prasanna.

19) Al volver del parque donde trotaste, caminaste y sudaste como un caballo.

20) Al levantarte de la siesta que duermes cada domingo a las dos de la tarde.

21) Después de una larga visita a los tigres y a los cocodrilos de tu zoológico de confianza.

22) Después de abandonar el escenario y de recibir los aplausos de una gigantesca multitud.

23) Cuando pasas un día entero cortando matas o reparándole las tejas a un techo viejo y destartalado.

24) Cuando tu marido y tú hacen una pausa, miran el techo y se preparan para otro round del amor.

25) Después de cargar una nevera hasta el séptimo piso de tu edificio.

26) Al volver a Venezuela después de una larga temporada viviendo en cualquier otro país del orbe (aunque en la India también se toma papelón con limón; se le llama jaggery).

27) En la playa con un corocoro frito y unos tostones del tamaño del elevado de Los Ruices.

28) Después de pasar una tarde con tus hijos y tus sobrinos en un parque con calor, polvo y un montón de mamás y papás que te hablan de pediatras, pañales y enfermedades infantiles.

29) Cuando llegas a tu casa después que te botaron del trabajo.

30) Cuando llegas a tu casa después de haber sobrevivido a un atraco (tómate la jarra de papelón con limón y dale gracias a Dios).

31) Cuando te aprueban el crédito para comprarte el carro nuevo.

32) Cuando tu mujer y tú hacen otra pausa y se preparan para el quinto o sexto round del amor.

miércoles, mayo 25, 2011

UNA ADVERTENCIA FUGAZ
De todas las habladurías que vienen detrás de las noticias las que más me han impresionado son las que tienen que ver con la muerte de Osama Bin Laden.

Me explico mejor: en mi país y en un montón de lugares no faltan los sofistas que hablan de la operación que acabó con la vida del líder de Al Qaeda como de un asesinato. Los que así se expresan se olvidan de lo insignificantes que somos los ciudadanos normales y lo lejos que estamos de las decisiones que toman los jefes de estado. En otras palabras, quienes hablan de asesinato, hablan como si ellos hubieran estado en Abbottabad y hubiesen visto con sus propios ojos la secuencia de hechos que sacó de su sitio las entrañas de un abominable terrorista, obviando que, de haber ocurrido la operación militar tal cual como se nos narró, el tal terrorista y sus secuaces pudieron desenfundar armas, resistirse al arresto y tratar de huir.

En este caso, usar la palabra asesinato es una cosa y lamentar que no se hubiese podido poner a un delincuente frente a un tribunal debidamente instalado es otra muy distinta.

No sé si quienes usan el lenguaje de una manera tan alegre entienden el panorama.

Estamos ante algo que pone en vilo aquello que pensamos acerca de la vida y de la muerte; algo que cuestiona nuestra concepción de la moral, del trato que debemos darle a aquellos que nos han deseado y hecho mal, de la información que los gobiernos y los cuerpos de seguridad deben suministrarnos a los ciudadanos. Estamos ante una circunstancia que nos obliga a enfrentar preguntas sobre los alcances de la justicia, sobre los modos de imponerla y sobre si es posible luchar contra el terrorismo dentro de la ley.

Que las respuestas a esas preguntas susciten argumentos de todos los colores no tiene nada de raro. Lo extraño y criticable es que, de buenas a primeras, se hable y se use la poca información de que se dispone para hacer política barata y para sembrar el relativismo que no condena a los verdaderos terroristas y que fustiga sin preguntar, sin leer ni informarse en profundidad, las acciones que se toma para reducirlos.

El mundo se enfrenta a una de las amenazas más serias y despiadadas que se haya visto jamás. De manera que debemos ser cuidadosos a la hora de analizar los hechos que rodean a esta guerra especialmente oscura y de emitir nuestras opiniones insignificantes de personas mal informadas sobre asuntos demasiado gruesos como para asumirlos a la ligera.

viernes, mayo 13, 2011

RELATO NEGRO EN LA RECEPCIÓN
Sofía Vergara no tiene nada que ver con este cuento, pero igual queda bien aquí.
La mujer se miraba las uñas mientras hablaba por teléfono.
—Sí, chama. Aquí está todo el mundo indignado… No… Un tipo se metió en la oficina y se llevó unas computadoras y unos reales… No… No, chica. Ni Dios lo quiera. No… Se metió tres veces. De noche.

Yo trataba de concentrarme en Raymond Chandler, pero el cuento de la recepcionista prometía emociones tan intensas como las de la novela que traje para hacer más amable la espera. Seguí con la vista puesta en una de las páginas del libro, pero mis oídos atajaban en el aire el cuento de la chica.
—Sí. La primera vez que se metió, sacó los vidrios de una ventana y se llevó dos laptops… No. Nadie vio nada… ¿Qué? Sí. Llamamos a la policía, pero dijeron que no podían hacer nada. Nos recomendaron que pusiéramos más barrotes en las ventanas… No. Los vigilantes estaban dormidos.

Después de esas palabras, la recepcionista hizo un largo silencio. Seguramente la amiga al otro lado del teléfono le estaría contando algún otro cuento donde la policía mostraba la misma eficiencia. Yo casi logro concentrarme en mi libro, cuando oigo que la recepcionista dice:
—Lo peor es que se volvió a meter de domingo para lunes. Y esta vez las cámaras de seguridad lo grabaron haciendo de las suyas... Sí... Sí se le ve la cara... Es un flaco como de metro y medio; parece un colibrí con bigote.

Gracias a esa descripción solté el libro y volví a la plática.
—Esta vez hizo desastres. Se metió en las oficinas, revisó las gavetas, se embolsilló la plata de la caja chica, desconectó unas computadoras y hasta se comió un paquete de galletas de soda que se encontró en un escritorio… ¿Qué? Sí… Sí... Tranquilazo… Aunque como que se puso nervioso y la galleta le cayó mal porque buscó agua y se tomó una sal de fruta… Sí… Y luego cogió dos monitores y se fue. El único que lo vio fue un gato que sale en el video de lo más circunspecto mirando a la cámara y todo.

Pienso que es muy loco vivir en un país que parece una novela negra de Boris Vian, pero sin el donaire de las mismas novelas de Boris Vian. Me río solo y sigo escuchando la historia.
—No, chama. Anoche lo atraparon… No… No pasó nada. El tipo se volvió a meter… Sí… Por otra ventana. Esta vez los vigilantes lo oyeron cuando trataba de abrir la puerta de la oficina de la doctora, que tiene una Multilock… Sí… Una Multilock dentro de la oficina... Bueno, así vivimos aquí… Lo loco es que esta mañana nos sentamos con los doctores a ver los videos... Sí… Como hay varias cámaras, podías ver lo que hacían los vigilantes y el ratero a la misma hora. Cuando el sujeto empezó a forzar la puerta de la jefa, los guachimanes corrieron al estacionamiento. Uno de ellos sacó su revólver y disparó un tiro al aire. Al mismo tiempo, el ladrón se abría la bragueta y se orinaba en una papelera…

Yo oía todo aquel cuento y me preguntaba qué sentido tiene leer o escribir novela negra en este país, si nuestra vida tiene todos los ingredientes que tienen las novelas de Chester Himes.
—…No habían pasado ni cinco minutos, cuando llegó la policía… Sí, los agentes sacaron sus pistolas… Al rato ya tenían metido al ratero en una patrulla... No… No hubo tiros… Le gritaron algo… Y salió con su metro y medio y su bigote sin decir palabra… No. No sé. Quién sabe si aparecen… Yo no creo…

Nuestra vida tiene mucho de novela negra, pero las novelas negras de verdad tienen acción y suspenso. Si los policías o los vigilantes hubieran peleado contra el ratero colibrí, el cuento de la recepcionista habría terminado mejor.

Por eso volví a mi libro.

viernes, mayo 06, 2011

SABIDURÍA ESTOICA 
1) Déjales las idioteces a los idiotas.

2) No abuses de tu suerte ni de tu talento.

3) No te aproveches de la bondad de los otros ni dejes que los otros se aprovechen de tu (mucha o poca) bondad.

4) Si tienes perro, cuídalo.

5) Si tienes mujer, hazla feliz y sé feliz con ella.

6) Si tienes marido, no lo dementes.

7) Saluda a tus vecinos.

8) Si llegas a una fiesta en traje y corbata, vete de la fiesta en traje y corbata (Joaquín Ortega dixit).

9) Cultiva el hábito de la siesta.

10) Aléjate de las discusiones inútiles.

11) Ante los dilemas morales, aplica la suma y la resta.

12) Cuídate de los sofistas.

13) Entrégate dos horas al mes a la sabiduría embotellada.

14) Mira el cielo. Piensa en la cantidad de personas que lo han visto antes que tú.

15) Contempla la belleza de los instrumentos musicales.

16) Ten amigos, pero no le aguantes estupideces a nadie.

17) Piensa en los libros y en la música como proveedores de las armaduras invisibles que necesitamos para sobrevivir en un planeta hostil.

18) Respétate.

19) Haz que tu vida se vuelva un cuento divertido.

20) No te desnudes, si no es necesario.

domingo, mayo 01, 2011

COREOGRAFÍAS DE PÓLVORA Y PLOMO
Las novelas policiales de Henning Mankell me hicieron pasar horas de solaz. A través de las tres que leí (Los perros de Riga, La leona blanca y El hombre sonriente) me enteré de realidades que desconocía por completo y disfruté de un tipo de novela policial que explora las relaciones oscuras entre la delincuencia y algunos de los fenómenos socio-políticos más importantes de los últimos veinte años.
Los personajes de Mankell rebozan vida; están llenos de contradicciones, de historias, de detalles interesantes que hablan de la vida en Suecia. No obstante, creo que a esas novelas les falta algo; les falta eso que abunda en la obra de Raymond Chandler. Me refiero a esas extraordinarias balaceras que, en el caso del autor norteamericano, ocurren por igual en espacios abiertos como cerrados, en garitos atestados de gente, en el vestíbulo de un apartamento o en el asiento trasero de un Cadillac. Mientras Mankell ahorra balas en sus escenas de acción, Chandler es generoso sin llegar al derroche.

En las tres novelas de Henning Mankell que leí, los tiroteos me parecieron burdos, rápidos, escritos como con pena. Tal vez por europeo y por «progresista», el autor deteste la prolijidad de las balaceras que aparecen en muchas de las novelas policiales norteamericanas. Quizás le recuerden las películas de Hollywood y deteste que sus libros contengan referencias a tantas películas y a tantas series de televisión que hemos visto a lo largo de nuestras vidas.

Conste que no es que al leer las novelas del autor sueco, me hayan hecho falta los intercambios de disparos porque yo crea que las novelas policiales, como las películas de vaqueros, tienen que estar llenas de pólvora porque sí, porque «las balaceras son parte del género». Es algo un poco más complejo que tiene que ver con el ritmo de la narración y con el clima de violencia contenida que una historia negra va desenredando ante los ojos de los lectores.

Tratemos de explicarnos mejor.

Cada vez que se cuenta una historia, se actualiza de manera inexorable el vínculo entre el espacio y la acción. El retrato del espacio exige acciones, y la acción reclama que se especifique el lugar donde ocurren los hechos. Ésa es una de las normas fundamentales de la verosimilitud.

El vínculo espacio-acción funciona, además, en el tiempo. Se cuentan hechos específicos que ocurren en lugares determinados, en un orden determinado que, a su vez, crea atmósferas emocionales, tensiones, distensiones, clímax y anticlímax entre otras muchas opciones. Ésa quizás sea una de las diferencias más importantes entre esas categorías a las que llamamos realidad y ficción. En la realidad ocurren hechos puntuales en sitios puntuales, pero el orden en que ocurren esos acontecimientos no necesariamente produce el juego de tensiones que se encuentra presente en un buen relato. En cambio, en la ficción las acciones, las descripciones, las reflexiones, los diálogos y todo cuanto pase a formar parte del propio relato, se ordena con el inconfesado, pero evidente, objetivo de mover las emociones de los espectadores, de hacer que circulen, que muten, que pasen de un estado de relajación y placidez a otros de crispación, exaltación o aplastamiento.

La realidad ocurre en un aparente caos de situaciones que lucen inconexas hasta que alguien se toma el trabajo de ordenarlas a través de los recursos narrativos con que cuenta el lenguaje. La ficción, en cambio, necesita coreógrafos que ordenen todos los elementos para crear las tensiones que harán interesante al relato.
Cada género literario (con sus correspondientes subgéneros) tiene su propio catálogo de recursos que le permiten robarle la atención al lector y llevarse sus emociones de paseo durante un largo rato. Así la acción exacerbada que ocurre en cientos de momentos del relato policial corresponde al catálogo de recursos de ese subgénero. Por eso resulta tan extraño y tan incómodo encontrarnos con una serie de novelas de detectives en las que no se utilice a profundidad uno de sus elementos insignia: la violencia coreografiada. La importancia de estas escenas en los relatos negros tiene que ver con los picos de tensión que se producen en un relato. A veces esos picos deben llegar a niveles, literalmente, explosivos. De lo contrario, la tensión se diluye y se pierde.

En la realidad, un tiroteo puede ser tan peligroso como caótico, pero en la literatura y en el cine, una balacera debe ser el producto de una extraordinaria coreografía y producir momentos de incontenible emoción y hasta de inusitada belleza. Para los lectores debe estar claro dónde se encuentran los personajes, qué armas tienen, desde dónde y hacia dónde disparan, con qué velocidad saltan, se esconden, caen o mueren. Todo eso produce ritmos que determinan la lectura.

Como en los cuentos de terror, el peligro y la inminencia de la muerte le permiten al público saber de qué están hechos los personajes y de que está hecho el narrador que cuenta la historia, qué escrúpulos tiene, qué referencias maneja y cuánta imaginación posee. Así, cuando el narrador de El hombre sonriente desperdicia la oportunidad de mostrarnos una formidable escena de acción y en su lugar nos cuenta que el detective Wallander se agacha, toma un puñado de cemento que se encuentra tirado en el suelo y se lo lanza a las aspas de un helicóptero encendido para que el polvo y las piedras le entorpezcan la vista a sus verdugos, uno como lector se siente poco menos que decepcionado. Lo mismo ocurre con la escena de La leona blanca en la que el protagonista persigue a un delincuente ruso hasta que sus autos chocan sobre un puente y el del ruso se enciende en llamas instantáneas que achicharran en un dos por tres al personaje.

¡Cuán lejos están de esa rapidez las milimétricas coreografías que diseñaba Raymond Chandler! Recuerdo en este instante dos. La primera ocurre en el cuento titulado «Gas de Nevada». Marlowe y un rufián intercambian disparos en el asiento trasero de un Cadillac mientras otro matón que fungía de chofer le abría la válvula a un tanque de cianuro que esparcía su carga letal en la parte posterior del vehículo. Sólo a un narrador experimentado y seguro de su talento se le ocurre reunir tantos elementos en un espacio tan reducido. La segunda gran coreografía que recuerdo se encuentra en «Los chantajistas no disparan». En la escena en cuestión ocurre un tiroteo en el que mueren un policía de moral laxa y un mafioso. Lo curioso del hecho es que una mujer duerme su sueño narcótico en una cama que se encuentra en la misma habitación donde ocurre la balacera.

Nunca sabremos con exactitud por qué en las tres novelas de Henning Mankell que leí existe un desnivel entre lo detallado de ciertas escenas (por ejemplo: las de la parte técnica de cada investigación), y lo lábil de las de acción. Tal vez la respuesta se encuentre en el deseo del autor de hacer que sus historias tengan una impronta realista, entendiendo además que en su concepción de lo real no caben coreografías espectaculares de ninguna clase porque la realidad es, como dijimos líneas arriba, un caos, un enjambre de hechos simultáneos y muchos veces inocuos, cuyo sentido se lo da el narrador al escoger aquello que considera relevante para convertir la vida en relato.

Por lo visto, para este narrador el arte (su arte) debe parecerse a la vida.

Y la vida viene sin coreografías aquí, en Suecia y en cualquier parte del mundo.