miércoles, noviembre 09, 2011

RATOS DE LECTURA Y CONVERSACIÓN
Ante el inminente estreno de la película, Rodrigo y yo disfrutamos leyendo las hazañas de Tintín. Un niño de cinco años no aguanta la lectura completa de un libro medianamente largo en una sola sentada. De manera que leímos El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo durante un rato cada noche, varias noches seguidas.

No tengo palabras para describir la emoción y la belleza de esos momentos de lectura junto al joven Rodrigo.

Yo leo en voz alta. A veces él me interrumpe, se ríe o me pregunta por el significado de una palabra o por el detalle de algún dibujo... Yo me detengo, le explico, me quedo atónito cuando es él quien me explica algo o me muestra una minucia contenida en la esquina de alguno de los cuadros... De pronto me detengo y comienzo a hablarle de los tres barcos en miniatura que aparecen al comienzo de la historia. Él me dice que no siga hablándole sobre barcos porque estamos ahí para leer a Tintín y no para saber cómo se llama cada palo. Yo no le contesto. Me río y continuamos leyendo esa maravilla de cómic, cuyo primer número publicó Hergé en 1930.

No sé cómo será la película. Debe ser buena, aunque con las consabidas exageraciones del cine contemporáneo. Rodrigo está muy emocionado; quiere verla. El otro día nos topamos con uno de esos enormes anuncios de cartón que ponen en la entrada de las salas de cine y estuvimos detallándolo un buen rato. Vimos el Unicornio, el barco en el que el caballero de Hadocque lucha contra el pirata Rackham. Vimos también el aeroplano amarillo desde el que los malos intentan ametrallar a Tintín, a Milú y al capitán Haddock... Sólo faltó el submarino con forma de tiburón que abordan el intrépido periodista y su perro para buscar el tesoro perdido… (digo, si esta película contempla la historia completa contenida en los dos libros. No lo olviden: Hollywood es experto en hacer sagas que luego nos venden en cajas doradas).

Pero dejemos a Spielberg y a Jackson y volvamos a nuestro asunto.

Hay algo en la acción de leerles a nuestros chamos que trasciende la importancia de los propios libros; algo que se hunde en el amor y en la amistad, en la cercanía física y espiritual de un padre con su hijo. En mi caso y en el de Rodrigo, cada meandro de la historia, cada peripecia de los personajes, cada agonía, cada chiste, nos hizo acercarnos y conversar sobre la experiencia humana. Porque, entre muchas otras cosas, para eso leemos y para eso les leemos a nuestros hijos: para recordar nosotros y para enseñarles a ellos que las aventuras de los personajes se parecen a nuestras aventuras, que los seres humanos somos tan iguales como extraños y diferentes (sí, así de raro es esto), que Hernández, Fernández, el profesor Tornasol y los demás personajes de nuestro libro no son muy diferentes a Rodrigo, a Ruth (nuestra vecina) o a mí.

Los libros son puertas y llaves a la vez. Por eso es tan importante compartirlos con los más jóvenes, aunque luego haya que ir al cine, empacharse de cotufas y ver las versiones en 3D.