LA T DE ACERO EN EL BOSQUE DE BARRO
La T House, diseñada por Simon Ungers y Thomas Kinslow en 1992, se yergue en un terreno rodeado de árboles en Winton, Nueva York, a tres horas de la ciudad.
Se trata de la casa-estudio de Lawrence Marcelle, un lector ansioso (y millonario), que mandó a construirse un hogar que orbitara en torno a su biblioteca y a sus ganas de convertise en escritor. El resultado es este edificio cuya planta y alzado tienen la forma de una T.
Si un arquitecto nos dijera que está diseñando un edificio con la forma de una letra cualquiera, lo más probable es que nuestro guía interior desconfíe. Habitar un caracter gigante puede ser atractivo desde el punto de vista del arte pop o de la cultura kitsch tan extendida en estos días, pero para alguien con otro sentido de las formas quizás sea un desatino. Sin embargo, el diseño de la T de Ungers y Kinslow no llama al chiste ni al anecdotario fácil. Al contrario. Se trata de un proyecto de líneas secas y tajantes de fuerte inspiración escultórica con forma de T tanto en la fachada como en la planta. No podía ser de otra manera. Aparte de arquitecto, Simon Ungers fue un escultor de notables obras minimalistas cuyos conceptos y formas dialogan con la arquitectura en más de un sentido. Ese es el secreto de la T House: es una casa y a la vez una enorme escultura de corten steel. Por eso es tan impresionante.
Al recorrer el exterior de la casa, lo más notable es la articulación de las dos plantas. Dado el diseño, la planta superior se encuentra dispuesta de manera perpendicular sobre la inferior, formando la famosa T de las fachadas norte y sur. Allí arriba, en un espacio desde donde se ve el horizonte tupido de árboles, se encuentra la biblioteca de 13,41 metros de largo por 3,65 metros de ancho y 4,87 metros de alto, repleta de libros. Un complejo sistema de dobles pasarelas, paneles suspendidos y estantes abatibles permite la reunión de diez mil volúmenes aparte del mobiliario habitual que se necesita para trabajar ante los ventanales y el paisaje.
Para acceder al recinto de los libros y a la casa en general, el visitante debe caminar por el techo de la planta inferior, cruzar el lucernario que le da aire y luz a la habitación principal que está bajo tierra, pasar el monolito de la chimenea que parece extraído de la pared vertical de la T, y llegar hasta la puerta principal. En ese punto el visitante puede quedarse en el exterior, entrar y subir hacia el estudio, seguir hacia el mirador o bajar hacia el vestíbulo y recorrer la planta inferior de la casa donde encontrará en una línea recta lo que se encuentra en cualquier casa: un vestíbulo, una cocina, un cuarto de baño y un dormitorio. La concepción del edificio es sencilla porque responde a la austeridad del encargo de su dueño: una vivienda con los servicios básicos más la torre para otear el mundo, para guardar el tesoro de los libros y para sentarse a escribir. En otras palabras: minimalismo formal para satisfacer las necesidades de alguien que supo resumir esas necesidades a su mínima expresión.
La aparente sencillez del proyecto contrasta con su impresionante realización. Quien observa atentamente las maquetas de la T House, percibe la fuerza, la rareza, la austera racionalidad del edificio, pero jamás se imagina el impacto que produce la casa erguida detrás de los cientos de árboles que pueblan ese terreno inclinado de diecisiete hectáreas en medio de las colinas de Saratoga Springs. La oxidación, las constantes y pequeñas modificaciones que producen los elementos en el acero, le han dado a los muros exteriores un color marrón que la integran con toda naturalidad a la piedra sobre la que se yergue. Esa oscura comunión entre la casa y el suelo crea en los observadores el aplastante y fugaz pensamiento de que la vivienda de las formas más ortogonales, de las líneas mínimas más obsesivas, surge no sólo del bosque sino de las entrañas mismas de la tierra. Ése es el efecto, el implacable milagro que crea sobre esta pieza de singular arquitectura una voluntad de diseño que amplió sus posibilidades en la escultura y en el arte.
La T House es un reto a nuestra imaginación, a la idea que tenemos de lo sencillo; un hito férrico al que debemos acudir clamando auxilio cada vez que sintamos que los discursos y que los enigmas interesantes que nos estimulan, se han esfumado de este mundo.






4 comentarios:
Hay en la obra de Ungers un inquietante rasgo de espiritualidad, ausente por cierto en otras manifestaciones del minimalismo. Una invocación a lo sacro, al espacio casi monacal, y también al volumen como factum ritual (en el sentido kantiano), ascético, propio del eremita o de aquello que solo por medio de la clausura y la individuación puede subsistir. Esto contrasta con la elegancia que los materiales y su ejecución exhiben con respecto al entorno, y a su capacidad de ser uno con el todo. Gran arquitecto, ajeno siempre en su corta carrera a modas indecentes, Ungers fue un tipo de tabaco en la vejiga y de arquitecturas sin mariqueras (simbólicas y concretas). La "T" es, probablemente, el mejor de sus ejemplos. El año que viene me voy a visitarla.
Es cierto. Ese rasgo de espiritualidad que señala Sergio se encuentra presente en buena parte de su obra. Observemos:
1) En el Memorial del Holocausto (esa obra jamás se realizó. Sólo queda el proyecto).
2) En el Romaneum (otra obra inconclusa a la que suponemos su propio cenotafio).
3) En los Light Works (instalaciones luminosas de las cuales algunas parecen "apariciones" o fantasmagorías).
4) En la T House (obra que podría definirse como la torre de un ermitaño o como el monasterio de un monje con esposa) la habitación principal, cual cámara mortuoria o cual ermita, está bajo tierra.
5) La presencia de monolitos (en el Memorial, en el Romaneum y en la T House) a manera de lápidas abstractas, de túmulos o de metonimias de monumentos funerarios.
No sé. La idea de la muerte en la obra de Ungers, o más bien: de la conciencia de la propia muerte (no olvidemos que el arquitecto falleció de cáncer en 2006) siempre está presente en su trabajo. Eso me hace pensar que sus obras tanto arquitectónicas como escultóricas fueron pensadas como monumentos a sí mismo, como cenotafios a su propia memoria, aunque la escala no fuera la escala monumental de una pirámide o de una catedral.
Igualmente hay que apuntar que Ungers ordenó los elementos y los materiales con los que trabajaba (volúmenes elementales como cubos, prismas y paralelepípedos, luz, acero...) de una manera muy especial basada en esa "inspiración" de la que nos hemos atrevido a hablar en este espacio. Ese detalle valida la pregunta sobre si "lo espiritual" es menos una condición metafísica que el resultado de ordenar unos conceptos y unos materiales de una determinada manera.
Esa posibilidad nos convertiría a Ungers en un alumno aventajado de los artistas de la antigüedad, en un artista que buscó inspiración en el pasado más remoto, lo que explica por qué su obra es tan ajena a los adefesios de los ochentas y de los noventas y parece más bien la obra de un extraterrestre.
¡Grande, Ungers!
Ese cubo de Ungers de verdad que pone a pensar en razas distintas a la humana, más avanzadas, qué espectacular:
http://artnews.org/files/0000043000/0000042897.jpg/Simon_Ungers.jpg
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