domingo, noviembre 06, 2011

EN MEMORIA DE ISAAC CHOCRÓN
A diferencia de varios de mis amigos, nunca fui alumno de Isaac Chocrón ni trabajé con él. Sólo conversamos en una oportunidad. Hablamos tonterías, trivialidades varias que me hicieron verlo en persona como lo veía a través de mis lecturas de sus obras de teatro y de sus novelas: como un genio, como un hombre agudo y de extraordinario sentido del humor.

Lamento mucho su muerte. Creo que hemos perdido a un extraordinario dramaturgo, a un estupendo escritor, a un gigante de las letras.

Hace pocos años escribí algo a propósito de La revolución. Lo dejo aquí como homenaje al maestro.
LA REVOLUCIÓN DE VERDAD

La revolución, de Isaac Chocrón, produce un vacío que se va abriendo como un abanico en el que se despliegan muchos de nuestros miedos. Más que dos maricas showceras y peleonas, Eloy y Gabriel asumen, mientras avanza la obra, la encarnación de esos terrores. Ahí están el miedo a la muerte, a la vejez, a la soledad, a los cambios, a la decadencia, al aburrimiento, a que eso que hemos sido se pierda en la nada.

Si quisiéramos ponernos más agudos, deberíamos observar con mayor detenimiento a Eloy y a Gabriel, ver a cada uno como individuo y luego medir su interacción.

Eloy es un personaje gris, cuya medianía parece provenir de su carácter tímido y siempre temeroso del qué dirán. Su cercanía al mundo del espectáculo es la única osadía que se permite. Para su anciana madre, él es el diligente trabajador de un banco... La pobre señora ni siquiera sabe que su hijo se gana la vida como mesonero.

Gabriel, por su parte, es un ser deslenguado, exhibicionista, lleno de una vitalidad que arrolla y destruye convenciones. Si Eloy es gris, Gabriel es todo colores, todo fiesta, todo show a pesar de que los años, la ruina y la soledad comienzan a pesarle.

La interacción de ambos personajes produce chispas. De tan diferentes que son, ambos se complementan. Sus dichos y sus acciones responden a dos visiones de la vida, una estática y conformista, y la otra siempre en movimiento.

Quizás allí radique el elemento central de esta obra que no en vano se llama La revolución. Las ideas que sus dos personajes tienen no sólo son diferentes y complementarias; son también un reflejo de la dinámica que mueve al mundo. Mientras uno asume su decadencia individual como el resultado de haber vivido múltiples cambios, el otro se rebela y pretende distraer su propio proceso de decadencia física a través del juego, del disfraz, del ruido de su propia voz y de la práctica de una vida disipada. Para Eloy, querer cambiar y moverse no tienen ningún sentido porque, al final, todos los cambios terminan por lanzar a los seres humanos a lo mismo: a la muerte y a la enfermedad. Para Gabriel, mutar en Miss Susy o en Madame Chan, forma parte de una rebelión individual contra la debacle física que espera a cada ser humano.

Resulta fascinante darse cuenta de cómo las dos maneras de ver la vida encarnadas en estos personajes realizan un viaje de lo individual a lo colectivo y viceversa. Eloy se rindió a la melancolía, como se rinden los que asumen que su destino era ese estado de inamovilidad que se alcanza a cierta edad. Para él «no pasa nada» ni en su vida ni en su país ni en ninguna parte; cada día es igual a otro y no hay nada que hacer. Gabriel, en cambio, se rebela contra la melancolía, sin importar que su sino sea la soledad. A él no le interesa que no pase nada porque sabe que «pasan» él y Eloy y los que compartan, así sea por un rato, sus juegos. Para Gabriel ese artificio que disuelve la soledad funciona gracias a la existencia de una fuerza que nos impulsa a todos al cambio, lo aceptemos o no.

En ese universo que conforman las palabras que se cruzan Gabriel y Eloy, sea de manera directa o elusiva, está retratado nuestro país. Somos, aunque nos parezca raro, un colectivo que se mueve entre la asunción mansa de la melancolía y la rebelión contra la conformidad. A ratos somos Eloy y nos quedamos pasivos ante las iniquidades más abyectas. A ratos, somos Gabriel y nos aturdimos de música y jolgorio. Asumimos esas dos maneras de ser con la misma intensidad, con el mismo convencimiento y con la misma energía. Somos un país de espíritu escindido que no se acepta a sí mismo como es y que siente un morbo especial cuando uno de sus «lados» vive la ilusión de sepultar al otro.

Quizás lo más perturbador de La revolución (y más en esta época)  sea su final. Al igual que las dos visiones que mueven a este país no se pueden separar, Eloy y Gabriel se dan cuenta de que no pueden vivir el uno sin el otro. Por eso, cuando Gabriel saca la escopeta, amenaza a Eloy y termina disparándose, algo se quiebra en nosotros. Una parte del país (la que supuestamente no se rendía, la que todo se lo tomaba a risa) decide abandonar el juego y retirarse a la nada.

Es una metáfora muy dura que, por azares del destino, nos tocó vivir en carne propia.