martes, octubre 25, 2011

SABIDURÍA ESTOICA
Adquirí esta novela el 27 de octubre de 1998 (al menos eso anoté en su primera página), pero no fue sino hasta hace unos días cuando pude leerla por primera vez. Con la literatura se da con una precisión rara y especial aquello de que cada cosa tiene su momento. Así que no hay que apurarse ni creer que siempre se está listo para enfrentar cualquier libro. 

Ahora que leí Betty la negra me encontré con una estupenda novela que condensa en sus páginas una rara mezcla de sabidurías. Easy Rawlins, su personaje principal, se maneja en un rango moral en el que caben por igual la rapidez, la picardía, la dureza y el instinto de supervivencia que sólo dan las calles, y la solidaridad, la ternura, la compasión y la resignación que sólo tiene quien ha sufrido y visto sufrir.

Quizás si no hubiera vivido lo que he vivido de 1998 a esta parte, no entendería la densidad que hay detrás de cada golpiza, de cada disparo y de cada crimen que ocurre en esta extraordinaria novela negra.

Para muestra lean este pequeño fragmento al que decidí añadirle como título esa breve frase que aparece subrayada a continuación.

ELOGIO DEL WHISKY
«...Hay pocas cosas tan bellas como una botella de cristal llena de whisky de intenso color ámbar. Cuando le da la luz, el alcohol brilla y recuerda a cosas preciosas como las joyas y el oro. Pero es mejor que ningún brazalete o diadema sin vida. El whisky es una cosa viva, capaz de responder a cualquier emoción que lleves dentro. Es el amor y la risa alegre y esa fraternidad que une a los países.

»El whisky es tu amigo cuando nadie viene a verte. Y es un consuelo que te abraza más fuerte que casi cualquier amante.

»Pensé en todo eso mientras miraba mi botella precintada. Y supe sin lugar a dudas que todo aquello era cierto.

»Igual de cierto que las conversaciones íntimas con una amante. Igual de cierto que los sueños que abriga una madre para su niño que duerme.

»Pero una cabeza con whisky no podía resolver el tipo de problemas que tenía. Así que cogí al señor Seagram, lo metí en su caja y lo devolví al estante al que pertenecía».


Walter Mosley: Betty la negra, Pág. 178