sábado, septiembre 17, 2011

LOS CUENTISTAS Y LOS ADIVINOS AMASAN LA OSCURIDAD
 Las teorías sobre el cuento suelen ser muy gráficas. Sus redactores (casi siempre luminarias de la literatura) tienden a la exageración; usan imágenes impactantes que deslumbran a los lectores más ingenuos y les hacen creer que escribir un relato se parece a medir triángulos. ¿Cuántas veces hemos leído que el cuento es como un match de boxeo, como un relámpago que ilumina la oscuridad o como un montón de cosas parecidas (y todas impresionantes) que ahora no recuerdo? Ni hablar de las imágenes geométricas, las que decretan que un «buen cuento» es redondo, simétrico, esférico, cuadrado, romboidal... ¿De verdad la geometría euclidiana puede explicar los meandros de la literatura? ¿De verdad un «buen cuento» es geométrico?

 Aquí suena una pequeña campana —Tin-Quel-Ton— y preguntamos: ¿qué diablos es un «un buen cuento»? No sólo no lo sabemos, sino que no nos interesa responder esa pregunta.

 Vamos dando tumbos por el barranco de la vida. Nos llenamos de cicatrices y hacemos el viaje con el guía interior tratando a cada paso (o a cada vuelta) de crear o de encontrar orden. Porque la vida pura y desnuda no tiene nada de simétrica. El orden lo improvisamos cada uno de nosotros a la hora de revisar nuestros días y de organizarlos en el formato de un discurso. Fuera de las casualidades que nos sorprenden esporádicamente, la vida no dibuja figuras geométricas. Sólo en las historias que contamos, hacemos que nuestras vidas o las de nuestros personajes sigan la ruta de unos cuantos puntos trazados con la finalidad precisa de capturar la atención de los demás. Bien lo dice uno de los preclaros protagonistas de una película de 2009 llena de pólvora y sangre sintética llamada The International: «la diferencia entre la ficción y la vida es que la ficción debe tener sentido».

 Suena el timbre otra vez —Tin-Quel-Ton— y añadimos: «pero no hay que abusar».

 En estos años extraños abundan los lectores que se dejan encantar por ese simulacro geométrico que contienen ciertas historias cuya calidad luce sobrediseñada y artificial. No me malentiendan. Sé que el arte y la vida no son lo mismo, pero igual creo que un narrador no debe abusar de su papel ni de su talento para trazar puntos y dibujar figuras con las estructuras narrativas. Prefiero los relatos que caen como cascadas o como piedras en un derrumbe (ya estoy usando imágenes exageradas tipo luminaria de la literatura) a los cuentos en los que brotan espectaculares paralelismos y correspondencias súbitas que acentúan hasta el delirio la cualidad artificial de aquello que se narra. Ya la literatura en sí es artificio, engaño, truco. Entonces: ¿para qué cargar las tintas aún más?

 Por lo dicho, espero que se note que me interesa escribir cuentos que se parezcan a la vida. No es un asunto de realismo ni de etiquetas semejantes; es otra cosa; es desarrollar la capacidad de ordenar las partes del relato de manera que puedan reproducir la perplejidad, la agonía, la incertidumbre, el absurdo, el dolor, el miedo y la gloria que produce el estar vivos. Ahí no caben geometrías exageradas ni artificiales. Y si caben, créanme que se pondrán viejas. A diferencia de la geometría euclidiana, las geometrías literarias demasiado acentuadas envejecen con rapidez. La simetría que hoy nos pareció una genialidad, mañana, pasado mañana o algún día del futuro, nos parecerá obsoleta. Si no lo creen, lean «Los teólogos» o «Emma Zunz», de Jorge Luis Borges y oigan el sonido que flota en el aire:

Tin-Quel-Ton.

 No sé por qué, en este instante, mi memoria de lector desordenado me trae el recuerdo de Tiresias y de los sabios que en la literatura griega leían los hados de los hombres en los oráculos más diversos. Debe ser porque concebir, redactar y corregir un cuento se me parece a eso, a ser un vidente ciego, un trazador de destinos inciertos y ajenos a partir de los indicios más extraños.

 Y nada más extraño que la vida.