jueves, septiembre 08, 2011

LA MÚSICA, EL CIELO Y EL RESPETO AL PRÓJIMO
Mi amigo José Urriola escribió un extraordinario artículo en el que hablaba sobre cómo creemos que nuestras preferencias musicales son las mejores, que nuestros gustos en materia de géneros, estilos, cantantes, instrumentistas, formaciones y demás, son los más sofisticados. José llamó a esa actitud «fascismo musical» y advirtió que muy pocas personas se libran de semejante barbarie.

¿Por qué somos así? ¿Por qué nos comportamos de una manera tan poco respetuosa de los gustos de los demás?

Se me ocurren dos respuestas. La primera tiene que ver con una entrevista en la que Antonio Muñoz Molina, el autor de Sefarad, decía que la educación sirve para hacernos entender que ninguno de nosotros es el centro del universo, que lo que nos enseñaron en nuestros hogares y que creemos único, inamovible e inexorable, no es único ni inamovible ni inexorable, que en otros lugares a otras personas les enseñaron otras cosas y que para vivir en paz debemos respetarnos los unos a los otros.

Según esa premisa, creemos que nuestros gustos son los mejores simplemente porque somos unos maleducados.

La segunda respuesta es un poco más rebuscada, pero se supedita a la anterior; se basa en el poder de la música, en su capacidad para remover memorias íntimas y en convertirse en insignia de nuestra propia individualidad. Algunas músicas se nos unen y comienzan a formar parte de nosotros mismos porque, de alguna manera nos ayudan a entendernos y a identificarnos. De modo que cuando hablamos de las bondades de una tonada y la ensalzamos por encima de otras, no estamos hablando de música nada más; estamos hablando de quiénes somos y en qué creemos… Sí. Ya deben haberse dado cuenta de que llegamos adonde dijimos que llegaríamos: al tema de la respuesta anterior, a la mala educación. Si no controlamos esa tendencia (tan natural, tan infantil) a querer imponer nuestra visión del mundo a los demás, terminaremos tratando de expandirnos más allá del respeto debido al prójimo.

Hasta aquí todo está muy bien y si mantenemos las normas de cortesía, tendremos un «bello mundo» donde vivir. Tal es la solución que ofrece José Urriola: un paraíso terrenal donde la gente intercambia opiniones sobre discos, músicos, grupos y piezas musicales y nadie se despeina porque cada quien convence y se deja convencer de las bondades de la música que le gusta al otro.

Confieso que me gustaría vivir en el cielo musical de mi amigo José Urriola, un cielo en el que si hablo con un salsero, oiré salsa o si hablo con un reguetonero, terminaré oyendo reguetón, pero a mis cuarenta y un años, creo que no puedo ni quiero hablar con salseros ni con reguetoneros ni con expertos en música techno sobre sus respectivos gustos ni sobre sus respectivas sabidurías que sé que son genuinas y profundas. Cada día que pasa, siento que la vida se me hace más y más corta, y me ladilla perder el tiempo tratando de entrar en un cielo que no es mi cielo nada más que por un exceso de buena educación y de ganas de quedar bien con todo el mundo.

Si algún día el destino hace que nos veamos las caras, no crean que intentaré convencerles de las bondades del material que guardo en mi IPod porque sé que será tarea vana. Tampoco esperen que me alegre y salga a bailar en puntas de pies, si ustedes intentan lo mismo.

Mejor saludémonos e intercambiemos fatuidades en las que nos sea fácil mantenernos educados.