martes, septiembre 27, 2011

JUDAS PRIEST: LA GRAN DESPEDIDA
¿Por qué gastamos lo que a duras penas teníamos y soportamos a nuestro alrededor la aplastante cercanía de cientos y cientos de greñudos-camisas-negras a quienes ese día, y sólo ese día, sentimos como hermanos? Porque por fin veríamos a Judas Priest. Nada más. Nada menos.

Exorcismo, devoción y gratitud

La música obra milagros y la que escucharíamos la tarde del domingo 25 de septiembre no sería la excepción. Al contrario. Quienes no entienden de qué trata la música, deberían saber que los seres humanos nos acercamos a ella para emocionarnos y deshacernos de los mordiscos que la jauría de problemas deja en nuestras almas cada día. La música es eso: exorcismo y emoción; catarsis pura. De manera que fuimos a la terraza del C.C.C.T., en Caracas, a eso: a liberarnos de los demonios que nos apedrean, a llorar en la oscuridad y a cerrar un círculo de gratitud que se abrió, en el caso de este cronista, en los primeros años de la década de los ochenta del siglo pasado, porque, en teoría, esta fue la última oportunidad de ver a Judas Priest en vivo. La banda inglesa se despide después de cuarenta años dándole forma al heavy metal, haciéndolo evolucionar, creando estilos y, sobre todo, produciendo discos poderosos que le subieron, uno a uno, el rasero a este tipo de música.

Ese es el sentido del tour mundial Epitaph: una despedida (quizás un hasta luego), una enorme fiesta con Whitesnake como invitado especial, para decirle adiós y darles las gracias a los greñudos-camisas-negras del mundo entero por tanta devoción y tanta fidelidad a través de los años.

Y por Venezuela…
A los integrantes de Resistencia les tocó abrir el espectáculo. A las cinco y media de la tarde, se montaron en la enorme tarima y le hicieron recordar a una buena parte del público por qué a ninguna otra banda venezolana le era tan natural participar en este epitafio. No solo la solera de esta agrupación es incuestionable (la interpretación de clásicos como «Templo de la oscuridad» y «Muerto en vida» debieron callar al apóstata inútil que nunca falta); fueron las ausencias de Rodrigo Yoma y Ricardo Escobar, guitarrista y baterista pertenecientes a la primera y legendaria formación de Resistencia, fallecidos en enero de 2007 y diciembre de 2010 respectivamente, las que les dijeron a todos los que conocían estos nombres que las semillas de metal llegaron a estas tierras y produjeron frutos a pesar de los pesares. Nadie como ellos hubieran disfrutado esta fiesta. Donde quiera que estén, sepan que los recordamos con cariño y admiración.

Whitesnake
David Coverdale parece una señora, pero eso no le quita méritos, al contrario: ojalá muchas señoras cantaran como él y tuvieran el rigor para mantener algo como Whitesnake a través de los años. Además, cualquier fanático de esta música sabe que su nombre forma parte de la gran historia, que antes de haber transitado los caminos del glam y de haberse quedado con ese look (por eso hoy parece una señora), grabó junto a Deep Purple tres discos estupendos: Burn, Stormbringer y Come taste the band. Así que, señora o no, Coverdale es una leyenda.
Más de uno se habrá preguntado qué hace Whitesnake participando en esta gira y, a riesgo de hablar más de la cuenta, diremos que el hard rock que producen Coverdale y sus socios es duro y optimista a la vez; es decir: el contrapunto perfecto para el áspero tenebrismo de Judas Priest. La constante invocación al amor que Whitesnake hace en «Is this love», en «Love will set you free» y en otros temas de Forevermore, su más reciente álbum, habla por sí sola.

The life and times of Judas Priest
Permítanme abandonar la asepsia de la tercera persona en este tramo de la crónica.

Cuando cayó el enorme telón que cubría el escenario y sonaron los primeros acordes de «Rapid fire», surgió el delirio. Al igual que yo, estoy seguro de que más de un greñudo-camisa-negra se vio a sí mismo en su habitación de adolescente rabioso, oyendo de cabo a rabo British steel, y soñando con que algún día vería en vivo a ese portento de banda. ¡Alabado sea el Señor! porque el día llegó y, a pesar de los subibajas del destino, la banda suena tan bestial como cuando la oíamos a todo volumen encerrados en nuestros respectivos cuartos. Aunque todos luzcamos y estemos más viejos, en el aire torcido por las guitarras de Glenn Tipton y Richie Faulkner, la batería de Scott Travis, el bajo de Ian Hill y la voz (¡qué voz, carajo!) de Rob Halford, flotaba la sensación de que estábamos ante algo perfecto e intemporal que no sólo superaba las barreras de la nostalgia, sino que trocaba en ritmo frenético la rabia inmemorial que acumulamos los humanos.
Así transcurrió el concierto. A «Rapid fire» le siguieron «Metal Gods», «Heading out to the highway» y «Judas Rising». No había que ser un genio para darse cuenta de que el repertorio fue escogido con cuidado. A pesar de que Rob Halford nos advirtiera que estaríamos frente a «The life and times of Judas Priest», el set list no fue diseñado tanto para complacer nostalgias como para dejar que la banda se destacara en escena. En ese sentido hay que decir que Rob Halford es un monstruo. Que alguien ronde los sesenta años y cante como canta ese señor (lo de «Beyond the realms of death» y «Painkiller» fue una grosería), no es cosa común. Recorrer el rango de los graves a los agudos como lo hace Halford, mover al público sin practicar piruetas, hacer uso de un sentido teatral que se concreta en un vestuario impresionante y en una parquedad de palabras y de movimientos, son detalles que solo coinciden en los más grandes artistas.
Durante el concierto, hubo muchos momentos en los que este cronista se sintió abrumado por la contundencia del espectáculo, pero quizás no hubo uno tan extraño y tan emotivo como cuando Halford cedió al público la interpretación íntegra de «Breaking the law». Detalles como ése desarman al más tozudo de los greñudos-camisas-negras del mundo.

Siempre supe que ver a Judas Priest en vivo sería una experiencia descomunal, pero me quedé corto. La realidad superó con creces mis aspiraciones.

Y por eso hoy me siento satisfecho, agradecido y libre de demonios.
Recordemos a Rob Halford y cantemos «Breaking the law» una vez más:

There I was completely wasting, out of work and down.
All inside it's so frustrating as I drift from town to town.
Feel as though nobody cares if I live or die,
so I might as well begin to put some action in my life.

Breaking the law, breaking the law,
breaking the law, breaking the law,
breaking the law, breaking the law,
breaking the law, breaking the law.

So much for the golden future, I can't even start.
I've had every promise broken, there's anger in my heart.
You don't know what it's like, you don't have a clue.
If you did you'd find yourselves doing the same thing too.

Breaking the law, breaking the law,
breaking the law, breaking the law,
breaking the law, breaking the law,
breaking the law, breaking the law.
You don't know what it's like…
Breaking the law, breaking the law,
breaking the law, breaking the law,
breaking the law, breaking the law,
breaking the law, breaking the law,
Breaking the law.