martes, agosto 30, 2011

LA NACIÓN DE LOS BUITRES

El país está loco. Algo en el aire (un huracán de voces) hace que sus habitantes vivamos en ascuas, esperando que un buitre llegue a nuestras puertas y nos pida que hagamos lo inimaginable a cambio de dejarnos en paz. Pero nunca habrá paz mientras haya buitres ni personas a quienes les gusten los buitres ni gente que le huya a los buitres.

Hay entre muchos de nosotros una levedad difícil de definir. Decimos que no soportamos la saturación en que vivimos, pero a la hora de asumir las responsabilidades civiles que corresponden, huimos o nos entregamos a los buitres otra vez, como si un miedo, que no puede ser sino miedo a lo desconocido, nos obligara a vivir en el caos de los círculos que no acaban de cerrarse.

Entre las peores circunstancias que se viven en la tierra de los buitres se encuentra el aplauso fácil a palabras que suenen salvadoras. No importa quién las pronuncie, pues muchos en esta tierra no se sienten capaces de manejar sus propios destinos y necesitan que otros los «salven», así sea con aire caliente. Los oradores más escuchados son los que acuden presurosos desde la lejanía. Cualquiera viene a esta comarca, suelta sus ladrillos verbales sin pudor alguno y se va feliz a seguir siendo civilizado en otros horizontes, mientras la nación de los buitres discute sobre si lo que se dijo fue lo que se dijo o fue otra cosa.

Los buitres vuelan en todas las direcciones y no se detienen. Entre nosotros han sembrado abismos y sobre nuestras cabezas han vertido los tonos de la oscuridad. Sabemos que si no moderamos el ardor que su presencia nos produce, algún día se alimentarán de nuestras entrañas y seremos una lamentable nada.

Hay que detener el vuelo de los buitres, quitarles el señorío, hacer que duerman en una caja de hielo, sin sol ni nubes ni arriba ni abajo.