jueves, julio 07, 2011

MORAL Y LITERATURA NEGRA
Llevo días pensando sobre el género negro, sobre esos cuentos, esas novelas y esas películas llenas de personajes capaces de hacer cualquier barbaridad.

La principal preocupación que desembocó en estas reflexiones tiene que ver con la posibilidad de que una historia de mafiosos se lea como un elogio al crimen organizado o como el calco perfecto de alguno de los tantos sucesos turbios que ocurren todos los días en cualquier lugar del planeta.

Nada menos cierto.

A pesar de que se complementan, se iluminan y en ocasiones se solapan, el arte y la vida son realidades totalmente distintas. Lo que diferencia una crónica de sucesos de un cuento de Manuel Vázquez Montalbán o de Elmore Leonard, es que en el relato negro subsiste, aunque sea de manera tenue o mil veces escondida, una dimensión moral que se nota tanto en los personajes como en las situaciones. Si ves con atención un capítulo de Los Soprano o de Breaking Bad, te percatarás de que a pesar de sus acciones, Tony y el doctor Heisenberg tienen un espacio sagrado (el de la familia, el de la amistad, el del cómo se ganan la vida) al que defienden por las buenas y por las malas de todas las adversidades y de todos los abusadores que pretendan invadirlo o perturbarlo.

Esa dimensión moral convierte al género negro en un germinador de héroes capaces de hacer cualquier cosa por defender aquello que está dentro de los límites de sus propios valores. Así tenemos en Pulp Fiction a Butch, el taimado boxeador que no concibe que a un hombre le hagan lo que Zed y sus cómplices le hacen a Marcellus Wallace. Por eso, cuando el boxeador está a punto de huir de ese sótano sórdido donde ocurren cosas indecibles, los remordimientos o la moral le dicen que eso no puede pasar, que eso no se puede permitir y por eso se devuelve a salvar al que fuera su propio verdugo.

Otro tanto podría decirse de los cuentos de Patricia Highsmith, de Walter Mosley o de cualquier otro gran autor del género negro. En todos esos relatos alguien traza o subraya una línea invisible que es la línea de la moral. Cuando un personaje traspasa los límites que marcan esas líneas, surgen los conflictos, nace el propio relato y aparecen los héroes que inevitablemente deben meter en cintura a quienes cruzaron las fronteras que no debían cruzar.

A diferencia de la literatura (conste que el cine y la televisión también son literatura), en la vida real cada vez se trazan menos líneas que demarcan límites morales o se trazan de una manera frágil y sin convicción. Vivimos en un mundo en el que las promesas del placer barren cualquier borde y el que dijo que algo era así porque sí, de pronto cambia sus opiniones porque alguien le ofreció o le dio algo. Vivimos en un mundo de moral lábil, poblado de sofistas expertos en decir que lo bueno es malo y que lo malo es bueno mientras se lucran y se vuelven cada vez más poderosos.

La ficción sigue siendo el único espacio en el que los hombres decentes, que creen en trazar líneas tercas y duraderas, se expresan. Ese es el sentido de personajes como Philip Marlowe, como Sam Spade o como Vito Corleone.

No olvidemos que un mundo sin moral es un mundo triste y sin héroes.