viernes, junio 10, 2011

AZAR Y CANSANCIO
Tengo varios temas sobre los que me gustaría escribir, pero francamente no tengo fuerzas.
 
Por eso aquí les anoto los asuntos que me llaman la atención y ustedes (si les parece) háganse de cuenta que escribí sendos trabajos dedicados a desentrañar sus posibles misterios. Si quieren, hablamos sobre ellos y si no, no pasa nada.

Aquí van:

¿Por qué Rafael Nadal deja que le tomen fotografías literalmente chupando los trofeos que se gana? ¿Es una nueva mariquera de ésas que con tanta fruición cultiva el mundo contemporáneo o es un gesto propio del tenis del que yo nunca tuve noticia?

------------------------------------

Ayer le escribí a Enrique Enríquez lo siguiente: «...En estos días me he dado cuenta de que casi siempre me gusta más la acción de leer que el propio material que leo. Uno habla con uno mismo o, más bien, se habita a uno mismo mientras lee...». Ahorita llevo conmigo Missing, de Alberto Fuguet, libro que me tiene contento y entretenido, a pesar de que está plagado de los típicos tics nerviosos de los escritores que quieren ser famosos y aceptados. Estoy seguro de que, en cualquier página, aparecerán Bolaño, Herralde o alguno de esos a los que hay que nombrar para que la autoficción sea más autoficticia y jalabolesca.

------------------------------------

¿De qué está hecha la voz del mandarín? Porque, sépanlo, el secreto de su éxito radica en su voz.

Esa voz vive sola; es independiente al cuerpo que la porta y, cada vez que sale a la luz, destruye mundos.

Esa voz es perfecta para mentir, para injuriar, para transmutar lo real en irreal y viceversa.

Con una voz semejante, ¿qué infeliz mal informado no le cree o le teme o le huye al mandarín?

¿Cómo se derrota una voz capaz de corroer el universo en el que retumba? ¿Con otra voz? ¿Con el silencio laborioso? ¿Con el ruido del conocimiento? ¿Con un coro? ¿O dejando que se apague sola, aunque eso pueda tardar décadas?

Que Dios se apiade de nosotros y nos convierta en sordos.

------------------------------------

Entre nosotros, cultores de la improvisación y del virtuosismo tropical, se ha abusado del término «artista», pero no hay que generalizar ni creer que todos los que se dicen artistas lo son por decirlo (o dizque por sentirlo) o por trabajar con tales o cuales materiales.

En otros países, el término «artista» engloba a profesionales en determinados oficios manuales que pueden o no generar grandes obras de gran arte. Así, talladores, ceramistas, carpinteros, pintores, vitralistas, hilanderos, tejedores y demás, pueden llamarse artistas sin sentir pena de ningún tipo.

Apartando esa definición, podríamos decir que un artista es una persona que trata, con X materiales, de dar cuenta de las preguntas que determinado fenómeno social, político, científico, filosófico o estético le producen. En ese sentido, el arte es, aunque nos suene raro, un laboratorio de ideas del que la humanidad saca intuiciones que en algún momento se transformarán en teorías, en modos de vivir y en objetos de mayor o menor sofisticación.

Un artista es alguien entrenado para ver distinto, hacerse preguntas distintas y retar las posibilidades de los materiales con los que trabaja para mostrar sus ideas y sus posibles descubrimientos. No se es artista simplemente porque se pinte, se escriba, se recorte, se pegue, se filme, se edite, se cante, se cuente... Hace falta algo más y ese algo más tiene que ver con pensar distinto con respecto a todo.