viernes, mayo 13, 2011

RELATO NEGRO EN LA RECEPCIÓN
Sofía Vergara no tiene nada que ver con este cuento, pero igual queda bien aquí.
La mujer se miraba las uñas mientras hablaba por teléfono.
—Sí, chama. Aquí está todo el mundo indignado… No… Un tipo se metió en la oficina y se llevó unas computadoras y unos reales… No… No, chica. Ni Dios lo quiera. No… Se metió tres veces. De noche.

Yo trataba de concentrarme en Raymond Chandler, pero el cuento de la recepcionista prometía emociones tan intensas como las de la novela que traje para hacer más amable la espera. Seguí con la vista puesta en una de las páginas del libro, pero mis oídos atajaban en el aire el cuento de la chica.
—Sí. La primera vez que se metió, sacó los vidrios de una ventana y se llevó dos laptops… No. Nadie vio nada… ¿Qué? Sí. Llamamos a la policía, pero dijeron que no podían hacer nada. Nos recomendaron que pusiéramos más barrotes en las ventanas… No. Los vigilantes estaban dormidos.

Después de esas palabras, la recepcionista hizo un largo silencio. Seguramente la amiga al otro lado del teléfono le estaría contando algún otro cuento donde la policía mostraba la misma eficiencia. Yo casi logro concentrarme en mi libro, cuando oigo que la recepcionista dice:
—Lo peor es que se volvió a meter de domingo para lunes. Y esta vez las cámaras de seguridad lo grabaron haciendo de las suyas... Sí... Sí se le ve la cara... Es un flaco como de metro y medio; parece un colibrí con bigote.

Gracias a esa descripción solté el libro y volví a la plática.
—Esta vez hizo desastres. Se metió en las oficinas, revisó las gavetas, se embolsilló la plata de la caja chica, desconectó unas computadoras y hasta se comió un paquete de galletas de soda que se encontró en un escritorio… ¿Qué? Sí… Sí... Tranquilazo… Aunque como que se puso nervioso y la galleta le cayó mal porque buscó agua y se tomó una sal de fruta… Sí… Y luego cogió dos monitores y se fue. El único que lo vio fue un gato que sale en el video de lo más circunspecto mirando a la cámara y todo.

Pienso que es muy loco vivir en un país que parece una novela negra de Boris Vian, pero sin el donaire de las mismas novelas de Boris Vian. Me río solo y sigo escuchando la historia.
—No, chama. Anoche lo atraparon… No… No pasó nada. El tipo se volvió a meter… Sí… Por otra ventana. Esta vez los vigilantes lo oyeron cuando trataba de abrir la puerta de la oficina de la doctora, que tiene una Multilock… Sí… Una Multilock dentro de la oficina... Bueno, así vivimos aquí… Lo loco es que esta mañana nos sentamos con los doctores a ver los videos... Sí… Como hay varias cámaras, podías ver lo que hacían los vigilantes y el ratero a la misma hora. Cuando el sujeto empezó a forzar la puerta de la jefa, los guachimanes corrieron al estacionamiento. Uno de ellos sacó su revólver y disparó un tiro al aire. Al mismo tiempo, el ladrón se abría la bragueta y se orinaba en una papelera…

Yo oía todo aquel cuento y me preguntaba qué sentido tiene leer o escribir novela negra en este país, si nuestra vida tiene todos los ingredientes que tienen las novelas de Chester Himes.
—…No habían pasado ni cinco minutos, cuando llegó la policía… Sí, los agentes sacaron sus pistolas… Al rato ya tenían metido al ratero en una patrulla... No… No hubo tiros… Le gritaron algo… Y salió con su metro y medio y su bigote sin decir palabra… No. No sé. Quién sabe si aparecen… Yo no creo…

Nuestra vida tiene mucho de novela negra, pero las novelas negras de verdad tienen acción y suspenso. Si los policías o los vigilantes hubieran peleado contra el ratero colibrí, el cuento de la recepcionista habría terminado mejor.

Por eso volví a mi libro.