Los tiempos que corren son extraños y quizás lo único que mitigue el peso de las adversidades sea nuestra cercanía con aquello que nos da una idea del espacio en el que quisiéramos vivir.
Aunque no existan la belleza ni la perfección absolutas, es importante que algo nos recuerde la posibilidad de su existencia. Ésa es la razón de ser de las obras de arte; de las grandes obras de arte, de todas las grandes obras de arte, sean de la naturaleza que sean y vengan en el formato que vengan.
Necesitamos varas con qué medirnos, modelos con qué compararnos, chispas que alimenten el fuego que llevamos por dentro. Para eso son las esculturas de Giacometti, los Móviles de Soto, las pinturas de Kokoschka...
Hagan la prueba. Abran un libro que contenga dibujos de Degas. Obsérvenlos. Detallen la delicadeza, la gracia de esos caballos, de esas bailarinas, y veanse a ustedes mismos transportados a un mundo sin tiempo en el que los trazos del pastel estallan ante sus ojos y se quedan ahí, formando parte de eso que ustedes son o quisieran ser. Les aseguro que cada vez que vean un caballo o una bailarina o un azul misterioso, cuya presencia es casi un milagro, recordarán a Degas.
Y el día en que se paren frente a un Degas de verdad, se sentirán tan grandes como pequeños, y llorarán porque tendrán la certeza de que han estado ahí, frente a esa obra, miles de veces, meditando, evocando, intuyendo futuros... Tal es la borrachera que producen esos azules.
Hagan un ejercicio semejante con la música.
Oigan la obra que a ustedes les plazca (yo pondría el disco de Art Tatum junto a Buddy DeFranco, Red Callender y Bill Douglass). Óiganla una y mil veces. Abandónense al estado contemplativo al que nos arrastra la música. No se asusten si de pronto se encuentran frente a un paisaje brumoso y comienzan a sentir el peso de una máquina que mezcla las memorias de aquello que vivimos con las de aquello que creímos vivir, y ambas con aquello que deseamos. Déjense llevar, pero manténganse atentos porque la revelación surgirá en el momento menos pensado. La música dejará de engañarles con anécdotas y recuerdos y será sólo música que les atravesará el pecho. En ese momento querrán tener cerca a alguien para tratar de contarle la experiencia que acaban de vivir.
Hagan un ejercicio semejante con la música.
Oigan la obra que a ustedes les plazca (yo pondría el disco de Art Tatum junto a Buddy DeFranco, Red Callender y Bill Douglass). Óiganla una y mil veces. Abandónense al estado contemplativo al que nos arrastra la música. No se asusten si de pronto se encuentran frente a un paisaje brumoso y comienzan a sentir el peso de una máquina que mezcla las memorias de aquello que vivimos con las de aquello que creímos vivir, y ambas con aquello que deseamos. Déjense llevar, pero manténganse atentos porque la revelación surgirá en el momento menos pensado. La música dejará de engañarles con anécdotas y recuerdos y será sólo música que les atravesará el pecho. En ese momento querrán tener cerca a alguien para tratar de contarle la experiencia que acaban de vivir.


5 comentarios:
¡Buena entrada! Saludos, Maestro.
Pura belleza!
Acabo de llamar a mi mujer para que lea esto. Tenía que compartirlo con alguien.
Coño viejito, bueno, muy bueno.
Tiempo sin saber de usted. Un abrazo y no se pierda. Saludos, Don Roberto.
Soy de las que se queda muchas horas metida en un museo, especialmente los de arte. Me gusta detallarlos mucho. Mi familia y mi esposo siempre me han cuestionado esto, y del apuro en el que me ponen surge habitualmente una discusión que al poco rato termino perdiendo por no ponerme a pelear en lugares que no quiero manchar con malos recuerdos. Tu reflexión describe fielmente lo que siento cuando admiro obras de arte no sólo clásicas sino también de artistas no tan conocidos. Hay muchos genios por ahí ocultos. Me pregunto por qué la lógica de este mundo no hizo que fuesen ellos los que gobernaran esta humanidad en vez de tanto burro. Muy buen post. Como siempre admirando tu pluma. Abrazo.
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