martes, marzo 01, 2011

EL PUENTE BLANCO
Leí Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, en los bordes de una cancha de fútbol y en mi cama, acostado y con una linterna en las manos.

Los lugares donde lees, marcan lo que lees. Los árboles, la grama, el frío, la textura de la almohada, el calor, el viento, el olor a pintura o a flores, se introducen en el libro y forman parte de él. Por eso, y porque nos llenamos de experiencias, sentimos que el contenido de los libros muta con el paso de los años. Sin embargo, hay libros que tratan sobre asuntos eternos.

Extraños en un tren me pareció una película… ¿Qué? ¿Cómo dice? Sí, claro... Claro que sé que Alfred Hitchcock dirigió la versión cinematográfica, pero no es a eso a lo que me refiero. Me refiero a que, al leer la novela, lo que yo veía en mi teatro mental era una película de mil novecientos cincuenta y tantos. Las actitudes de los personajes, la fumadera y la bebedera, la sofisticación de los espacios que describe, el vestuario y otros detalles estimulaban esa sensación.

La impronta de mi lectura es de 2011, pero el libro tiene el aire de una película en blanco y negro, lo cual me lleva a pensar que mientras me encontraba sumergido en Extraños en un tren, vivía en un «tiempo fuera del tiempo», en un continuo que no se pueden medir con el reloj de gallinita anaranjada que marca las horas en mi casa. ¿Qué tiempo era ése? ¿Cómo se miden esos momentos en los que no «estás» ni aquí ni allá, sino en un limbo placentero cercado de sombras? ¿Qué justifica el que uno se salga de su tiempo y entre en el de un libro publicado en 1950?

Al ser una estupenda novela negra, Extraños en un tren es un catálogo de situaciones complejas. Dos desconocidos (el arquitecto Guy Haines y el buenoparanada Charles Bruno) se encuentran en un expreso que va rumbo a Texas. Entre whiskies y bistecs con papas fritas, le dan fuelle a una conversación de la que sale un predicamento que termina por obsesionar a Bruno: el asesinato perfecto existe. Dos personas que no se conocen, pueden ponerse de acuerdo y cada una eliminar a la víctima del otro. Como no hay nada que conecte a los implicados, la cacería de los culpables se hace extremadamente difícil.

El buenoparanada se toma tan en serio lo platicado en el tren, que termina asesinando a la ex esposa del arquitecto y obligando al arquitecto a que cumpla con «su parte del trato». De ese modo, Haines concreta el asesinato del papá de Charles Bruno.

Lo mejor de Extraños en un tren no radica en el suspenso ni en la investigación que sigue a los homicidios; radica en el diseño de los personajes. Charles Bruno es, quizás, el mejor gay de clóset que se haya trabajado en la literatura de todos los tiempos y Guy Haines es un ser contradictorio en el que conviven el empuje profesional y el carácter pusilánime, la felicidad hogareña y la miseria moral más profunda.

Quizás el rasgo más importante de este libro (el que hace que surja el puente blanco que une los mundos de la novela con el de mi lectura en la cama y en la cancha de fútbol) sea el trabajo sobre la culpa que les genera a los protagonistas el haber asesinado a sus respectivas víctimas. La conciencia inmunda hace que Charles Bruno tiemble y se ahogue todas las noches y que Guy Haines viva encerrado en sus propios remordimientos, tal como le pasó a Raskolnikov en Crimen y castigo.

Sí. Así es. Dostoievski está escondido en lo más hondo de estos personajes…

Acabo de terminar Extraños en un tren y debo confesar que me alegra corroborar que los criminales de éste y de cualquier otro mundo nunca estarán tranquilos porque sus conciencias los azotarán hasta el cansancio. Y así será mientras sigamos siendo humanos.

Ése es el detalle que justifica el tiempo que pasé perdido en las sombras de este estupendo libro.