Vas en tu carro y no consigues dónde aparcarlo.
En la librería encuentras dos tomos que te interesan, pero muy pronto recuerdas que en tu casa no cabe un libro más.
Entras en la red. Te metes en Amazon, miras los discos. Encuentras uno de Tete Montoliu y otro de Thin Lizzy. Estás a punto de adquirirlos, pero cuando los pones en el carrito de la compra, decides cerrar la página. Una voz de ultratumba que suena en tu cabeza, te recuerda que no tienes dónde meter más discos.
Es increíble: la humanidad sigue produciendo objetos, pero no hay dónde ponerlos. ¿No es absurdo?
George Carlin, maestro de maestros del humor, decía que no lo sabemos, pero en verdad vivimos en clósets. Sí, en clósets. Nuestras casas son clósets llenos de peroles que clasificamos, arrumamos, usamos y tenemos hasta que un día nos morimos o nos cansamos, y nuestros corotos terminan en una venta de garaje, listos para que otras personas los introduzcan en sus respectivos clósets o los lancen definitivamente a la basura.
Suena paradójico, pero la crisis de espacio se extiende por el mundo.
En los museos no hay dónde guardar un cuadro o una escultura más. A muchos de ustedes les debe parecer bien que, ante tanta obra rara o ininteligible, es mejor que no haya hueco disponible. En una época en que cualquiera puede tener veleidades creativas y llamarse «artista», la falta de espacios para exponer y almacenar obras puede ser una bendición. Nosotros no estamos de acuerdo con ese supuesto. La falta de espacio racional es un drama contemporáneo.
El poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid habla sobre la relación entre la falta de espacio y la falta de tiempo en todo lo concerniente al mundo editorial. Palabras más, palabras menos, la tesis de su ensayo Los demasiados libros es: si no tenemos dónde poner los millones de volúmenes que se publican todos los días, ni tiempo para leerlos, ¿para qué diablos seguimos produciéndolos con tanta efusión?
Los humanos no podemos dejar de imaginar, de hacer, de inventar, de transformar… El problema es que luego no hay dónde meter los resultados de ese impulso que nos define.
Las únicas «soluciones» que se han puesto en práctica para mitigar esta crisis de espacio son tan pueriles que uno se pregunta si quien las diseñó, sabía lo que hacía.
La primera propuesta consistió en estimular la producción de objetos cuya caducidad es ley. Observen que el mundo de la moda se renueva, por lo menos, cuatro veces al año, que las computadoras y demás aparatos electrónicos tienen una vida útil muy corta, que quien tiene hoy un Blackberry o un Ipad de última generación, mañana tendrá un armatoste inútil en sus manos. Alguien se dio cuenta de que la perfección no es rentable, que un aparato que dure para siempre no estimula la economía ni abre fuentes de trabajo. Por eso descontinuaron al clásico escarabajo de la Volkswagen y vemos un montón de carros desechables por ahí, que, para colmo, cuestan miles de millones de bolívares.
La segunda salida fue la posibilidad de convertir cualquier discurso en una ristra de guarismos digitales e introducirlo en un sinfín de aparatos electrónicos de los que todo el mundo termina quejándose. Así, quienes atesoran libros, dicen que el Kindle o el Ipad no tienen la calidez ni el olor del volumen tradicional de papel o, quienes aman los discos, claman al cielo porque el formato MP3 comprime demasiado el sonido y le quita nitidez a la música.
—¿Qué más quieres? Todo lo que nos da, nos quita, papá—. Dice, con razón, Henrique Lazo.
Gástense unas neuronas buscándole soluciones a la crisis de espacio. Sólo traten de producir la menor cantidad de basura que sea posible.
Y cuando consigan algo, nos avisan, por favor.
7 comentarios:
Jaja en este particular mi madre tiene la solución perfecta a esto, ella siempre bota todo por eso tengo un poco restringida su entrada a mi cuarto y pues cuando quiero acabar con todo ¡mamaaaaaaaaá!
me gusta tu blog. esta cheverisimo.
te invito a ver el mio: http://www.clubcuanto.blogspot.com/
Pues nada Echeto, la solución está en lo perecedero. Tenemos tan sólo un siglo y pico de producción en masa, ya veremos cómo hasta los artistas terminan siendo reciclados por la sociedad: habrá un nuevo Michael Jackson con otro nombre y cómo no, un 'all new' Jerry Lee Lewis. Cuando eso ocurra, ya nadie se recordará de ello para comprobarlo. Tus libros también volverán a ser escritos por un tal Robert O'chato.
Tengo fe en que ese mecanismo de reciclaje de los productos y las costumbres humanas está allí, vivo, en el inconsciente de la sociedad, aunque no estoy de acuerdo con él, me encantaría que todo fuese nuevo de paquete.
Quién sabe, bróder.
Tal vez tengas razón y la red sea esa "máquina recicladora" de contenidos del que hablas.
No habrá necesidad de comprar discos ni libros porque la música y los libros vendrán sin soporte.
Who knows?
Yo me imagino un mundo atiborrado de peroles como el de WallE. Quizás ése sea el sino del fin de los tiempos. Un planeta repleto de corotos inútiles...
Tal vez haya que cultivar la frugalidad zen y el estoicismo casi absoluto. Mientras menos peretos, mejor.
si, maestro definitivo, tenemos el problema de la falta de espacio, pero es que ademas el hombre en su afan de ganar espacio que de seguro lo usara en vaina inutiles, se come a la naturaleza que luego le toca hacer caida y mesa limpia con la gente que nunca supo leer las señales...
y ademas es muy cierto lo de lo que se llama desechabilidad o reduccion del tiempo de vida util de los objetos, a las grandes compañias les encanta que compres su producto para que se tire tres y compres otro más aunque todavia no han resuelto sl lio de que hacer con lo que no sirve... y ni les interesa total ya compraste...
y bueno solo queda la buena de que nunca se te acabe el espacio que tienes entre oreja y oreja para la informacion que vale la pena, eso si seria la mayor de las tragedias...
saludos maestro
Sr. Ruiz, qué bueno que siga pasando por aquí.
Por cierto: su reseña sobre el concierto de las Iron Maidens es una auténtica belleza. Siga así, dándole palazos a la necedad y subrayando lo bueno que aparece hasta en los sitios más extraños.
Al final lo importante es resistirse al poder mesmerizador que tiene la estupidez contemporánea.
Un gran abrazo.
Hola Roberto, te mando un saludo desde Francia...
He disfrutado mucho tus comentarios. Me tocan de cerca. Estoy entre los que se fue a otro planeta con pasaporte de conyugue; vendió sus peroles para venir a adquirir de forma verdaderamente sorprendente una mayor cantidad en menor tiempo. Pero sobre todo la culpa la tiene Ikea, esa maravilla sueca, especializada en producir miles de objetos bien bonitos y bien inútiles en tiempo record por el mundo entero.
Lo peor es que sigo cayendo, llego a buscar unas jardineras con la primavera, termino midiendo todo la elección de productos en unas bolsas amarillas, mientras me tomo el café gratís y una buena torta barata, allí, rodeada de afiches que buscan convencer sobre el compromiso de estos suecos con el ambiente, salgo convencida de que no es tan caro y de que sí necesito la crema para las uñas, la silla que da vueltas para el cuarto de la bebé, las cajas para las revistas que no sé dónde meter, el lavador de lechuga... me enfilo a la caja un poco ansiosa, recorro los kilometros del super galpón, diseño que te da la falsa ilusión que el espacio sobre. Pero ya en casa, cuando llegan las cajas, ves que nada cabe, que el plástico ha perdido brillo, el peso de la culpa y el hastío vuelven. Quedan las jardineras con unas flores que no durarán sino dos semanas
He llegado a sentir nostalgia de la escacez que comenzaba a azotarnos por allá, de ese "ya no se encuentra nada". La verdad que para qué más?
En los países industrializados todos cargamos por igual con la culpa sin que se asome una propuesta al laberíntico sistema de producción, acaso tendría que ser un sistema igual de desmesurado..?
Un abrazo
paula
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