viernes, marzo 25, 2011

CRISIS DE ESPACIO
Vas en tu carro y no consigues dónde aparcarlo.

En la librería encuentras dos tomos que te interesan, pero muy pronto recuerdas que en tu casa no cabe un libro más.

Entras en la red. Te metes en Amazon, miras los discos. Encuentras uno de Tete Montoliu y otro de Thin Lizzy. Estás a punto de adquirirlos, pero cuando los pones en el carrito de la compra, decides cerrar la página. Una voz de ultratumba que suena en tu cabeza, te recuerda que no tienes dónde meter más discos.

Es increíble: la humanidad sigue produciendo objetos, pero no hay dónde ponerlos. ¿No es absurdo?

George Carlin, maestro de maestros del humor, decía que no lo sabemos, pero en verdad vivimos en clósets. Sí, en clósets. Nuestras casas son clósets llenos de peroles que clasificamos, arrumamos, usamos y tenemos hasta que un día nos morimos o nos cansamos, y nuestros corotos terminan en una venta de garaje, listos para que otras personas los introduzcan en sus respectivos clósets o los lancen definitivamente a la basura.

Suena paradójico, pero la crisis de espacio se extiende por el mundo.

En los museos no hay dónde guardar un cuadro o una escultura más. A muchos de ustedes les debe parecer bien que, ante tanta obra rara o ininteligible, es mejor que no haya hueco disponible. En una época en que cualquiera puede tener veleidades creativas y llamarse «artista», la falta de espacios para exponer y almacenar obras puede ser una bendición. Nosotros no estamos de acuerdo con ese supuesto. La falta de espacio racional es un drama contemporáneo.

El poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid habla sobre la relación entre la falta de espacio y la falta de tiempo en todo lo concerniente al mundo editorial. Palabras más, palabras menos, la tesis de su ensayo Los demasiados libros es: si no tenemos dónde poner los millones de volúmenes que se publican todos los días, ni tiempo para leerlos, ¿para qué diablos seguimos produciéndolos con tanta efusión?

Los humanos no podemos dejar de imaginar, de hacer, de inventar, de transformar… El problema es que luego no hay dónde meter los resultados de ese impulso que nos define.

Las únicas «soluciones» que se han puesto en práctica para mitigar esta crisis de espacio son tan pueriles que uno se pregunta si quien las diseñó, sabía lo que hacía.

La primera propuesta consistió en estimular la producción de objetos cuya caducidad es ley. Observen que el mundo de la moda se renueva, por lo menos, cuatro veces al año, que las computadoras y demás aparatos electrónicos tienen una vida útil muy corta, que quien tiene hoy un Blackberry o un Ipad de última generación, mañana tendrá un armatoste inútil en sus manos. Alguien se dio cuenta de que la perfección no es rentable, que un aparato que dure para siempre no estimula la economía ni abre fuentes de trabajo. Por eso descontinuaron al clásico escarabajo de la Volkswagen y vemos un montón de carros desechables por ahí, que, para colmo, cuestan miles de millones de bolívares.

La segunda salida fue la posibilidad de convertir cualquier discurso en una ristra de guarismos digitales e introducirlo en un sinfín de aparatos electrónicos de los que todo el mundo termina quejándose. Así, quienes atesoran libros, dicen que el Kindle o el Ipad no tienen la calidez ni el olor del volumen tradicional de papel o, quienes aman los discos, claman al cielo porque el formato MP3 comprime demasiado el sonido y le quita nitidez a la música.
—¿Qué más quieres? Todo lo que nos da, nos quita, papá—. Dice, con razón, Henrique Lazo.

Gástense unas neuronas buscándole soluciones a la crisis de espacio. Sólo traten de producir la menor cantidad de basura que sea posible.

Y cuando consigan algo, nos avisan, por favor.