lunes, febrero 07, 2011

LA CÁRCEL DE PALABRAS

 Los límites de nuestro vocabulario definen los límites de nuestra imaginación. Quizás allí se encuentre la respuesta a por qué siempre terminamos disertando sobre las mismas materias.

  ¿De qué hablamos los venezolanos? De malandros, tráfico, huecos y política. De ahí no salimos. Cualquiera de nuestras conversaciones recala siempre en alguno de esos cuatro temas… O en los cuatro a la vez y así tenemos un festín de ésos que le levantan el ánimo a cualquiera.

  Es como si nuestros cerebros vivieran en una celda invisible.

  ¿Por qué nos es tan difícil hablar de otras cosas que no sean malandros, tráfico, huecos y política? De acuerdo. Ésos son los problemas más acuciantes, pero ¿no les parece que exageramos? Tome usted un periódico cualquiera. Lea las páginas de opinión, las de deportes o las que le parezcan. Observe que en todas, de manera directa o tangencial, se habla otra vez de lo mismo: malandros, tráfico, huecos y política. ¿No hay más nada de qué hablar o somos tan infelices que reducimos nuestras vidas a cuatro tópicos miserables?

  Que alguien me explique, por favor.

  Eso sí: no me vayan a decir que hablamos de esos asuntos porque son los que más angustias nos producen. Eso ya lo sabemos. Lo dijimos hace unas líneas y no está bien que me digan lo que ya les dije. Invéntense otra teoría. Explíquenme que el despeñadero psico-socio-político-económico que padecemos, es más bien una crisis de temas de conversación, una incapacidad para encontrar las palabras adecuadas que nos ayuden a entender nuestros problemas. Esta habladera de lo mismo todos los días por televisión, por radio, por internet o por donde sea, es un fastidio de proporciones increíbles.

  No creo que exista en el mundo una sociedad que hable tanta paja como la nuestra. Todo el mundo opina, todo el mundo sabe, todo el mundo dice y habla sobre lo mismo: malandros, tráfico, huecos y política, y de ahí no nos movemos quizás porque sea más fácil (y más rentable) hablar de los problemas que solucionarlos de una buena y maldita vez.

  Un momento. Hagan silencio. Oigan a su alrededor. Noten que en la mesa de al lado hablan de adivinen qué… Ahora dejen de leer este artículo. Comiencen la lectura de otro y fíjense que en ése también se diserta sobre los mismos tópicos.

  Que siempre se hable de malandros, tráfico, huecos y política, demuestra que no podemos trascender el uso de las palabras dedicadas a hablar de malandros, tráfico, huecos y política, lo cual quiere decir que no podemos salirnos de nosotros mismos ni ver nuestros problemas desde otros puntos de vista ni con otras herramientas. Vivir hablando de malandros, tráfico, huecos y política denota una crisis de lenguaje, una tragedia que poca gente percibe y que se concreta en la imposibilidad de entender la complejidad del mundo o de hacernos los tontos ante ella. Es preferible hablar de lo mismo (y simular que eso que llamamos «lo mismo» no tiene solución) que estudiar, leer y, finalmente, pensar.

  Porque ése es el problema: pensamos raquítico, pensamos en «modo spam» y nos comunicamos en consecuencia. Producimos discursos pobres en ideas, pobres en palabras y pobres en su capacidad para despertar entusiasmo; balbuceamos la repetición de un anecdotario que nos hace sentir miserables, pero seguros dentro de la gran manada triste que se solaza en sus problemas porque intuye que para resolverlos debe aprender a hablar otra vez.

  No faltará quienes pretendan defenderse diciendo que en un país lleno de malandros, tráfico, huecos y política, no se puede pensar en nada que no sea malandros, tráfico, huecos y política.

  Se equivocan.

  En un país con un repertorio de ideas tan limitado como el nuestro, es una obligación proponer otros temas, otras lecturas, otros problemas, otras soluciones, otras historias, así no nos gusten o los sintamos demasiado distantes a nuestra pequeña efervescencia.

  La cárcel de palabras está ahí, rodeando nuestras cabezas minúsculas. Por eso siempre terminamos hablando de lo mismo. Y ya basta.