miércoles, enero 19, 2011

LA MATERIA DE MIS HISTORIAS
En diciembre, una amiga me interpeló:
—¿Por qué la violencia, Roberto? Escribes muy bien, pero no puedo con tanta violencia en tus cuentos.

Fue muy raro. La gente no puede con un cuento violento, pero vive sin mayores quejas en un mundo en el que un loco armado entra a un recinto y mata a un montón de personas sin dar explicaciones. Y eso no ocurre sólo aquí, en nuestro bello país. En casi cualquier parte del mundo pasa lo mismo. Los seres humanos somos indiferentes al mal hasta que el mal nos alcanza y nos convierte en escabeche.

Por eso escribo historias violentas: para recordarle a mis semejantes que el mal, la muerte y el horror están más cerca de cada uno de nosotros de lo que cada uno de nosotros se imagina.

La vida no trata sobre estar bien ni sobre todas esas fantochadas que dicen los sabios de la televisión. La vida, como afirma Isaac Chocrón, trata sobre estar vigilantes, sobre permanecer en estado de alerta porque en cualquier momento puede aparecer el depredador que te morderá la yugular y se comerá hasta tus huesos.

No sé qué pensaría mi amiga de la respuesta que le ofrecí. No lo sé entre otras razones porque se tuvo que ir de la reunión y no pudimos intercambiar argumentos.

Ahora bien: yo no escribo historias violentas sólo para recordarle a la gente que en cualquier instante pueden joderla. Faltaba más.

Yo simplemente escribo las historias que me gustaría leer.

Nunca les he hablado sobre esto, pero a mí me interesa mucho el género negro.

El público llano confunde las literaturas negra y policial. Son dos cosas distintas. El género policial se caracteriza por la investigación que busca a los responsables de un delito. Los cuentos y novelas de Arthur Conan Doyle pueden ser los ejemplos más representativos de este tipo de literatura.

Por su parte, el género negro se basa en la exploración de la materia más oscura de la que estamos hechos los seres humanos. Porque, permítanme recordarles (ahora sí) que los seres humanos no somos angelitos de Dios ni tendemos por naturaleza a ser buenos y perfectos. Somos un amasijo de apetitos abisales que nos gobierna aunque no queramos. El programa básico de nuestra existencia es igual al de casi todos los seres vivos. Con una espiroqueta o un cheetah compartimos la necesidad de alimentarnos, de reproducirnos y de dormir en un lugar que tenga un mínimo de condiciones favorables para que podamos seguir viviendo.

El género negro trata sobre lo que sucede cuando los seres humanos nos entregamos a esos apetitos abisales y terminamos sembrando el caos y la destrucción. Los maestros de la literatura negra son (aunque algunos crean que exagero o que caigo en anacronismos) Sófocles y Shakespeare. ¿Qué más quieren?

Como sucede con todo en este mundo, estos géneros se mezclaron entre sí. Hay novelas policiales cargadas de elementos de la novela negra y novelas negras cargadas de elementos policiales. ¿Cómo no iba a suceder esa mezcla, si los dos géneros germinan en las zonas oscuras del alma humana y más en un mundo como éste, en el que encontramos malvivientes hasta en la sopa?

Revisen cuando puedan los libros de Chester Himes, Raymond Chandler, Rubem Fonseca, Patricia Highsmith, Samuel Dashiell Hammett, Paco Ignacio Taibo, Stieg Larsson y Henning Mankell entre muchos otros autores, para que vean de qué estamos hablando.

Humildemente escribo cuentos en los que la oscuridad de un género sirve como estructura para explorar situaciones absurdas y para construir el tipo de héroes que me gustaría encontrar con más frecuencia en la literatura.

De eso trata lo que hago.

Y si les parece que mis cuentos traen muchas pistolas, pues lean a Eurípides, a ver si en sus obras encuentran el remanso que buscan.