jueves, enero 06, 2011

GUÍA BREVE PARA RECONOCER CIUDADES ENFERMAS
Simon Ungers: Cube House; 2000

«…El hombre sólo puede sobrevivir por su mente. Llega desarmado a la tierra. Su cerebro es su única arma…».

Ayn Rand: El Manantial.

La satisfacción de unas necesidades elementales (alimentación, reproducción, vivienda y supervivencia) moldea la relación de los seres vivos con su entorno. Los seres humanos no escapamos a ese designio de la naturaleza. Al igual que las formas de vida más sencillas, las variables básicas de la supervivencia nos modelan como individuos, y, por supuesto, como individuos que vivimos en comunidad. Por muy elegantes que nos creamos, es preciso recordar que vinimos a este mundo a comer, a reproducirnos y a buscar un lugar seguro donde dormir.

La ciudad es la concreción más estilizada del deseo de todo ser vivo de habitar un territorio en el que existan las condiciones adecuadas para ejecutar el programa básico de la existencia. También es el resultado de un proceso lento que comenzó cuando nuestros antepasados más remotos se asentaron en un lugar y se dieron cuenta de que debían crear un conjunto de reglas para regir su vida en comunidad.

El conjunto de reglas que forman parte del código de conducta de cualquier asentamiento humano se basa en el respeto a la integridad, al espacio vital y a las pertenencias del vecino. Ése es el principio básico que inspiró a los legisladores que redactaron el Código de Hammurabi, los Diez Mandamientos y tantos otros cuerpos legales desde la antigüedad hasta hoy.

La ciudad es el invento más ambicioso de los seres humanos. Sólo en la ciudad pudimos pensar acerca de nosotros mismos, sobre nuestra naturaleza mortal, nuestros talentos y nuestras posibilidades. En la ciudad trazamos planes, construimos futuro. Eso se pudo hacer no porque hubiera ágoras ni plazas ni liceos ni mojones de piedra donde sentarse a filosofar sobre el éxtasis de la vida, sino porque la ciudad creó un entramado de relaciones y de normas que le permitió a la gente ser eso: gente, gente normal que podía planificar sus actividades, trabajar, partirse el lomo, descansar y vivir. En la ciudad los seres humanos dejamos de ser seres humanos en el sentido biológico de los términos y comenzamos a ser ciudadanos, a ser partícipes de una trama de intercambios y costumbres cuyo hilo maestro es el código de respeto que regula las hambres y el flujo de información entre lo individual y lo colectivo.
Donald Judd: Sculptures; Marfa, Texas.

Lo anterior nos lleva a afirmar que lo más importante de una ciudad no está en sus muros físicos. Lo más importante radica en la solidez de esa trama invisible que modera a los ciudadanos, que les da límites y coordenadas a sus actos, sentido de pertenencia, seguridad y el deseo de extender en el tiempo y en el espacio tanto los muros reales como la trama invisible que hace a cada ciudad ser como es.

Pero no nos engañemos. Ninguna ciudad es perfecta. Todas tienen problemas; todas generan procesos que ponen a prueba la trama omnipresente que las mantiene unidas y en crecimiento. Lo importante es que sus habitantes sean capaces de renovar sus compromisos con la ciudad, que se formulen preguntas y reinventen su relación con el entorno. Las ciudades enfermas se reconocen porque sus habitantes no pueden (o no quieren) ver los problemas ni reinventar sus relaciones con la urbe, lo que genera hendiduras, verdaderos hoyos en las tramas de compromisos y costumbres, huecos que impiden la fluidez en el intercambio que debe existir entre lo colectivo y lo individual, entre lo público y lo privado.

La superpoblación (con todos sus males aledaños), la riqueza mal distribuida, la existencia de gobiernos mediocres, corrompidos y corruptores, así como la irresponsabilidad de sus propios habitantes, representan unos pocos ejemplos del tipo de grietas que se abren en el entramado conceptual de una ciudad. Esas fisuras que comienzan siendo pequeñas, se agrandan con el paso del tiempo e inician procesos terribles como el de la progresiva desciudadanización de las personas, devolviéndolas con implacable lentitud a un estado salvaje en el que los individuos viven para sobrevivir y para satisfacer sin orden ni concierto sus apetitos elementales.

He ahí la tragedia de una ciudad enferma y la de sus habitantes que, sin quererlo ni saberlo, pierden aquello que los hace humanos en medio del caos, hasta que un día se descubren depredándose unos a otros.