miércoles, noviembre 10, 2010

COMER, REZAR, AMAR Y MI ABUELA ELVIA
Mariana me lleva al cine. Vemos Comer, rezar, amar una película para jevas protagonizada por Julia Roberts. Mentiría si dijera que no la disfruté a pesar de que hubo cosas que no entendí.

Lo primero que está fuera de mi comprensión es que esta película se parece mucho a Bajo el sol de la Toscana, con Diane Lane. En otras palabras: el mundo de las películas para jevitas parece tan o más limitado que el mundo de las películas de acción con sus tiros, sus explosiones y sus increíbles peleas de kárate.

En Bajo el sol de la Toscana, la protagonista se divorcia y, como no puede con el despecho, se va a Italia, alquila una casa e inicia un proceso de análisis personal que la lleva a reencontrar su paz interior.

En Comer, rezar, amar, Julia Roberts se divorcia, se consigue un novio, rompe con ese novio y, como no puede con la abulia, se va a Italia, a la India y a Bali.

¡Qué despechos tan sabrosos! Se divorcian de sus maridos y se van a darle la vuelta al mundo. Igual que miles de mujeres reales que viven en el mundo real… Así cualquiera se divorcia.

(Y ahora un mensaje que no tiene nada que ver con el tema que estamos tratando. ¿Por qué hay tantos mochos en nuestras ciudades? ¿Qué está pasando debajo de nuestro cielo para que a tanta gente le corten una pierna, un brazo o un pie? A ver si se cuidan, ¡coño!).

Lo otro que no entiendo es la relación que existe entre divorcio y búsqueda espiritual. Seguramente ustedes me dirán que esa relación es obvia; que como la personaje no se siente bien consigo misma, pues tampoco puede sentirse bien con su esposo o con su novio y fúquiti-fúquiti-fan. Igual no entiendo cómo Julia Roberts termina en la India meditando frente a la fotografía de una gurú que, además, vive en Nueva York.

Pero bueno… Ese soy yo, que me encanta buscarle las dieciocho patas al gato.

Más allá de la similitud argumental de Bajo el sol de la Toscana y de Comer, rezar, amar, hay algo que me perturba más en la segunda película que en la primera. Se trata de la inmadurez disfrazada de despecho mezclado con otras cosas más filosóficas que muestra la protagonista.

El personaje que interpreta Julia Roberts parece atormentado por algo, por un numen invisible, que la hace no soportarse a sí misma ni asumir compromisos duraderos ni querer a nadie de verdad. Películas como ésta lo que hacen es darle un diploma de aceptación social a ese manganzonismo contemporáneo que hace que una persona de treintitantos o cuarentitantos crea que será joven por siempre y que al amor y a la felicidad no tienen por qué salirle pelos ni verrugas, como, de hecho, les salen, aunque te cases con un príncipe millonario y azul.

Viendo Comer, rezar, amar recordé a Elvia, mi abuela maracucha, que levantó a seis muchachos ella sola y jamás usó la palabra «depresión» ni ninguno de esos términos psicológicos sobre los que se abusa y se habla y se habla paja en esta época en la que a una masa infinita de gente no le da pena mostrar sus debilidades ni decir en público que no desea superarlas.

¿Elvia yéndose a Italia «a pasar el guayabo, que es como decir la depresión postdivorcio»? No me hagan (o, más bien, no la hagan) reír.

Comer, rezar, amar tiene otro detalle detestable. La novela de Elizabeth Gilbert y la película de Ryan Murphy son, respectivamente, una novela y una película de autoayuda y superación para mujeres.

Yo no voy a apostrofar aquí contra la autoayuda y superación porque, en verdad, no estoy en contra de la autoayuda y superación. De lo que sí me quejo es de la autoayuda y superación predecible, fácil y aburrida, que se disfraza de cuento de hadas con paisajes hermosos y platos enormes de espaguetis.

Ah… Y que le da chance a Javier Bardem a hacer de galán a pesar de su cara de mesonero.