sábado, octubre 16, 2010

VIDA DE CARACOL
I

Los papás de Nico fueron al supermercado y, cuando arreglaban las legumbres para guardarlas en la nevera, descubrieron que el brócoli traía un pasajero que vino a Caracas desde otras galaxias. Ahí, entre las averrugadas ramas, se encontraba un caracol feliz que había cruzado la geografía hasta llegar a esa cocina donde lo esperaba un niño curioso que, de inmediato, lo asumió como su mascota.

Desde esa hora el caracol viviría en una caja de plástico donde no le faltaron agua, lechuga, hojas de brócoli y un nombre con la sonoridad que sólo los niños saben manejar: «Chucu Chucu Chocolate».

Cada dos días, Juanita apartaba tiempo de sus quehaceres para limpiar el hogar de Chucu y para darle el largo baño que hacía que extendiera sus cuernos y que se estirara con absoluta placidez.

A Nico le fascinaba ver los desplazamientos silenciosos de su caracol por toda la caja. Le parecía que había algo mágico en ellos, que si practicaba lo suficiente, algún día podría flotar o caminar como se arrastraba su querido Chucu. Así se lo hacía saber a quienes conocían su mascota.

Pero la felicidad no duró mucho. Casi un año después de su llegada, Chucu Chucu Chocolate pasó (si es eso posible) a mejor vida.

La tristeza no fue muy honda ni muy larga porque los papás de Nico le acotaron desde el principio que los caracoles son frágiles, que su tiempo de vida es mucho más corto que el de los seres humanos y que ése que estuvo con ellos, fue más que feliz.

Paz a sus restos y a guardar la caja de plástico.


II

Miguel, el abuelo de Nico, se consiguió dos caracoles en su ensalada.

Como sabía que su nieto tenía en alta estima a los gastrópodos, se quedó con los dos invertebrados y muy pronto comenzó a hablar de ellos en su programa de radio. El auditorio disfrutaba con esos cuentos en los que el señor salía a trotar, se tomaba un whisky o jugaba tenis en compañía de sus caracoles.

Así pasaron el tiempo y las risas hasta que un día Nico le dijo a su abuelo que a él le gustaría conocer a sus dos mascotas y que, si él se los regalaba, él a su vez, le regalaría uno a su primo Rodrigo.

El abuelo accedió. Sin embargo, como nadie quiso transportar semejante carga, él mismo tomó su carro y condujo de Puerto La Cruz a Caracas.

Uno de los caracoles manejó entre Puerto Píritu y Boca de Uchire; el otro entre El Guapo y Guatire.

Dios, Frank Sinatra y Keith Jarrett los acompañaron a lo largo del camino.

Y de no haber sido porque tuvieron que cambiarle un caucho al carro en Caucagua, el viaje habría sido perfecto.


III

Nico le regaló a Rodrigo una caja de plástico en la que venía un caracol con su provisión de brócoli y un pequeño envase lleno de agua.

Los papás de Nico y de Rodrigo conversaron sobre cómo cuidar y mantener a la nueva mascota. Mientras tanto, los dos primos conversaban sobre cómo se llamaría el animalito.

Nico dijo que su nuevo caracol se llamaba Gary, como el de Bob Esponja. Rodrigo se quedó pensando y dijo que el suyo se llamaría Chucu Chucu Choco Coco, en claro homenaje al primer caracol de su primo.

«Cuchurrumín» (que así le dicen cariñosamente al caracol) se adaptó con rapidez a su nuevo hogar. Cada dos días, el papá de Rodrigo limpia la caja, le pone nuevas hojas de lechuga y llena el pequeño envase de agua para que la criatura viva contenta y no pase penurias de ninguna clase.

Un día la familia organizó un viaje a Barquisimeto y Rodrigo dijo que él no iría a ninguna parte sin Chucu Chucu Choco Coco. Además, sus abuelos debían conocer también a su mascota.

Y así este caracol ha ido recorriendo kilómetros y kilómetros junto a su familia.


IV

La vida, en cualquiera de sus formas, es extraña.

Y maravillosa.