jueves, octubre 07, 2010

EL MISTERIO CHÉJOV
En estos días me dediqué, por puro gusto, a leer La gaviota, El jardín de los cerezos, Las tres hermanas y El tío Vania, todas de Anton Pavlovich Chéjov.

Fue una experiencia grata e inquietante.

Grata porque en cada una de estas obras el autor maneja con extrema sabiduría unas estructuras que de tan sutiles parecen invisibles. E inquietante porque cada una contiene algo que golpea hondo y deja cavilando al espectador.

Las cuatro obras están repletas de personajes que viven de las glorias de un pasado feudal, de herencias que se extinguen en un mundo cada vez más práctico, por no decir tosco. También contienen un catálogo de sabios inútiles, de doctores que no curan, de académicos cuya sabiduría no se refleja en la felicidad de nadie, de militares ociosos (¿cuándo no?), de soñadores que no tienen fuerza para convertir en realidad sus sueños, de estudiosos que hacen del estudio un fetiche mientras todo se corroe a su alrededor. Es curioso porque estas tipologías contrastan con otras tres: la de los trepadores groseros, la de los arribistas honestos que hacen fortuna trabajando e inventando nuevas formas de hacer negocios, y la de los sumisos que no saben hacer otra cosa que respirar y trabajar.

Cuando nos enfrentamos a estas piezas teatrales, es fácil identificar tales tipologías, pero en ningún momento podemos afirmar que tal personaje se repite de una obra a otra o que tal rasgo de carácter se nos presenta en la forma de un lugar común o de una caricatura. He ahí el primero de los grandes logros de la dramaturgia chejoviana: todos (tanto personajes como situaciones) aparecen ante nuestros ojos de una manera tan normal como la propia vida. Cada personaje es como es y cada situación en la que se ve envuelto, no sólo se desarrolla con la dinámica natural de los hechos, sino que parece una extensión o una consecuencia directa de la forma de ser de cada uno de los personajes. Eso parece un galimatías (y quizás lo sea), pero enfocarse en ese tipo de detalles, hace que veamos de distinta manera al aporte más acendrado en la memoria de críticos y lectores del teatro realista: la célebre regla de la cuarta pared.

Sí: la cuarta pared invisible por donde Ud. y yo nos asomamos a un escenario donde están ocurriendo hechos que parecen extraídos de la vida cotidiana de unos personajes que parecen personas.

Los personajes de Chéjov no tienen nada de especial; no viven en medio de cataclismos, no padecen enfermedades terminales, no son superhéroes… Se trata de gente normal y corriente con líos económicos y familiares; gente que se enamora, que sufre, trabaja y cultiva, en algunos casos, ilusiones que encuentran su cauce hacia la fortuna o hacia la definitiva desintegración… Es decir: como somos todos, como vivimos todos, como vamos y venimos y vivimos y morimos los seres humanos de cualquier tiempo y lugar. Lo interesante (lo grandioso diría sin mayores ambages) de Chéjov como autor es que nos muestra a esos personajes normales discutiendo entre galletas y samovares humeantes, mientras en el aire se mueve una corriente silenciosa que, aunque se exprese a través de pequeños detalles, nos permite intuir el peso y la volatilidad de los cambios sociales que se estaban gestando en la Rusia de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Ése quizás sea el gran secreto de estas obras, el núcleo que las une y que las mantiene vigentes a pesar del tiempo y de los huracanes políticos: el diseño sutil, minucioso y detallado de esos personajes incluye la desazón espiritual que se palpaba en la época en que fueron creados. Chéjov tuvo el genio, de abstraer esas emociones de su contingencia temporal y de unirlas a las circunstancias pasajeras de sus personajes que en escena aparecen tan empantuflados, tan fumadores, tan jefes de hogar.

Por eso, cien años después, un espectador se enfrenta a estas obras y termina conmovido. Como la desazón es universal y nadie está exento, y menos en esta época de naufragio económico, de perder algo muy preciado (su casa o su empleo o su familia o su libertad) a manos de unos acreedores o de unos arribistas sin nombre, es fácil acercarse a cualquiera de estos dramas y terminar llorando.

El misterio principal de las obras de Chéjov es ése. Sus personajes están tan bien trabajados que incluyen los miedos de su época en su propio diseño.

Y los miedos humanos siempre son los mismos.

Al menos hasta nuevo aviso.