miércoles, septiembre 08, 2010

UN INESPERADO PORTENTO
The Final Frontier es un gran gran gran álbum lleno de sorpresas.

El disco arranca con dos canciones normales y corrientes que no tienen la densidad que uno espera en un álbum nuevo de Iron Maiden. Cuando las oí por primera vez, no entendía bien qué hacían ahí, pero, al escuchar la tercera canción, me percaté de que el álbum retador y complejo que esperaba, arranca justo en ese punto. «Satellite 15... The Final Frontier» y «El Dorado» representan el pórtico amable de algo mucho más grande.

Los tres temas que siguen («Mother of Mercy», «Coming home» y «The Alchemist»), contienen algo difícil de definir que se basa en la convivencia en cada canción del Iron Maiden que ha sido y del Iron Maiden que es y que apunta al futuro. En cada uno de estos temas oyes algo nuevo que a la vez te suena a algo conocido porque hay ecos de canciones de otras épocas, en especial de ésa que comienza con Piece of mind y termina con Seventh son of a seventh son. Citar su propia obra, visitar su propio pasado y, a la vez, apuntar hacia el porvenir, es un concepto evidente a lo largo de todo el disco.

El otro detalle que, para felicidad de todos, se muestra en estas primeras canciones, y se mantiene en el resto del disco, es el definitivo acoplamiento de las tres guitarras. Nunca antes, de Brave New World para acá, los tres guitarristas habían trabajado de manera tan coordinada ni tan presta a aprovechar las infinitas posibilidades que semejante formación puede ofrecer. Aquí los solos y los ritmos se alternan y se solapan, creando un sin fin de capas y de texturas que le dan a esta obra una densidad particular que se aleja de las convulsiones sonoras propias de otras bandas menos preciosistas.

Lo que sigue es indescriptible. Se trata de cinco extensas composiciones que te llevan, te traen, te mecen, te muelen, te hacen correr a la biblioteca, leer, saltar, cantar, gritar y decir una y otra vez «¡maldita sea! ¡Esto no es posible! ¡Esto no es posible!». Son canciones duras y melancólicas a la vez; llenas de guiños a «Rime of the Ancient Mariner», a «Alexander The Great», a «Brighter than a thousand suns» y a todas sus piezas épicas y largas que se ríen de la dictadura de las emisoras de radio del mundo entero. Con «Isle of Avalon», «Starblind», «The Talisman», «The Man Who Would Be King» y «When the wild wind blows», Iron Maiden llegó a un tipo de expresión musical semejante al que llegó en los setentas otra banda poderosa: Rush.

Esas cinco piezas pueden oírse como un monumento, como una descomunal sinfonía contemporánea que, por si fuera poco, termina con una versión del apocalipsis que, por atildada y plena de melancolía, no deja de ser aterradora.

Por todo esto no puedo sino concluir que The Final Frontier es una obra de arte de la que Uds. pueden decir lo que quieran, mientras yo sigo aquí sorprendido y feliz.