lunes, agosto 23, 2010

ESPÍRITU DE VANGUARDIA
Llevo varios días preguntándome si todavía tiene sentido decir que algo es de vanguardia.

Quién sabe si tenga sentido preguntarse esas cosas y más en un país como el nuestro, que es un país muy bonito y todo lo que ustedes quieran, pero que cada día parece más raro.

En fin. ¿Tiene sentido o no averiguar qué es de vanguardia en este 2010 tormentoso? La pregunta viene a cuento porque mi hermano me envió tres discos del trío de Esbjörn Svensson que no tenía en mi discoteca, y cada vez que los oigo, pienso que estoy pisando territorios que suenan a jazz, a jazz nórdico, a rock, a música modal y electrónica, a una mezcla rara y a la vez poderosa… Lo peor es que los paisajes sonoros que planteaba esta formación sueca ya no pertenecen a ninguna vanguardia. Esbjörn Svensson falleció hace un par de años en un accidente de buceo y, obviamente, su trío se disolvió para siempre.

La sensación de vanguardia que generaba ese grupo, quedó atrás, pero igual, cada vez que oigo sus discos, viajo a un espacio personal en el que esa música suena a cosa nunca oída ni catalogada que me genera imágenes mentales difíciles de comunicar.

Eso no tiene precio y demuestra que vanguardia y tiempo real no siempre van de la mano.
«Vanguardia» es un término que la historia del arte tomó prestado del mundo militar para hablar de los movimientos que, a principios del siglo XX, rompieron con las tradiciones y conminaron a las audiencias a abrir sus mentes a otras perspectivas, a otros goces y a otras posibilidades de expresión. Las vanguardias vivieron su momento de gloria entre los años 30 y 40 hasta que sus discursos fueron absorbidos por otras disciplinas y los farsantes que nunca faltan, desprestigiaron el término hasta convertirlo en una cosa risible.

Es increíble que todavía, a estas alturas, crezcan (como ortigas silvestres) surrealistas, dadaístas, suprematistas, constructivistas y demás, como si Bretón, Duchamp, Malevich o Rodchenko no hubieran existido.

Dejemos las digresiones llenas de odio y vayamos al grano…
Ante la interrogante que abre este modesto artículo habría que contestar que sí, que sí tiene sentido preguntarse por la existencia o no de vanguardias en esta época mohosa. La razón es muy sencilla: los seres humanos necesitamos saber qué está haciendo esa gente cuyo trabajo le abre caminos, posibilidades y perspectivas, a los demás. Tome Ud. el ejemplo del doctor Craig Venter… ¿Sabe Ud. quién es el doctor Craig Venter? Es el biólogo norteamericano que dirigió el equipo cuyo trabajo culminó en la creación de la primera célula artificial. Mientras miríadas de nosotros nos solazamos en nuestras campuruserías habituales, ese señor que está a la vanguardia de las vanguardias médicas y genéticas, se encuentra desde hace años trabajando en el diseño de microorganismos que en algún momento se utilizarán para la creación de combustibles orgánicos mucho más limpios y seguros que el petróleo. Suena a Frankenstein, pero Craig Venter y su trabajo existen y, tarde o temprano, cambiarán nuestras vidas. ¿Cómo no prestarles atención?

Hay obras que nacen en el futuro sin que sus creadores sepan decir cómo o por qué. A veces las ideas nacen adelantadas a su época porque quienes las crean intuyen algún tipo de futuro o siguen un rastro invisible que nace en el remoto pasado y se extiende hacia territorios que nadie ha explorado jamás.

Así funciona el espíritu de vanguardia, el que es de verdad, el que abre los caminos más insospechados y que es un misterio porque se encuentra por igual en la música del trío de Esbjörn Svensson y en las incandescencias experimentales de un alga creada en un laboratorio.