martes, agosto 10, 2010

ESCRITURA, MEMORIA E IMAGINACIÓN

Cuando tratamos de ordenar nuestro pasado, nos damos cuenta de que las lagunas son inevitables y que llenamos los vacíos que encontramos en el relato de nuestra propia experiencia, con detalles que nos provee nuestra imaginación. Es curioso porque también funciona a la inversa: aquello que nos imaginamos, encuentra vanos en su camino, huecos que cubrimos con aquello que guardamos, para bien o para mal, en nuestra memoria. Esa operación que parece tan sencilla, es la fuente de la que emana eso que les permite a los escritores crear sus historias. La materia prima del arte de contar historias surge del diálogo constante entre la memoria y la imaginación.

Nuestra memoria guarda el registro de nuestra vida, de aquello que vivimos como protagonistas o personajes secundarios y también de aquello que simplemente percibimos a través de los sentidos y que unas veces nos llega en su forma natural (valga decir un paisaje desértico o montañoso) y otras en la forma tratada e intervenida de una novela de trescientas páginas. A veces nos cuesta reconocer que nuestra memoria no guarda sólo recuerdos de situaciones que vivimos junto a familiares y amigos; que nuestra memoria atesora películas, canciones, cuentos, poemas, imágenes visuales, olfativas, táctiles y gustativas que adquieren nuevas definiciones en tanto las asociamos a momentos de placer o dolor. Somos seres memoriosos de carne y nervios. Somos el recuerdo de lo que hicimos hace diez o quince años. Somos también las canciones de Metallica, los cuadros de Matisse, las películas de Scorsese, los juegos que disfrutamos junto a nuestros amigos, las novelas de Flaubert, las sonatas de Bach, las fotografías de Sebastiao Salgado…

Cuando nos sentamos a contar una historia, nuestra imaginación se mezcla con todo lo que guarda nuestra memoria, sea esto un conjunto de vivencias divertidas o una tonelada de imágenes extraídas de la historia del arte, del cine, de la música, de la literatura y de quién sabe cuántos lugares más. Ésa es la principal razón por la cual un escritor necesita alimentar su memoria: el arte se alimenta de la vida y del arte. Eso sin contar con que los seres humanos nos acercamos con devoción y humildad casi unánimes a muy pocas obras diseñadas por otros seres humanos. Lo hacemos porque sentimos la necesidad de confrontarnos con aquello que intuimos bello y perfecto, de medirnos con obras que son el producto de talentos mucho más cultivados que los nuestros. Una persona que mira una bailarina de Degas , que oye con atención una pieza de Brahms o de Lee Konitz, tiene la oportunidad de vivir experiencias únicas e intransferibles a la par que conformar su propia personalidad según estándares de perfección que poco se encuentran en la vida cotidiana.

Si damos crédito a los argumentos hasta aquí expuestos, entonces cabría preguntarse por la naturaleza de aquello que alimenta tanto nuestra memoria como nuestra imaginación, lo cual sería como formular una gran pregunta en torno a la posibilidad de ampliar, diversificar, enriquecer e intensificar nuestro propio concepto de la vida.