jueves, agosto 05, 2010

ELOGIO ENCENDIDO DE LA FELICIDAD
«Tengo tiempo sin escribir nada que me parezca especialmente interesante. La vida se torna difícil y las derrotas comienzan a pesar más que las esperanzas».
Así escriben los que creen que la literatura debe ser una traca de desgracias o que en el mal y el horror se encuentra la única definición de lo humano, como si lo humano se limitara a eso: al dolor, y la risa o el ridículo pertenecieran a otras especies. Sólo para que estemos claros: un estornudo o una carcajada también forman parte de la condición humana. Lo horrible no es lo único que nos define; la bondad, lo fullero y lo escatológico también lo hacen y muy bien. Así que tranquilos. Además de las obras graves de grandes autores serios, lean obras que los hagan orinarse de la risa o pararse de la emoción, de la felicidad, de la alegría. Celebren. Piensen que la vida es, además de un valle lacrimoso, una fiesta.
Escribo estas líneas en respuesta a quienes creen que el alma sólo se deja retratar en la solemnidad de la tragedia, que en lo alegre, en lo cómico, en lo feliz, sólo hay frivolidad, ganas de pasar el rato y evadir las grandes preguntas de la vida, como si la validez de una obra se concentrara en el tipo de emociones que retrata, como si hubiera emociones más válidas que otras y como si las grandes preguntas no se pudieran formular entre chistes. Así como lloramos o nos compadecemos de alguien, podemos reírnos a carcajadas. Así como leemos a Eurípides, a Sándor Marai o a J.M. Coetzee, podemos leer a Plauto, a Luciano o a Enrique Jardiel Poncela. Llorar y reír no se contradicen.
La literatura es una forma de retratar lo humano. De ahí que no haya una razón que justifique la necesidad de validar lo dramático sobre lo risueño, de suponer que se es mejor lector o mejor escritor si se aprende o se fabula sobre asuntos graves en los que abundan la sangre y las lágrimas. Quizás la salida a este embrollo se encuentre en la certeza de que la literatura habla sobre la incomodidad de estar vivos, sobre el viaje que supone cambiar de una situación a otra o de un momento a otro, y no importa si eso se hace desde la risa o desde el llanto porque, al final, el retrato que quedará será el de una agonía que puede ser dulce o amarga, placentera o dolorosa, como la propia vida.
No hay razón para seguir repitiendo que no hay literatura de la felicidad ni arte de la alegría ni nada que «valga la pena» que tenga que ver con carcajadas. Los que eso mantienen no saben lo que dicen ni de lo que se pierden.