jueves, junio 10, 2010

EL ACCIDENTADO DESPERTAR DE UN CUENTO ERÓTICO Reinaldo está de visita en casa de sus suegros. Cuando se encuentra en el cénit del obligado solaz, lo llaman de la redacción de una revista para pedirle un cuento erótico. Reinaldo se pone en movimiento. Ese tema no es su fuerte. Según él es un asunto sobre el que es difícil escribir algo que no suene a lugar común, pero aún así lo intenta. Comienza a escribir algo sobre una negra tan hermosa y de piel tan perfecta que si te le acercas, te ves reflejado en ella, como si fuera un espejo oscuro. Reinaldo escribe, borra, suda. Cuando cree que da con el tono adecuado para contar cómo era el culo de la negra, su suegro entra en la sala, enciende el televisor y sintoniza CNN.

Reinaldo suspira; mira el techo; se levanta de la silla, va a la cocina y se sirve un vaso de agua del tamaño de la represa de Asuán. Su suegro apaga el aparato y abandona la habitación. El escritor regresa a su puesto. Da vueltas, se estira, se dobla y se sienta; comienza a pensar en tonterías. A su cabeza llegan pensamientos estúpidos sobre el poco entusiasmo que despierta en él la pornografía. Primero recuerda que pocos días atrás, adquirió una Playboy para leer un cuento de Ethan Coen y no para verle las tetas a la señorita mayo. Luego reflexiona y se da cuenta de que ha pasado de ser un entusiasta de las películas pornos a ser un cazador de esos momentos únicos e irrepetibles en los que un blanqueo de ojos, un jadeo o un algo extraño y que parece salido del alma de una actriz o de un actor porno, delata la brevísima sinceridad de un placer no ensayado ni coreografiado ni editado ni fingido. Reinaldo promete guardar en su memoria externa esos escasos segundos de pornografía sincera donde los que tiran ante las cámaras, gozan de verdad.

Reinaldo respira profundo; piensa que está perdiendo su tiempo pensando pendejadas; pone sus manos en el teclado; mira la pantalla; se queda así unos segundos y comienza a escribir. Otra vez tiene en frente a la negra hermosa en cuya piel bruñida se refleja la gente. Él mismo se refleja entre sus tetas; se ríe; comienza a escribir una línea feliz, pero llega su suegro y sintoniza CNN otra vez.

Reinaldo se levanta; pasa por la cocina; no quiere más agua; camina hasta que llega al jardín; huele las flores; observa un camino de hormigas; vuelve a la cocina; agarra un paquete de Óreo; lo abre y se come las galletas, mientras, a lo lejos, escucha las noticias. Su suegro sigue en el estudio y si no fuera porque la negra brillante mide dos metros, se le borraría de la cabeza en ese mismo instante.

Las hormigas siguen moviéndose en fila. Algunas llevan hojas, otras llevan pequeños granos. Reinaldo las mira y piensa que podría darle un giro a su cuento. La negra hermosa, brillante y perfecta tiene algo siniestro: quien se refleje en ella, ve su propia muerte o se muere al instante. La negra es una criatura sexual mitológica... De pronto, Reinaldo se da cuenta de que el silencio reina en la casa; hace el amago de irse al estudio, pero un relámpago de sensatez le dice que no vale la pena porque su suegro volverá a interrumpirlo. Así que decide apelar por el bolígrafo que siempre lleva en el pantalón. Sólo necesita una servilleta. Sí. Una servilleta le bastará para esbozar el cuento.

Mientras camina hacia la cocina, piensa que «Ébano mitológico» puede ser un estupendo título para la historia de su criatura bella y mortífera que mata sin querer a quienes se le acercan... Su cabeza trabaja sola y piensa en nombres de personajes, en plantaciones de azúcar o de algodón, en las hormigas del bosque, en las tetas de su negra y ya sonreía feliz porque tenía algo muy bueno entre manos, cuando se tropieza con su suegro que le dice:
—Chico, ¿tú no has probado el quesillo que hizo Manuela? Deberías probarlo, vale.

Y ahí rueda muerta y dolida la imaginación erótica de Reinaldo.