viernes, mayo 21, 2010

EL EFECTO RESIDUAL  Acabo de leer Las Traquinias, de Sófocles y me siento bien. Todavía me siento bien. Quizás un día de éstos, dentro de una semana o dentro de tres años, comience a sentirme ahogado y no sepa por qué y, claro, para ese momento esta lectura de Las Traquinias, será un recuerdo lejano, y me costará asociar el malestar con esta tragedia de Sófocles.

 Así es la vida de las lecturas. Hoy estamos aqui, felices y contentos, y de pronto algo, una hoja, una llamarada, un grito anónimo, nos trae el eco de una página en la que fuimos testigos del horror o de la felicidad de un personaje, y así, para bien o para mal, nuestro mundo (ése que fue igual durante años) cambia.

 Una piedra que vino del pasado nos dio en la cabeza y nos hizo ver el presente de otra manera. Así son las grandes obras: las leemos hoy, pero las comprenderemos en algún punto del luminoso futuro. Tarde o temprano, y de manera inexorable, el peso de las grandes obras de arte cae sobre nosotros... Y nos ahoga.

 Tal es lo que pienso al terminar de leer Las Traquinias, la tragedia de Sófocles dedicada a los celos, a la desazón que le produce a Deyanira ver que su esposo Heracles perdió la cordura por una mujer más joven que ella.

 Deyanira trata de mantenerse ecuánime y de comprender a su marido. Sin embargo, usa lo que ella cree un filtro que supuestamente le devolverá a Heracles... A partir de ese momento el horror se desatará y lo corroerá todo a su paso.

 En descargo de Deyanira hay que decir que no hablamos de otra Medea; que hablamos de una mujer más ingenua que zafia, de una mujer que esparce el mal por obrar a la ligera, aunque creyese estarlo haciendo con ecuanimidad y circunspección.

 La lectura de una obra como ésta tiene un efecto residual. Algún día veremos en nosotros mismos o en nuestros semejantes los efectos de actuar con esa mezcla rancia de pretendida mesura y estupidez.

¿Y cuál fue el error de la señora?
 Recién casados, Heracles y Deyanira salieron de Etolia rumbo a su nueva casa. En el camino debían cruzar el río Eveno, cosa que se hacía pagándole al centauro Neso para que el viajero se montara sobre su lomo. Cuando Deyanira va sobre Neso, éste se pone... ¿cómo decirlo?.... un tanto cariñoso, lo que hace que Heracles, desde la playa, monte en cólera, tome una flecha de su carcaj y mate al centauro.

 En su agonía, Neso le dice a Deyanira que recoja un poco de su sangre y que, si algún día, flaquea la fidelidad de su esposo hacia ella, pues que unte una prenda de Heracles para que cuando él se la ponga, renazca el amor y continúe la felicidad.

 Deyanira presta oídos al centauro y, llegado el momento, unta una túnica de Heracles con la sangre maldita y ya se imaginarán Uds. que la desgracia se apoderó del pequeño universo de estos infelices personajes.

 ¿Que por qué la sangre de Neso era tan letal? Porque era sangre de centauro inflamado de odio y porque las flechas de Heracles tenían la ponzoña de la Hidra de Lerna. ¿Qué más quieren?

 Por cierto: la chica de la foto no es Deyanira; es Gabi Espino. La mezcla de clásicos y cultura pop siempre da buenos resultados.