lunes, abril 19, 2010

RETRATOS Y ENCUENTROS: LA COSTURA PERFECTA En una entrevista que concedió hace un par de años, Gay Talese dijo en voz alta que el sastre tradicional es una especie en peligro de extinción y que todos deberíamos hacer algo para evitar que desaparezca. Quien lo dijo, viste trajes a la medida desde que tenía quince años y sabe de lo que habla porque su papá fue el único sastre que tuvo Ocean City durante años y porque su mamá dirigió una tienda de ropa a la que acudieron los vecinos de aquella pequeña ciudad.

A ustedes estos detalles quizás les parezcan triviales, pero si leen «Orígenes de un escritor de no ficción» (una de las crónicas de Retratos y encuentros), se sorprenderán ante la relación que establece Talese entre oír y escribir, entre saber escuchar a alguien que cuenta su propia historia y ordenar esa información en forma de un relato que contenga todo lo que contienen las grandes historias. Todo eso lo aprendió el joven Talese observando a las personas que iban a probarse sus trajes y les contaban todo tipo de intimidades a sus padres, que no hacían sino oír en silencio mientras tomaban medidas de brazos, cuellos y cinturas, y pegaban brillantes alfileres por aquí y por allá.

Gay Talese es uno de los grandes reporteros norteamericanos, cultor de esa rama del periodismo que se dice nueva, a pesar de que Heródoto, Tucídides, Bartolomé de Las Casas y Felipe Guamán Poma de Ayala contaron batallas y hechos reales de todo tipo con las herramientas de la literatura. Sea nuevo o viejo, el periodismo narrativo ha creado obras dignas de enumerarse entre las mejores de la literatura contemporánea. Si no lo creen, recuerden A sangre fría, de Truman Capote o Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez. Piensen que este tipo de periodismo no sólo se nos muestra en el formato de los libros; que también se aparece ante nuestros ojos de lectores ávidos en revistas que leemos en la barbería o en el metro, rodeados de gente normal.

Retratos y encuentros es una selección de las que tal vez sean las mejores crónicas de Gay Talese, lo cual no es poco decir, si nos referimos a un hombre que nació en 1932 y que ha llenado un sinfín de publicaciones periódicas de los Estados Unidos (Esquire, el New Yorker, Vanity Fair, el New York Times, por nombrar sólo cuatro) con las más interesantes historias que cualquiera se pueda imaginar. Ese hecho rotundo plantea una pregunta sencilla: ¿en qué consiste el interés (y tal vez la originalidad) de las crónicas reunidas en este libro, si casi todas tratan sobre hitos de la cultura pop o sobre personas, hechos y lugares conocidos por una inmensa cantidad de lectores? La respuesta se encuentra en «Orígenes de un escritor de no ficción»: cualquier tema, por corriente que sea, cualquier fenómeno, por normal que parezca, tiene un ángulo no explorado, una arista que no ha sido aprovechada, quizás porque para verle su interés, el observador deba hacer un gran esfuerzo. En otras palabras: para detectar la belleza de los hechos y de las formas, hay que entrenarse y agudizar los sentidos. Es así como cada una de las crónicas de Retratos y encuentros muestra algo nuevo de aquello sobre lo que creíamos conocer mucho. Por eso deliramos cuando en «Nueva York ciudad de cosas inadvertidas» se nos dice que en la azotea del Empire State hay hormigas o cuando en «Frank Sinatra está resfriado» se nos presenta a nuestro ídolo en medio de un ataque de tos.

Gracias a esa visión afilada que detecta y muestra ángulos inexplorados de fenómenos manidos, las crónicas de Retratos y encuentros nos muestran la humanidad más profunda de personajes a los que sólo les adjudicamos un sitial de honor en el panteón de la farándula. Cuando, por ejemplo, leemos «El perdedor», no podemos menos que identificarnos con la historia de Floyd Patterson, ese boxeador que odiaba las invectivas del público y de los periodistas, y por eso llevaba siempre, entre su equipaje, un maletín con barbas y bigotes postizos que usaba cada vez que perdía una pelea. Ni hablar de los perfiles de Joe Louis o de Joe Di Maggio… ¿Quién iba a imaginarse que los hombres más recios y exitosos de su tiempo tuvieran unas relaciones tan especiales como las que tuvieron con sus respectivas mujeres?

En fin. Que Retratos y encuentros es un gran libro lleno de historias escritas por alguien que aprendió a hilarlas (no hay un verbo más preciso) frente a los espejos de una tienda donde las personas se medían sus chaquetas, sus pantalones y sus camisas, al tiempo que contaban sus historias en un sosegado ambiente lleno de respeto.

Tal es el secreto del arte de Gay Talese.

¿Ahora entienden por qué es tan importante que los sastres y las costureras no desaparezcan del mundo como desaparecieron los dinosaurios?Con respecto a esta reseña, Enrique Enriquez me envió lo siguiente:

Roberto,

Algo curioso que está pasando aquí es que hay una nueva oleada de sastres. Es decir, ahora hay una cantidad de tienditas nuevas, donde un par de diseñadores venden su ropa, para hombres, hecha a la medida. Hace poco leí en un periódico que ahora el traje de tres piezas era considerado contra-cultural. A la gente joven le parece cool robárselo a los abogados y banqueros. Hay toda una idea renovada de la elegancia masculina que resuena con Talese, aunque probablemente ninguno de esos diseñadores sepa quién es Talese.

¿Nunca te conté del día que estaba leyendo el libro que tú me regalaste, y un marico se me acercó muy emocionado pensando que decía ‘Gay Tales’? En lo que re-leyó la portada se le ensombreció la cara. Se encogió de hombros y se fue.

Maldito.

Lo que más me gusta de todo ese asunto es que hay una renovación de las barberías. En los últimos meses han ido abriendo una serie de barberías serias, que como espacios son una belleza: clásicas, con estanterías de madera oscura, pisos de mosaicos blancos y sillas enormes. Durante meses, vi a un tipo como de 35 años pasar frente a Sweetheart, con un mostacho tipo Dalí y un sombrero bombín, y recientemente descubrí que es un barbero, dueño de una barbería fantástica que hay una cuadra más abajo.

Hace una semana, caminando con Vanessa, descubrimos un callejón en el medio de la nada. Hacia la calle había una tienda de ropa de hombre, que aparte de camisas y trajes a la medida, vendía sólo los Borsalinos hechos de castor, que son el RollsRoyce del mundo de los sombreros. La puerta de atrás de la tienda conectaba con una barbería llena de cabezas de venado, con dos tipos usando navajas, de verdad. Finalmente, al salir de la barbería veías que al final del callejón, que era horrible, había un bar. Todo del mismo dueño, parte del mismo ecosistema. Ese callejón es la felicidad.

Un abrazo,

EE