miércoles, marzo 24, 2010

LA NOCHE DE NUESTRO EXORCISMO
Los últimos tiempos han sido más que duros. Una nube de hierro espesa el aire y nos pone a delirar y a sentirnos como cangrejos a punto de ser molidos a martillazos. Menos mal que vino Metallica, que gritamos y nos deshicimos de unos cuantos megatones de oscuridad. Menos mal que ahí, frente a la tarima con sus pantallas gigantescas y sus cornetas monumentales, vimos a unos cuantos panas a quienes teníamos tiempo sin ver. Con ellos y James Hetfield cantamos «Master of puppets», tomamos cerveza y fuimos felices aunque fuera una sola noche en esta noche constante en que se nos ha convertido la vida en la comarca.

Nunca como en ese recital había sentido de manera tan palpable para qué sirve esa música, para qué sirven esos gritos y ese camión de guitarras que uno ve y oye en vivo después de haberlo oído miles de veces en la casa y con uno que otro bróder que te acompaña en eso de oír discos a toda metra.

La noche de Metallica fue la noche de nuestro exorcismo; fue, más que otras noches, la noche en que gritamos y nos deshicimos de la nube de hierro y fuimos luz y fuimos uno (a pesar de ser muchos) y cantamos y lloramos porque oímos de boca y manos de sus propios autores un montón de canciones que nos sabemos desde hace siglos y que son como armaduras que nos ayudan a soportar la sal negra que flota en el aire y que nos corroe y nos aplasta.

…So let it be written / so let it be done. / I’m sent here by the chosen one…

Estuvimos ahí y sentimos algo indescriptible. Algo que James Hetfield sabe que existe y que produce sus canciones. No en vano cuando cantaba «Fade to black» se detuvo y preguntó a todo gañote, como sólo sabe preguntar este bárbaro que canta y toca la guitarra mientras juega con tu precaria mente ávida de vida:
—Do you feel it?

«Do you feel it?». ¡Qué pregunta tan sencilla y tan pertinente en ese momento! Porque es verdad: las obras de arte producen un imponderable invisible que flota en el aire y te atrapa y te arrastra y te envuelve y te lleva sabrá Dios adónde. Hetfield lo que hizo fue nombrar ese algo y dejar claro que eso que no sabemos cómo se llama, estaba ahí y nos arropaba a todos por muy camisas negras y muy coñosdemadres que fuéramos o nos creyésemos.

...Hold my breath as I wish for death. / Oh please God, wake me...

El fuego, la llovizna, las vacas negras, la noche clara y calurosa… Y Metallica ofreciéndonos un pretexto para sentirnos vivos.

Esa noche los hombres de lava miraron al cielo y les pareció más cercano y menos indiferente. Los golpes de Ulrich tradujeron al abismo la indignación y el dolor, la rabia, el ardor de la vida en esta tierra más que imperfecta. Cuando llegó el silencio, todos éramos roca fundida trocada en multitud feliz. Y regresamos a nuestros pequeños dramas, libres de furia y henchidos de una extraña y benéfica luz que aún hoy nos permite esbozar una promesa unánime como el deseo: somos los hombres de sal y lumbre. Somos indoblegables. No nos rendiremos jamás.


…The sun will shine. / This I swear. / This I swear. / This I swear...