miércoles, febrero 03, 2010

TRES HISTORIAS DE HOSPITAL La última merienda

La versión exacta de esta anécdota se encuentra en Tokio Blues, de Haruki Murakami.

Midori le pide a su amigo Watanabe que la acompañe al hospital a visitar a su padre.

En determinado momento, el joven se encuentra a solas con el enfermo que duerme el sueño de morfina que precede a la muerte. Watanabe siente hambre; remueve las viandas que Midori trajo de su casa; consigue un par de pepinos y, cuando está a punto de darles un mordisco, siente que el enfermo le clava en el rostro sus ojos de papel.

Watanabe le pregunta si necesita o si le molesta algo. El hombre se mueve y se agita hasta que por fin se hace entender.

Para hacerles el cuento corto, el señor se comió un pepino entero y murió en paz esa misma noche.
E.R.

A las dos y treinta y siete de la madrugada, un hombre entra al vestíbulo vacío de la sala de emergencias del hospital Peña Fajardo; va sobre su motocicleta, lleva una ametralladora portátil y avanza sobre las dos ruedas hacia una puerta de color gris.

El motorizado no se arredra ante el vigilante que le saca una escopeta gorda. La moto permanece detenida y en equilibrio durante unos instantes hasta que su dueño acelera y entra a una sala amplia donde dos médicos y una enfermera le reparan la pierna a un hombre triste.

El cirujano deja el bisturí y toma el revólver que puso debajo de la camilla antes de la operación.

El anestesiólogo se mete la mano en la cintura y saca una pistola.

La enfermera suspira, se agacha y, cuando se levanta, lleva una pajiza en las manos.

El paciente abre los ojos y de la bata azul que le pusieron cuando entró al quirófano, saca una pistola.

El jinete queda paralizado bajo el marco de la puerta. Sus ojos galopan por la sala y terminan concentrados en el rincón de la chaqueta donde vuelve a guardar la ametralladora portátil. Luego da las buenas noches, retrocede, hace rugir su motocicleta y se pierde en la oscuridad.El paciente Ronnie

A Ronnie le diagnosticaron un tumor en el estómago. Su médico le dijo que debía comenzar inmediatamente el tratamiento porque su enfermedad se encuentra en una etapa inicial.

Hace años, en sus presentaciones y conciertos, Ronnie James Dio popularizó un gesto que se hizo santo y seña de los rockeros del mundo entero: el de la mano que dibuja un par de cuernos.

En Metal, a headbanger journey, el documental de Sam Dunn y Scott McFadyen, Ronnie James Dio cuenta que él no inventó esa seña; que cuando su abuela italiana y él salían a pasear, la señora le hacía los cuernos a la gente que, según ella, le lanzaba el malocchio a su nieto o le tenía ojeriza a su familia. De ahí que el puño del que sobresalen los dedos índice y meñique extendidos, sea a la vez una señal de protección y de ataque, de beneficio y de maleficio, que adquiere una lectura muy especial en el contexto de un concierto de rock.

Hoy, cuando el gran Ronnie James Dio se encuentra en pleno trance por recuperar su salud, pensamos una y otra vez en el malocchio, en que si alguna vez vale la pena dibujar los cuernos es ahora, cuando el mal y el dolor acechan en forma de tumor.

Pienso en los caminos de radio y quimio que debe estar surcando Ronnie. Pienso en él y recuerdo la única vez que lo vi en vivo, en la Concha Acústica de Bello Monte; cantaba con voz clara y potente; se movía por el escenario; abría y cerraba los ojos, se doblaba, se estiraba e iba de acá para allá hasta que, de pronto, una luz roja lo iluminó de abajo hacia arriba, dándole un aspecto diabólico y absoluto. Era el momento culminante de su canción Heaven and hell. Era el momento de mostrarles a todos sus manos convertidas en cuernos.

Ponte bien, Ronnie y hazle el malocchio al cáncer para que se vaya a la mierda.